Los apetitosos encantos de Narbonne y Carcassonne

Estas dos emblemáticas ciudades del sur de Francia están mucho más cerca de lo que imaginamos, gracias a lo bien conectadas que están vía tren desde Madrid y Barcelona. Y ofrecen no solo grandes monumentos que visitar, también la posibilidad de disfrutar de una meca ‘foodie’ como Les Grands Buffets. 

 

POR: Agustín Gómez Cascales

Muchas veces, los destinos más apetitosos están más cerca de lo que pensamos. Y no son pocas las ocasiones en que planes de viaje van unidos a destinos culinarios, porque turismo y placer gastronómico siempre van unidos. Los amantes del joie de vivre en su sentido más puro saben que el sur de Francia es un auténtico paraíso, con propuestas muy variadas y apetecibles. Lo habitual es que nos vengan a la cabeza Perpignan, Bordeaux o Nîmes, pero no habría que olvidarse Narbonne y Carcassonne. Todas tienen en común lo bien comunicadas que están en tren desde Madrid y Barcelona, y es un plus a tener en cuenta. Porque el trayecto Madrid-Narbonne se hace en apenas cinco horas y media, y desde Barcelona, en apenas dos.

Narbonne y Carcassonne forman un tándem muy apetecible porque son ciudades repletas de historia, y con una oferta cultural más que notable. Narbonne, en la región de Occitania, cuenta con más de 2.500 años de historia. Y es algo que se respira en cuanto se pone pie en esta localidad atravesada por el canal de la Robine, que es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Fue la primera colonia romana fuera de Italia, y no son pocos los vestigios que quedan en esta especie de mini Avignon. Desde vías perfectamente conservadas –la Via Domitia– al Horreum, con galerías subterráneas. Impresiona la catedral de Saint-Just y Saint-Pasteur, que a pesar de estar inacabada es una joya del gótico florido. Y el palacio de los Arzobispos, frente a ella, es también de visita obligada.

Su oferta no es solo monumental. Dado que tiene muy cerca tanto el mar como la montaña, se convierte también en un destino perfecto para las vacaciones de verano y de invierno, sobre todo para los amantes de deportes, que pueden ir del kitesurf a la escalada. Narbonne ha sido desde la antigüedad un cruce de caminos, un lugar de conexión de distintas culturas, y eso se nota cuando se pasea tranquilamente por ella. Y en el paseo obligado a orillas del canal es posible encontrar mercadillos, no tan distintos de los españoles, durante casi toda la semana. Que además suelen conducir a una de las joyas de la corona de Narbonne, Les Halles, su mercado central. Un paraíso para amantes tanto de la cocina tradicional como de los gourmets más avanzados. Allí es posible encontrar de todo, desde quesos hasta carnes o marisco, pasando por especias e incluso platos típicos precocinados que tienen pinta de saber mejor que en muchos restaurantes. Uno de esos mercados típicamente mediterráneos con un bullicio enorme a todas horas y que viene a ser el corazón de otra Narbonne, la que atrae a los apasionados del turismo enogastronómico.

Esta versatilidad turística es la que invita a perderse en los viñedos que pueblan los alrededores de la ciudad. Quienes busquen desconectar absolutamente de la civilización, pueden hacerlo alojándose en uno de los muchos chateaux que existen en la zona. Como el Domaine de la Ramade, a apenas tres kilómetros del mar. Con viviendas individuales, anexas a la casa familiar en donde habitan sus dueños –Julie Fontanet y Jacques Riboure– y sus hijos, pendientes de todos los detalles. Apenas hay cobertura de móvil, en verano, tienen disponible piscina para los huéspedes y la sensación es de estar viviendo en plena naturaleza, aunque con todas las comodidades. Y rodeados de silencio, un lujo preciado. Desde luego, es una experiencia que merece la pena. Además, cultivan sus propios vinos –ecológicos–, muy reconocidos; otro motivo más para alojarse allí, degustarlos y adquirirlos.

¿Por qué es tan especial la medieval Carcassone? ¿Conoces Les Grands Buffets, uno de los buffets más grandes y exquisitos de Europa? Sigue leyendo

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