Nunca es tarde para reencontrarte con tu amor gay

El universo gay está lleno de historias novelescas que a veces bordean lo inverosímil. Casi todas demuestran que los gays hemos vivido durante mucho tiempo en una ciénaga de inmundicias sentimentales, haciendo lo posible para salir adelante de cualquier manera.

POR: Luisgé Martín

Gracias a la publicación de mi último libro, El amor del revés, que cuenta mi propia biografía homosexual, he recibido numerosos mensajes de desconocidos contándome sus historias particulares. Casi todas demuestran que los gays hemos vivido durante mucho tiempo en una ciénaga de inmundicias sentimentales, haciendo lo posible para salir adelante de cualquier manera.

Juan acaba de cumplir ahora setenta años. Nació en un pueblo de Galicia, pero en su primera juventud se marchó a Roma huyendo de la asfixia provinciana. Era la luminosa década de los sesenta. Unos meses después, Mercedes, su prima, fue a visitarle durante el verano. Le encontró disfrutando jubilosamente de la amistad de un muchacho argentino que estaba en Italia de paso, y se unió a ellos. Pasaron juntos dos semanas deslumbrantes, viviendo con esa quemadura que solo se tiene en la juventud.

Mercedes regresó a Galicia convencida de que su primo era gay –aunque no había habido confesiones ni demostraciones excesivas– y se alegró de su felicidad desbordante. Dos años después, sin embargo, Juan escribió a la familia para anunciarles que se casaba con una chica italiana. Mercedes, que es quien me cuenta la historia, asistió a la boda. Luego se enteró, por carta, del nacimiento del primer hijo, y más tarde del segundo. Veía a su primo de lustro en lustro, cuando él iba a Galicia a pasar algunas Navidades.

El año pasado murió su esposa, y Juan, que estaba ya jubilado, pasó el verano completo en su tierra. Un día, cenando a solas con Mercedes, recordaron los viejos tiempos, los años locos de juventud, y ella, desinhibida por el alcohol, se atrevió a contarle que en aquellas semanas de Roma había llegado a pensar que el muchacho argentino era su novio. Juan, con gesto atormentado, le confesó entonces que no solo era su novio, sino que había sido el gran amor de su vida. No había dejado de pensar nunca en él. Durante todos esos años en los que había vivido con su esposa, criando a sus hijos, había estado día tras día arrepintiéndose de renunciar por cobardía a ese amor. “Io sono gay”, le dijo en italiano a su prima.

El final de la historia, inacabado, es peliculero: Juan ha rastreado en Internet el nombre del argentino y le ha encontrado. Está vivo, tiene una casa en Buenos Aires y recuerda perfectamente aquel verano que pasaron juntos. Se escriben correos electrónicos varias veces al día, conversan a veces por Skype y han hecho planes de reencontrarse, casi cincuenta años después de los días en que se amaron. Sus cuerpos son ahora muy diferentes, fláccidos, encorvados, de piel manchada. Sus ánimos, más aún, se han torcido con la edad: los desengaños, la fatiga, el presentimiento de la muerte. Pero a pesar de ello a Juan le queda la voluntad de enmendar de golpe su vida, de ser por fin quien siempre quiso ser. A Mercedes le ha dicho que le gustaría casarse. A sus hijos les ha advertido de que quizá vayan a tener un padrastro.

El universo gay está lleno de historias novelescas que a veces bordean lo inverosímil. ¿Cómo es posible pasar cincuenta años –dieciocho mil días– pensando en alguien obsesivamente y sin atreverse a ir a buscarlo? ¿Cómo es posible dejar que tu vida gotee como un reloj de arena sin tratar de taponarlo? ¿Cómo es el dolor de esas noches que se pasan junto alguien a quien uno no ama? Queda una pregunta casi filosófica: la extrañísima felicidad que sentirán Juan y su novio argentino al volver a abrazarse a los setenta años de edad ¿compensa la amargura de todo el tiempo que pasaron separados?


LUISGÉ MARTÍN ES ESCRITOR Y ARTICULISTA. SU ÚLTIMO LIBRO PUBLICADO ES EL AMOR DEL REVÉS (ANAGRAMA).