26/09/2020

La lucha del hombre moderno

17 septiembre, 2014
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El día del desfile del Orgullo gay multitud de camiones atestados de hombres musculados semidesnudos, bailando mecánicamente mientras disparan con pistolas de agua a la concurrencia que les observa admirada, recorren el centro de Madrid. Los llaman carrozas aunque podrían ser carros de combate.

Este 28 de julio se cumplía el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, una contienda de dimensiones y atrocidad nunca antes conocidas que cambió la forma de entender el mundo y abrió las puertas a la modernidad. A partir de 1914 el hombre no volvió a ser el mismo. Traumatizados por los horrores sufridos en el frente, algunos combatientes desarrollaron una serie de trastornos nerviosos englobados entonces bajo el término ‘shell shock’. Muchos de estos soldados pudieron seguir con sus obligaciones mientras que otros se revelaron incapaces para la lucha, lo que les llevaba a desobedecer a sus superiores o a desertar. Considerados como cobardes, afeminados, faltos de fuerza moral o traidores, los soldados incapacitados a causa del ‘shell shock’ eran objeto de todo tipo de vejaciones, llegando en algún caso a ser ejecutados por tribunales de guerra.

Si bien al principio el ‘shell shock’ era un tema tabú, no tardó en llamar la atención de la comunidad médica, que empezó a dejar de considerar la histeria como una enfermedad exclusivamente femenina. La Gran Guerra abría así una brecha en el ideal masculino victoriano, sinónimo de rigidez, orgullo e impasibilidad, en el que las emociones quedaban fuera de la ecuación. De la mano del ‘shell shock’ –una suerte de protesta masculina disfrazada contra las atrocidades de la guerra y el ideal victoriano–, y auspiciado tanto por el cine como la literatura, el unidimensional héroe marcial de antaño dejaba paso a otro más humano, vulnerable y de igual o mayor valentía, en tanto que, condenado a convivir con las secuelas del horror, debía librar una eterna batalla consigo mismo en aras de la paz interior.

Había sido necesaria la mayor de las guerras para que el hombre pudiera romperse, descubriendo en sus grietas inusitados cauces de fortaleza y sabiduría. Quizás un siglo después esos cauces hayan ido secándose, las grietas difuminándose, hasta devolver al hombre a su anterior estadio monolítico. A juzgar por el desfile de carros de combate del Orgullo gay, protagonizado por regimientos de soldados con uniformes de músculos a prueba de balas, y por hordas de civiles tan absortos en la contemplación de bíceps como en el rastreo y liquidación sistemática de perfiles de Grindr a la espera de dar con el perfil del soldado ideal, parece como si estuviera librándose hoy otra batalla en pos de un nuevo ideal masculino heredero del victoriano. Un ideal que equipara masculinidad con profilaxis. Que trata de prevenir la frustración a través del gimnasio esculpiendo cuerpos perfectos en busca de aprobación, o mediante aplicaciones como Grindr, en las que no hay tiempo para el desengaño, pues cada fracaso se diluye en un mar de nuevas y mejores ofertas. Un ideal sin camiseta y de sonrisa etrusca. Ignorante de que en la integración de la frustración y las emociones, y no en el gimnasio o en el móvil, reside la auténtica fortaleza. Resulta difícil de aceptar que un ideal así sea algo con lo que conformarse. De modo que quizás en medio del desfile militar del Orgullo quepa hacerse la pregunta que el gran director de cine Frank Capra trataba de responder en su magnífica serie de documentales sobre la participación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial: Por qué luchamos (1942-45).

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