Pierre et Gilles, una fascinante pasión compartida por el arte kitsch

Una exposición antológica en Bruselas de la pareja (gay) más famosa de la fotografía francesa reúne gran parte de sus retratos, tanto de grandes divas de la cultura popular como de sus sexys anónimos, bajo una óptica nueva: aportar un análisis serio a un trabajo visto siempre desde el humor y el exceso.

Cuarenta años de trabajo conjunto es lo que viene a celebrar esta exposición, Clair-obscure (Claro-oscuro). El fotógrafo Pierre Commoy y el pintor Gilles Blanchard se conocieron un otoño de 1976, en el cóctel inaugural de una boutique parisina. Al año ya se mudaron juntos y lo que es más: decidieron unir sus respectivas carreras artísticas en una sola, compartiendo casa, estudio y vida hasta hoy.

De esta fructífera relación gay surgieron las más poderosas imágenes jamás propiciadas por el camp y el kitsch: la valoración visual de lo insustancial, lo frívolo y lo ridículo, lo popular y vulgar, lo afeminado y artificioso, los estilos desfasados de un pasado estético puesto al día a través del humor y el exceso. Todo esto, que en los ochenta generó una agria batalla entre los serios defensores de la modernidad y los ‘blandos’ posmodernos, es hoy visto de otra manera: tanto el kitsch como el camp han sido aceptados, y esta muestra lejos de insistir en esto trata de la perfección técnica y estilística de unos artistas que siempre fueron eso: puro estilo, en el mejor sentido de la palabra.

Influidos por el trabajo del precursor James Bidgood, Pierre et Gilles añadieron a esas fotografías con apariencia de estampita popular, estridentemente coloreada, de su maestro los suficientes ingredientes de referencialidad e inspiración en el pasado del arte, en la estética y el sentir religioso, en el orientalismo –sus viajes por la India y lo que allí vieron es otra de sus reconocidas referencias–, el pop, la pornografía y la cultura queer como para ganarse un hueco propio en la historia del arte contemporáneo. También un merecido éxito como retratistas de varias generaciones de artistas: desde su amigo Marc Almond hasta Madonna, pasando por Kylie Minogue, Marilyn Manson, Amanda Lear (la primera que se rindió a ellos para la portada de Diamonds for Breakfast en 1980), Deee-lite, CocoRosie o, recientemente, Tilda Swinton y Stromae.

También los recordamos por esos modelos desconocidos –Didier, Jiro, Enzo, Aziz... e incluso el actor porno Aiden Shaw– que encontraban en cualquier sitio. “Nunca hicimos castings, ni llamamos a agencias de modelos. Generalmente, es el modelo el que nos revela la fotografía y su tema. Lo construimos todo en torno al él”, explica Gilles. Pierre completa: “Incluso cuando tenemos una idea sobre algo que queremos hacer, la mantenemos ahí durante años si es necesario hasta que encontramos al modelo idóneo”.


“Pierre et Gilles nos enseñaron, junto a parejas coetáneas de artistas como Gilbert & George, que el amor romántico y estable entre hombres era una realidad posible”


El uso de la palabra ‘construir’ no es casual. Y habla directamente de lo que esta exposición vuelve evidente: el arduo trabajo de esta pareja en la consecución de su imagen última. Su estudio –que ellos mismos reconocen similar al del cineasta mudo Georges Mèlies– es una caja mágica de decorados artificiales y vestuario realizado por ellos mismos de forma exclusiva para cada imagen.

En un mundo actual donde el retoque digital permite variar la plástica de cualquier imagen para que resulte otra, ellos lo realizan todo aún en analógico: la iluminación envolvente que materializa a sus modelos como figuras de la imaginería de una iglesia, el color intenso de sus flores y fondos, todo se realiza a través del objetivo, y luego se ilumina con pintura y pincel. Una técnica complejísima que han ido depurando con los años y la experiencia. Y a la que se refiere directamente esta exposición desde su título, que recoge 80 de sus fotografías únicas: la mayor muestra que se les dedica desde 2007.

En otro sentido, Pierre et Gilles tuvieron también un impacto primordial en una generación de gays, por motivos totalmente ajenos al arte. Pese a que otros artistas anteriores, como Francis Bacon, no ocultaron nunca su homosexualidad, tampoco se mostraron muy favorables a hacerla pública: era algo que aún podía dañar carreras. Además, los referentes intelectuales del amor homosexual seguían anclados, aún en los ochenta, en el secretismo y la marginalidad: ese deseo por los marineros y los chulos de puerto, los más rudos proletarios y los peligrosos delincuentes, que era el que animaba las relaciones sexuales y también los textos de E.M. Forster, Jean Genet, Jean Cocteau o el propio Bacon.

Pierre et Gilles, que jugaban estéticamente con estos referentes –su libro recopilatorio más conocido sigue siendo Sea and Sailors, ejemplo evidente– nos enseñaron, junto a otras parejas coetáneas de artistas como Gilbert & George, que el amor romántico y estable entre hombres era una realidad posible: se podía dar entre iguales que además vivían y trabajaban juntos. Las nuevas generaciones tal vez no aprecien la importancia de esto, pero para los que pasaron su adolescencia o juventud en los ochenta, la posibilidad de un amor fuera de la marginalidad y el secretismo, vivido además sin culpa e incluso con éxito social y artístico, y en absoluto parodia o imitación de los roles de pareja del modelo heterosexual, ayudó a abrir los ojos y buscar visibilidad, liberación y derechos igualitarios para todos.


La exposición Clair-obscure de Pierre et Gilles se puede ver hasta el 14 de mayo en el Musée d’Ixelles (71 rue Jean Van Volsem) de Bruselas. Más información en www.museedixelles.be