Las Celdas de Louise Bourgeois en Bilbao

El Guggenheim de Bilbao ha inaugurado una monográfica dedicada a una de las series de la creadora franco-americana más espectaculares y sentidas, sus ‘Celdas’. Un nuevo paseo por los traumas y la autobiografía de la artista.

POR: Guillermo Espinosa

Nuestro país vive un largo affaire con el trabajo de Louise Bourgeois: los últimos años se han sucedido exposiciones –en La Casa Encendida de Madrid, en el Museo Picasso de Málaga– que venían a completar la idea meridiana que teníamos de su trabajo. Desde piezas realizadas muy próximas a su muerte, en 2010, a resúmenes antológicos de su trabajo que servían, a la vez, para dar una idea clara de su importancia.

El Guggenheim Bilbao viene a completar el ciclo sirviendo una antología sobre una de sus series más conocidas: las Celdas. En un camino híbrido entre la escultura, la instalación y el ready-made (uso de objetos encontrados), Bourgeois compuso esta serie a partir de 1986, cuando creó Guarida Articulada (presente en la muestra) y produjo en diversos modos y tamaños unas 60 piezas únicas.

No se habían presentado juntas desde 1991, lo que supone ya una gran oportunidad para entender el juego intelectual detrás de estos espacios dramáticos que la propia artista consideraba ambiguamente como espacios de reclusión forzada o voluntaria –cárcel, monasterio–, organismos de almacenaje de memoria (como sería otra definición del término inglés ‘cell’, que también significa célula), habitaciones de reflexión o pensamiento y, por supuesto, también retratos fraccionados de su propia biografía.

Las celdas –que toman forma de cajas pero también de recintos– se realizaron al modo de contenedores, donde la artista incluía desde esculturas previas a desechos y elementos encontrados, y también objetos personales asociados a su memoria: recordemos que el trabajo de Bourgeois surgía siempre de sus propios traumas infantiles, de su enfrentamiento al padre tiránico e infiel y de las tensiones y angustias de su psique. Ella misma las definió como “representaciones de diferentes tipos de dolor: físico, mental, psicológico, intelectual... Cada celda maneja, a su manera, el miedo. El miedo es dolor. Cada celda trata también el placer del voyeur, la emoción de mirar y ser mirado mientras se contempla”.

Esto que suena tan trágico adquiere notables dimensiones líricas, de una belleza entre lo corrupto y lo inaudito, y suelen exhibirse en oscuridad dramática como una invitación al recogimiento reflexivo. La artista utilizó hasta elementos arquitectónicos de los estudios por los que fue pasando: una de las piezas contiene por ejemplo la escalera de caracol de su último estudio de Brooklyn. Es Celda (La última subida) de 2008,  la pieza que cerró la serie. El deseo de recordar y olvidar está presente en muchas de ellas: “Tienes que contar tu historia y tienes que olvidarla. Olvidas y perdonas. Eso te libera”, explicaba.


“A BOURGEOIS, LA COMUNIDAD GAY LE DEBE EL HABER SIDO, A PRINCIPIOS DE LOS 90, DE LAS PRIMERAS EN APOYAR LA CAUSA DEL SIDA”


Este trabajo personalísimo de Bourgeois, exactamente precedente a esas madres-araña que presidirían su creación en los noventa, se sitúa en un periodo floreciente de su vida neoyorkina. La artista (que había sido alumna de Leger en los años 30 y un miembro destacado del American Abstract Artist Group en los 50) había sido objeto de su primera gran antológica en el MOMA unos años antes. Pocas mujeres entonces habían sido objeto de semejante honor, y su ‘descubrimiento’ por el patriarcado del arte es paralelo a la puesta en valor de otras artistas anteriores como la amante de Rodin, Camille Claudel, o la de Diego Rivera, Frida Kahlo.

Las mujeres en las prácticas artísticas –desde americanas como Georgia O’Keefe hasta europeas miembros del club impresionista, o la madre de la abstracción, Hilma Alf Klimt– eran sistemáticamente obviadas en el discurso oficial de la historia del arte, o reducidas a ‘acompañantes’ de los artistas varones. Con ella esto cambió: allanó el interés aún hoy reivindicable por la sensibilidad plástica femenina, y sirvió de acicate para que el siglo XX asumiera la visión de la mujer y las artistas adquirieran visibilidad y tuvieran la posibilidad de desarrollar carreras y trayectorias.

Son los años en que posó con su escultura de un enorme falo para Robert Mapplethorpe, y en que las prácticas feministas en su vida privada –iniciadas en los 70 en grupos de acción y discusión tachados de radicales– eran ya una constante. A Bourgeois, la comunidad gay internacional le debe el haber sido de las primeras, a principios de los 90, en apoyar la causa del sida, y también el haberse sumado, antes de su muerte, a la lucha por los derechos de las parejas LGTB y la igualdad matrimonial, e incluso creó una pieza especial para ello, I Do, dos flores naciendo de un mismo tallo. Así que un paseo en modo homenaje tampoco está de más.


Louise Bourgeois. Estructuras de la existencia: Las Celdas puede visitarse en el Museo Guggenheim Bilbao hasta el 4 de septiembre. Más información en guggenheim-bilbao.es