por Agustín Gómez Cascales
(KONICHIWA/UNIVERSAL)
El regreso de Robyn (aunque para las nuevas generaciones supondrá un inicio sin más) tiene algo de épico. Para que luego digan que la música pop solo sirve para dar rienda suelta y/o potenciar la frivolidad... La sueca evidencia con su nuevo disco el camino de redención que ha seguido hasta sentirse verdaderamente cómoda con la música que defiende. Y resulta curioso que el lanzamiento internacional de este disco (cuya primera versión vio la luz en Suecia hace dos años) coincida con Blackout, el celebrado retorno de Britney Spears. Dado que a Robyn se la conoció durante tiempo como “la Britney Sueca”, tiene su aquel que los dos mejores discos de pop del año los firmen ellas. Si bien Robyn no ha tenido que sufrir un calvario personal similar al de Spears para llegar hasta aquí, sí que ha luchado contra los inconvenientes del éxito masivo y los intereses de la multinacional que manejaba su carrera en un primer momento. Y es que hace ya diez años (cuando apenas celebraba su mayoría de edad) que Robyn se hizo mundialmente famosa con Show Me Love, clásico del eurodisco por el que no pasa el tiempo. Y que se convirtió en una losa para una de las primeras artistas que trabajaron codo con codo con el (después solicitadísimo) productor Max Martin, dado que durante años se vio obligada a defender un material que no le convencía. Curioso que, años después de romper con esa trayectoria y abrazar la independencia (vía su propio sello, Konichiwa), sea una multinacional la que ha decidido encargarse del lanzamiento mundial de Robyn, inmejorable muestra de poderío creativo por parte de su responsable.
Robyn es un disco plagado de sorpresas y repleto de canciones de esas que se consideran “singles potenciales”. Con un aliado básico como Hans Ahlund (junto a él ha compuesto el grueso del disco) e invitados de lujo como The Knife (con ellos ha creado la impagable Who’s That Girl), en Robyn la susodicha da rienda suelta a su exquisita concepción del pop contemporáneo, que implica guiños al soul del Prince ochentero (Should Have Known), al electro rebosante de actitud (Konichiwa Bitches), al r’n’b sofisticado (Handle Me), al sonido disco –convenientemente deconstruido, eso sí– (Crash And Burn Girl) e incluso al melodrama puro (With Every Heartbeat es de esas canciones que bien valen una carrera). Original, ecléctico, bailable y más comercial de lo que pudiera parecer, Robyn dice mucho de quien lo ha creado, y de una (renovada) carrera que no ha hecho más que arrancar.