Las tres edades del hombre gay

Mateo Sancho reflexiona sobre la importancia de tender puentes entre miembros de distintas generaciones LGTB y de cómo saber envejecer es tan importante para la madurez del colectivo.

POR: Mateo Sancho

Cuando salí del armario en el año 2001 coincidía, lustro arriba, lustro abajo, con un outing generalizado de la vida gay en España. La llegada de la tarifa plana de Internet conectó a muchos que se sentían aislados sin importar generación y todos nos encontramos en los bares de Chueca con la sensación de que estábamos viviendo nuestro momento al margen de la edad. Madrid, año cero.

Yo me quejaba, no obstante, de que más allá de esa adolescencia colectiva y simultánea que iba de los 18 a los 55 años, me costaba encontrar referentes de lo que podía ser ‘sentar la cabeza’ en versión adaptada a la homosexualidad. Y me sentía el benjamín del momento. Detrás de mí, la infertilidad del instituto. Delante, los años oscuros. Osadías de la ignorancia juvenil.

Ahora, con unos cuantos años más y por motivos académicos, llevo seis meses sumergido en el mundo de la tercera edad homosexual, un subcolectivo que empieza a hacer oír su voz y a pedir visibilidad. Y por motivos de ley natural, empiezo a ver que ya existe, además, una generación renovada que percibe la vida y la sexualidad de una manera totalmente diferente a la mía.

A los primeros solo puedo mostrarles mi admiración (al tiempo que castigo mi ceguera): claro que había referentes, pero no para sentar la cabeza sino para llevarla bien alta. Por cómo encontraron la manera de vivir sin necesidad de la aprobación ajena, por cómo lucharon por nuestros derechos y por cómo siguen, aún hoy, defendiendo que ni el sexo, ni mucho menos la orientación sexual, se jubilan. Supervivientes de tanto y reconocidos por tan pocos, héroes discretos. Me llegan tarde historias que quizá habrían hecho mucho más fácil mi proceso de afirmación, que me habrían dado fuerza para luchar y también templanza para saber a lo que se puede renunciar. Quizá me habrían ahorrado años de angustias. Y me demuestran, desde luego, que aunque nos sintamos a la vanguardia sentimental, no estamos inventando la pólvora. Así, poniendo el foco sobre ellos, todos ganamos.

De los segundos también tenemos mucho que aprender y observar. Las nuevas generaciones vienen con menos etiquetas (o etiquetas diferentes), con compartimentos menos estancos. Me pregunto cómo habría sido mi sexualidad si no la hubiese dejado en barbecho hasta la universidad o si el sexo con otro hombre siempre hubiese estado en el menú. Cómo habrían sido mis noches de adolescencia con una pandilla gay en los años de instituto. Qué grado de pluma tendría si nunca hubiese sido censurada. Todavía, claro, no todos los jóvenes vienen tan avanzados, pero desde luego los tiempos, en menos de dos décadas, han cambiado mucho..., y más que van a cambiar.

El otro día, un chico de 14 años me habló de 59 tipos de identidad sexual y me aseguró que yo no era gay sino ‘birromántico’, ya que tenía la capacidad de enamorarme de mujeres pero no de sentir atracción hacia ellas. No tengo muchas ganas, la verdad, de redefinirme, pero me pareció interesante. Me sentí mayor, claro, pero gracias a mi contacto reciente con los grandes veteranos de nuestro colectivo, eso no me preocupó como antes y hasta me hizo cierta ilusión. De hecho, me aseguré de que él se tomara la libertad de preguntarme todas las dudas que tuviera, aunque eso significara que pudiera considerarme, a mis 34, un abuelo cebolleta. También asumiendo que luego resulte inevitable cometer los mismos errores o sufrir las mismas incertidumbres.

Básicamente, intenté, como buenamente pude, empezar a predicar con el ejemplo de que es importante escuchar a los que nos siguen y a los que nos precedieron. Tender puentes entre generaciones que durante años estuvieron aisladas, por el silencio o por la arrogancia. Compartir con las distintas edades de nuestro colectivo, esté en el lugar en el que esté y sume o reste las letras que quiera a su acrónimo. Porque nuestra madurez como comunidad depende, como parece lógico pero no lo ha sido tanto, de su buen envejecer. Y nuestra vitalidad tendrá mucho que ver con que dotemos de referentes a nuestra juventud. Sean buenos o malos, pero al menos disponibles.


MATEO SANCHO CARDIEL ES PERIODISTA Y ESCRITOR. SU ÚLTIMO LIBRO ES ANTICLIMAX, TRADUCCIÓN AL INGLÉS DE LA REVOLUCIÓN ASEXUAL (FINALISTA AL PREMIO ANAGRAMA DE ENSAYO), DISPONIBLE EN AMAZON.COM


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