El perdón a los condenados por la penalización de la homosexualidad

Hace unas semanas conocíamos que el Reino Unido concedía un indulto póstumo a los condenados durante la penalización de la homosexualidad, pero ni rastro de pedir perdón.

Es cuestión de ego. El ego de una nación entera. Imagínense lo que es eso. Algo tan básico como el miedo a quebrar la imagen idealizada que uno tiene de sí mismo. Eso es lo que hace que seamos tan reacios a pedir perdón.

Hace unas semanas conocíamos que el Reino Unido concedía un indulto póstumo a los condenados durante la penalización de la homosexualidad, orientación sexual que, en Inglaterra, fue delito hasta 1967. El mismo año en el que Aretha Franklin publicaba Respect. En Irlanda del Norte, por ejemplo, se persiguió y condenó la homosexualidad hasta 1982, en plena movida madrileña. En el caso de Nueva Zelanda la penalización se extendió hasta 1986. Almodóvar ya había rodado cinco películas. En la República de Irlanda las relaciones entre dos hombres estuvieron penalizadas hasta 1993. Ya habíamos celebrado las Olimpiadas de Barcelona. Y en 1979 dejó de ser una vulneración de la ley en España, aunque eso solo fuera una capa de maquillaje libertad sobre una piel deshidratada.

Tras Inglaterra y Gales se han sumado al resarcimiento Irlanda y Nueva Zelanda (en estos dos países de cultura británica se encuentra en trámite parlamentario). Reconozco que todas las noticias relacionadas con la población LGTB que llegan del Reino Unido me interesan porque muchas de ellas vinculan dos conceptos que en España resultan antagónicos: libertades/derechos frente a conservadurismo. Recordemos aquella famosa frase del que fuera primer ministro británico, David Cameron, cuando aseguró que no apoyaba el matrimonio igualitario a pesar de ser conservador sino porque era conservador. En España, por el contrario, los conservadores buscaban la inconstitucionalidad de la ley e incluso los pocos líderes del partido que han visibilizado su homosexualidad se atreven a declarar que el PP nunca ha tenido ningún problema con los homosexuales. A veces, defender una ideología hasta determinadas consecuencias se me antoja un modelo de prisión.

El Reino Unido comenzó a penalizar las relaciones homosexuales en 1885, aunque eso no supone que antes no fueran perseguidas. Durante todos esos años, hasta su despenalización, unos 75.000 hombres fueron condenados. Entre ellos nombres propios como Oscar Wilde o Alan Turing. Los vivos –se piensa que pueden existir 15.000 supervivientes– podrán solicitar la eliminación de esas condenas de sus antecedentes penales. Los fallecidos no. Hasta ahora. Por eso es importante esta ley, más allá de la medida puramente simbólica que cobró más fuerza a partir de 2013, cuando Isabel II concedió el indulto póstumo al matemático Alan Turing, condenado en 1952 por “indecencia grave y perversión sexual”. Fue a título personal. Por eso se inició una campaña para que el Gobierno británico otorgase un indulto generalizado. Tras los trámites parlamentarios, ese indulto, en Inglaterra y Gales, ya es una realidad. El único requisito establece que no se podrá indultar aquel acto que a día de hoy siga siendo constitutivo de delito. O sea, que el acto sexual no sea consentido y que se realice con menores de 16 años.

Sin embargo hay algo que me incomoda en esa ley y es la ausencia de disculpas. El indulto, que es bienvenido en la medida en la que limpia de antecedentes penales a un ser humano condenado por su orientación sexual, algo que es claramente una vulneración de un derecho humano, implica aceptar que alguna vez fuimos culpables. Y aquí los únicos responsables son aquellos que legislaron contra la orientación sexual, que la criminalizaron, no la orientación en sí misma. Por eso es tan importante pedir perdón a todas esas personas condenadas, a sus parejas en la clandestinidad, a sus familias, a todos aquellos que sufrieron el horror del estigma, del desprecio, de la injusticia, del castigo impuesto por una sociedad envenenada por el peor pensamiento posible: aquel que culpa al diferente.

A diferencia de la ley británica, las propuestas irlandesa y neozelandesa sí incluyen la disculpa, el perdón, como una especificación fundamental que sana heridas y sienta las bases de una sociedad más honesta y amistosa. En el caso de Nueva Zelanda, la iniciativa parte de un gobierno conservador. En Irlanda, nace del partido laborista pero el ejecutivo conservador ya ha dicho que la apoyará.

Irlanda y Nueva Zelanda pedirán perdón. El Papa Francisco pidió perdón. Hasta Fidel Castro lo hizo. En España, aún estamos esperando.


PACO TOMÁS DIRIGE Y PRESENTA EL PROGRAMA WISTERIA LANE EN RADIO 5. SU ÚLTIMA NOVELA ES LOS LUGARES PEQUEÑOS (PUNTO EN BOCA).