¿Un Cannes marica?

Alberto Mira, profesor de cine en Oxford Brookes University, comparte con Shangay.com sus reflexiones sobre el ‘lado queer’ –si lo hubiere– del festival de cine más importante del mundo, al que enfocan los objetivos de todas las cámaras del planeta.

Cada año, a mediados de mayo, el mundo del cine mira hacia Cannes. Quienes pueden, convergen en la Costa Azul para vender, promover, hacer tratos, dejarse ver o recordarnos que existen. En su septuagésima edición este año, todo ha quedado subrayado en un gran photocall que incluía a ciento quince estrellas y directores que iban desde Claudia Cardinale, Roman Polanski o Catherine Deneuve a Emma Stone, Michael Haneke, Jane Campion o Laurent Cantet. Cannes se miraba al espejo en busca de confirmación de su relevancia cuando el cine ha perdido su influencia: algunos parecían encantados de conocerse, otros incómodos, y supongo que algunos sentían que aquello fue maravilloso mientras duró. Cannes es una de las tres o cuatro fiestas anuales que enfáticamente tratan de preservar la mística del cine, y estos intentos pueden parecer algo desesperados.

El festival no es especialmente marica porque la cultura francesa no es muy de etiquetas. El momento más queer en Cannes este año para mí consistió en un joven de proporciones elegantes que se me acercó en una de las interminables colas. Iba vestido con poco más que una sonrisa y en su pecho había escrita una solicitud de invitación para Twin Peaks. Y me pregunté, quizá sin justificación, si no había una oferta de intercambio implícita en la petición. Pero aunque uno puede llevar las anteojeras maricas puestas, el Festival de Cannes es una celebración de estereotipos heteros que tira de espaldas: uno se da una vuelta por la Croisette, el legendario paseo marítimo de la ciudad, y no hace más que ver el tipo de ‘señoras estupendas’ con formas que deben tanto a la genética como a la cirugía, de esas que tanto gustan a ciertos críticos españoles. Y esto se refleja en la selección. A pesar de que Cannes ha sido siempre valedor de Almodóvar –y últimamente parece considerar a Xavier Dolan una especie de hijo predilecto–, lo cierto es que el discurso oficial parece no tenernos en cuenta de manera muy concreta. Mientras que en el Festival de Berlín un jurado independiente lleva dando los Teddy, respuesta queer al Oso de Oro, desde 1987, en Cannes una iniciativa similar tuvo que esperar hasta el año 2010, en que se introdujo la Queer Palm.

Este año, solo una película podía ser galardonada con este premio: 120 battements par minute, de Robin Campillo, sobre el movimiento de lucha contra la homofobia y el sida ACT UP a principios de los noventa. La película recibió una excelente acogida en su estreno y ha ganado, además, el Premio Especial del Jurado (que viene a ser un segundo premio de la Selección Oficial) y el premio FIPRESCI de la asociación internacional de la crítica cinematográfica. Más que los recientes galardones a Dolan (el año pasado por Solo el fin del mundo, sin ir más lejos), toda esta atención es importante porque reconoce la épica del activismo queer, especialmente en los tiempos difíciles de los primeros noventa, cuando el sida era ignorado por las instancias políticas, se trataba con terror y odio en los medios y era necesario recordar que el silencio conducía a la muerte. Desde 1919 ha habido un cine queer que, de maneras más o menos sutiles, reconocía miradas no heterosexistas. Pero muy rara vez el cine ha reconocido que no solo se trata de deseo, emociones y arcos de afirmación personal, que la lucha contra la homofobia es un trabajo político que requiere organización y estrategia. La película de Campillo, cuyas preocupaciones sociales son patentes en su trabajo como guionista de espléndidas películas de Laurent Cantet como La clase (2008), se une así a Pride (2014) para revindicar luchas que el cine ha considerado poco interesantes. Incluso Almodóvar, presidente del jurado este año, que siempre ha parecido incómodo con el activismo queer (no con la cultura marica), se mostró emocionado al hablar de “héroes reales” cuando justificó el premio al film.

El contenido queer en las secciones centrales del festival ha sido reducido pero prometedor. No soy el único que percibe cierta tensión homoerótica en la relación entre el protagonista de la película de Yorgos Lanthimos The Killing of a Sacred Deer, interpretado por Colin Farrell, y un adolescente problemático de dieciséis años. La ambivalencia de la película en general hace este elemento posible pero difuso, y sin embargo tiene un impacto en el discurso del director sobre ritual y deseo. Todd Haynes, el más mainstream de los cineastas del nuevo cine queer de los noventa, presentaba este año Wonderstruck, una película basada en una novela para adolescentes sobre la relación entre gemelos que fue recibida con frialdad. También L’amant double, de François Ozon, habla de gemelos en una trama que recuerda a Inseparables, de David Cronenberg, y de manera oblicua presenta una historia de pasiones torcidas por un director que siempre ha reconocido que la heteronormatividad no tiene por qué ser el centro del mundo.

Otros tres títulos fuera de competición contribuyeron a hacer el festival un poco más queer este año. Sobre el papel, el más fascinante es They, película estadounidense de Anahita Ghazvinizadeh sobre un(a) adolescente de catorce años que explora su identidad sexual mientras pospone la llegada de la pubertad con tratamiento hormonal y que no responde ni a pronombre masculino ni femenino. John Cameron Mitchell es el director de Hedwig and the Angry Inch (2001) y de Shortbus (2006), y este año nos ofrecerá How to Talk To Girls at Parties, sobre los inicios de la cultura punk en los setenta, interpretada por Nicole Kidman (que este año tenía cuatro proyectos en el festival), Elle Fanning y Ruth Wilson. El veterano André Téchiné ha presentado Nos années folles en pase especial fuera de competición, en la que cuenta la historia, basada en hechos reales, de un desertor de la Primera Guerra Mundial que se oculta en el París de los ‘años locos’ (en el sentido de ‘locas’) haciéndose pasar por mujer.

El cine refleja nuestras fantasías. Aunque es verdad que ha sido necesario cierto esfuerzo para sacudirse el peso de estereotipos de género tradicionales. Pero hemos llegado a un punto en que, entre los escotes, las lentejuelas, los smokings y esas mujeres muñeca de peinados barrocos, es posible encontrar miradas escépticas, perversas, intensamente queer. Es verdad que a Cannes se viene en busca de obras maestras instantáneas, y este año las expectativas pueden haberse visto defraudadas. Pero también que el año cinematográfico que comienza nos deparará como siempre una buena cuota de placeres transgresores.

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