El día que La Veneno me besó en la boca

A raíz de la muerte de La Veneno, nuestro redactor jefe recuerda las experiencias tan especiales que vivió con ella durante la promoción de su autobiografía, y que le permitieron descubrir a la Cristina tras el personaje.

Si hace apenas dos meses alguien me hubiese dicho que me afectaría tanto la muerte de La Veneno, no le habría creído. Pero estas últimas semanas han sido de un ‘veneno pa’ mi piel’ muy intenso.

Todo comenzó el día que Valeria Vegas me avisó de que por fin publicaba sus memorias, el 19 de septiembre. Una (buena) noticia, que tuvo una repercusión inesperada en redes cuando la publiqué en Shangay.com. Valeria me acercó el libro días antes de que se pusiera a la venta para que lo pudiera leer en primicia, y fui la envidia de muchos. Pero a mí lo que me dio fue sobre todo pena, al leer todos los palos que le había dado la vida; y también ganas de conocerla el 3 de octubre, fecha de la presentación de Ni puta ni santa en Madrid.

A La Veneno que me encontré cuando le puse delante la alcachofa fue al personaje que recordaba de los tiempos del Mississippi de Pepe Navarro: deslenguada, descarada, sin ganas de razonar y sí de epatar con sus ocurrencias y ordinarieces. Pero ya intuí que tras la fachada se encontraba una mujer algo perdida, totalmente desconcertada por el renovado interés mediático y sin aparentes fuerzas físicas –ni mentales– para darlo todo como quisiera. Aun así, (nos) cautivó a todos.

El 4 de octubre coincidí de nuevo con ella, esta vez en Barcelona. Nos unían el destino, La Prohibida y Ultrapop. La Veneno iba a firmar su libro y a cantar su hit; yo, a pinchar. “Yo a ti te conozco”, me soltó cuando coincidimos en la entrada. “¿Estoy guapa?”. Estaba explosiva, y ya se la veía un poco más consciente de lo que estaba viviendo que unos días antes en Madrid. Ahí, de repente, vi ya a Cristina tras el personaje, insegura, con ganas de gustar, deseosa de ser querida.

Durante todo el sábado noche que pasamos juntos constaté que tenía algo especial. Sí, estaba algo tarada y en algunos momentos se le iba la olla, pero cuando sentía que ya eras parte de su familia –y yo esa noche lo era, porque era el DJ y estaba pendiente de sus peticiones y deseos de piropos, ayudando a Valeria con los requisitos de los fans cuando hacía falta–, te trataba con otro tono, te miraba con otros ojos. Tan grande y explosiva –y excesiva– como la veíamos, en el fondo era una mujer muy frágil y entrañable. Ya a nadie le cabe duda.

Cristina La Veneno me pidió una otra y vez que le pusiera dos canciones durante mi sesión: Desfachatez de Fangoria y Always on My Mind de Pet Shop Boys. “Me gusta tu música, no el chunda chunda que me ponen en muchas discotecas”, me dijo en un momento que se acercó y, de paso, posó para mí ante un precioso fondo que simulaba neones, y ante el que parecía prima hermana de Amanda Lepore.

Le pondría las canciones cuando pudiera encajarlas, cuando fuese el momento, pero ella se desesperaba y me mandaba mensajes con los organizadores de Ultrapop BCN para que no me durmiese en los laureles. En cuanto puse Desfachatez, se subió conmigo al escenario, bailó y, de repente, me miró y, sin más, me metió la lengua en la boca. Me ruboricé –creo que es lo que buscaba–, suerte que los focos lo disimularon. Y en ese momento me dejó claro que esa noche tenía un vínculo especial conmigo Y, la verdad, me hizo sentir especial.

El resto de la noche transcurrió entre copas, autógrafos, risas, coqueteos de Cristina con niños muy monos, bailes y la sensación de estar viviendo una noche mágica. Lo fue por ella, porque La Veneno se relajó y se abrió más de lo habitual en un bolo al uso. A mí se me quedó grabado ese beso, por lo inesperado y agresivo, por el modo tan directo en que quiso mostrarme su cariño y a la vez dar espectáculo. Lo que hizo siempre en vida, mientras buscaba que todo el mundo la quisiera. Ahora que ya no está, la queremos aún más, porque podemos empezar a valorar en su justa medida lo que tuvo de transgresora, auténtica y, sí, besucona.

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