Los nuevos hábitos de comida... ¿tan sanos como nos dicen?

La comida basura parece que ha llegado a su fin, pero la ‘tiranía’ de la comida eco y orgánica nos produce un estrés en el que a veces resulta complicado separar el heno de la paja.

POR: Nacho Fresno | @FRESNOticia

Está de moda: ahora tocan los sabores. Todo va por modas. Los vinos, los olores, las ginebras... Estamos en el turno de “estos tomates saben a los que comía de pequeño” o “estos huevos sí son de verdad”. Sabor, sabor..., que cantaba Rosario.

Resulta que los que somos ‘mariquitas de pueblo’ y toda la vida hemos comido cosas que iban de la huerta al plato, tenemos ahora que aguantar que las que hace unos años eran aprendices de Sarah Jessica Parker (que comían sándwiches prefabricados mientras sorbían –sí, sorbían– por las calles cafés en vasos de cartón; sus imposibles looks de entonces serían tema aparte) nos diserten sobre las bondades de los alimentos sanos. Y también de lo malo que es comer deprisa productos de origen desconocido, mientras te hablan de sabores... ¡Sabor a ti!, te dan ganas de contestarles recordando el mítico programa de Ana Rosa Quintana en Antena 3, por no decir ¡sabor a tu... moreno! [lo de ‘mítico’ va porque soy fan confeso de la periodista que, junto a Ana Blanco y Ana Obregón, forma mi trío de ‘anas’ preferido de la tele; tres grandes que sobreviven a tendencias como estas].

Lo único bueno de estas modas absurdas es que, si no sucumbimos a ellas de lleno, y las sabemos aprovechar, nos vamos cultivando un poco y, pese a petardeces y petardas, algo va quedando. Así, los que antes no sabíamos nada de vino hemos aprendido a beber un poco mejor: “En España hemos pasado en pocos años de la bota de vino a la copa de Riedel [fabricante de cristal austriaco, carísimo], nos decía Álvaro Palacios, uno de nuestros mejores bodegueros, reconocido en todo el mundo, en una entrevista a Shangay Style. Por lo que podemos esperar que esta moda gastro de comer eco y orgánico haga que la gente deje de zampar guarradas a diestro y siniestro. Sobre todo ahora que en cualquier Carrefour tienen un corner sano, y las modas –desde que existen zaras y bershkas– son mucho más democráticas y todos tenemos acceso a ellas.


Instagram se llena de chulazos comiendo pizzas


Luego está el estrés de las ‘bondades’ y ‘maldades’ de los alimentos. Deben cambiar según algunos ‘misteriosos’ intereses, que hacen que estudios de ‘prestigiosas universidades’ den giros más radicales que la cabeza de Meryl Streep en La muerte os sienta tan bien: ahora nos dicen que no es que sea malo tomar mucho café, sino que hasta ‘es bueno’ tomar tres al día. Los que somos cafeteros llevábamos años acojonados por abusar de esas pequeñas tacitas con ese ‘oro negro’ dentro, y ¡resulta que lo estábamos haciendo bien! Todo lo contrario es lo que nos pasó a los mamíferos que nos gusta la leche –y que crecimos bajo la campaña del ‘bigote blanco’ sobre los labios de las estrellas de Hollywood– que, de repente, vimos que nos convertimos poco menos que en psicópatas que bebíamos veneno blanco, mientras las masas se tiraban a la leche de soja... Que ahora parece que tampoco es tan sana. Saber qué es lo bueno y lo malo en este quehacer diario de comer es más complicado que pasárselo bien en un concierto de Juan Peña.

Menos mal que los ‘mariquitas de pueblo’, acostumbrados a los sabores puros, distinguimos mejor no solo el ‘sabor a ti’ del trato cercano, sino también el ‘sabor a gilipollas’. En este terreno tenemos ventaja frente a la ‘era Sarah Jessica’...

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