‘The show must go on’ de Jérôme Bel: Let’s dance! con Bowie

El espectáculo ¿de danza? que el bailarín y coreógrafo francés estrenó en 2001 llegó, por fin, a España. Los Teatros del Canal han sido el escenario para demostrar que tanto Jérôme Bel como ‘The show must go on’ siguen muy vivos.

Jérôme Bel, coreógrafo y bailarín francés, y José Carlos Martínez, coreógrafo y bailarín español (y a la postre, director de la Compañía Nacional de Danza), han vuelto a demostrar lo hermoso que es llenar un escenario cuando está vacío. Lo hermoso y lo complicado. The show must go on arranca así: sin nadie. Y eso, para un espectáculo de danza es, aparte de una contradicción, un reto muy difícil. Pero el creador de este ya mítico espectáculo, cuya línea estética en en ballet es la ‘no danza’, sabe no solo llenar el palco escénico sino romper la barrera del foso y trasladar la danza, ‘su danza’, al patio de butacas.

A aquellos que no sepan de qué va este showque debe continuar– no vamos a hacer de spoilers y destrozárselos. Basta resaltar la importancia de que, por fin, llegue a España y lo haga de la mano –o de los pies– de la Compañía Nacional de Danza, aunque solo se recurra a cinco bailarines de su cuerpo estable, y el resto sean actores o personas que nada tienen que ver con el mundo no ya de la danza, sino del espectáculo. ¿Un ballet sin bailarines? ¿Es eso posible? Pues sí. El resultado es una mezcla entre performance y ballet, no ya contemporáneo sino ‘atemporáneo’, pues, puestos a inventar, inventamos todos. Lo cierto es que estamos ante un show redondo que, pese a tener diecisiete años de vida, sigue resultando en cierta manera transgresor. En él se ¿coreografía? desde My Heart Will Go On, de Céline Dion, a The Sounds of Silence, de Simon & Garfunkel, pasado por David Bowie, Tina Turner o la mismísima Macarena de Los del Río. Y, como es normal, el temazo de Queen que da título al show que, con su estreno en Madrid, demuestra precisamente eso: que el espectáculo debe continuar... Y eso es lo que ocurre en los Teatros del Canal, programados con muy buena mano por Natalia Álvarez Simón.

El patio de butacas, como hemos dicho, se convierte en protagonista. ¿Cómo? Pues rompiendo esa barrera que sigue existiendo (y que es bueno que exista) entre el escenario y el espectador. Aquí la comunión es total, y no porque estemos ante uno de esos ejemplos en donde los actores bajan a la platea para subir a alguien: en este caso, la comunicación (y esa comunión) es completamente diferente.

En el siglo XIX fueron precisamente nombres franceses como Rimbaud quienes gritaban aquello de épater le bourgeois. Hoy ni siquiera sabemos si a los burgueses se les puede seguir llamando así y, en ese caso, si habría que seguir epatándolos. Pero esta obra, ya clásica, de este otro francés, lo que viene a demostrar es que estamos en una era en la que –pese a vivir con sobredosis de información y en comunicación permanente y vertiginosa entre unos y otros, muchas veces, incluso, sin conocernos– se puede seguir emocionando con algo tan sencillo como un escenario vacío. Algo tan sencillo y complicado como llenar un escenario... con el vacío. Y mantenerte en vilo, a la espera de que suceda ese ‘algo’ que uno sabe que va a suceder, pero no sabe ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Pero sucede. Quizás es porque ya todos somos burgueses y necesitamos ser epatados, o quizás porque en el teatro y en la danza, como en la vida, el show debe siempre continuar. Freddy Mercury no cantaba en balde. Y Jérôme Bel no coreografía en vacío. Aunque haya gente que no lo vea. Let’s Dance!, y Bowie no es mal compañero para ello. En absoluto.

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