Q de Questioning

¿Quiénes son los questionings? El escritor Luisgé Martín nos lo explica.

POR: Luisgé Martín

Manifestarse en contra de las etiquetas está de moda. Lleva de moda décadas, porque ya en mi juventud, recién salidos de la tumba franquista, era muy cool censurar la manía de etiquetarlo todo. La libertad consiste –se aseguraba entonces y se asegura ahora– en dejar que las personas sean lo que quieran ser, sin etiquetarlas. Por desgracia, la culpa de que las personas casi nunca sean lo que quieren ser no la tienen las etiquetas que se les ponen, sino la vida misma, que es esencialmente perra.

Los escritores sabemos que lo que no se nombra no existe y que la defensa de la individualidad consiste precisamente en aumentar las etiquetas, en descubrir todos los nombres que tiene la realidad y añadirlos al vocabulario común. Hace años se hablaba genéricamente del movimiento gay. Luego, para precisar todo lo que cabía en esa expresión, comenzó a hablarse del movimiento LGTB: las lesbianas, los gais, los transexuales y los bisexuales, cada uno con su contorno, formaban parte de ese mundo compartido. Más tarde se añadió otra sigla, la I de intersexual, para incorporar a aquellas personas, también discriminadas, que tienen al mismo tiempo rasgos sexuales masculinos y femeninos, los antiguos hermafroditas. Una misma lucha por el respeto y por la dignidad.

La última sigla añadida es la Q de Questioning, en su vocablo inglés. LGTBIQ. ¿Quiénes son los questionings? Los que dudan, los que van y vienen, los que no quieren encasillarse en una etiqueta. Es decir, una etiqueta para huir de las etiquetas. Un nombre que contenga todos los nombres.

A riesgo de ser políticamente incorrecto, debo decir que este añadido me parece una banalidad y una ñoñería propia de los tiempos que corren. En la definición que da la Wikipedia del ‘Questioning’ dice, para ejemplificar: “Si un individuo se identifica a sí mismo como heterosexual, no solo puede ser atraído por personas del sexo opuesto, sino que puede interactuar con personas de su propio sexo sin reconocerse por ello necesariamente como bisexual”. Esto, aparte de un trabalenguas y de un disparate lexicográfico, no conduce a ninguna parte y solo sirve para enredar la lucha reivindicativa. Por supuesto que un heterosexual puede acostarse con otro hombre, pero eso no se llama questioning, sino borrachera, curiosidad, exaltación o necesidad carcelaria. Cuando detrás de ese sexo accidental hay duda, inseguridad, cuestionamiento, el individuo acaba descubriendo, tarde o temprano, que era homosexual y no quería aceptarlo.

Hace poco se ha publicado una hermosa novela de José Luis Serrano que hurga en esas líneas fronterizas de la sexualidad. Se titula Lo peor de todo es la luz y cuenta la historia de dos amigos nominalmente heterosexuales que coquetean con un sentimiento parecido al questioning. Su vida queda entrelazada por un vínculo que rebasa lo que normalmente llamamos amistad y que nunca acaba de desembocar –o sí– en lo que comúnmente llamamos amor. El autor, literariamente distante, deja que seamos nosotros quienes le pongamos nombre a la relación.

Yo soy partidario encendido de que el movimiento LGTBI no añada la Q en su denominación. Uno puede dudar de lo que es, pero no puede ser Duda con la misma categoría con la que otro es gay o lesbiana. Y si lo es –esos son los males de la vida– no puede serlo gregariamente. Tal vez la indefinición permanente sea benéfica para el espíritu, pero es devastadora para las luchas políticas.

Hagamos etiquetas que tengan sentido. Todas las que hagan falta, pero representando certezas. Y luego, para acabar de ser sensatos, quitémosle a esas etiquetas las simplificaciones para que terminen de ser poderosas y humanas: porque no a todos los gais les gusta Lady Gaga ni todas las lesbianas conducen camiones. Por fortuna.


LUISGÉ MARTÍN ES ESCRITOR. SU ÚLTIMA OBRA PUBLICADA ES LA NOVELA LA VIDA EQUIVOCADA (ANAGRAMA).


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