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Bill Murray lo da todo en ‘St. Vincent’

12 diciembre, 2014
Léetelo en 7 minutos

Bill Murray:
el arte de la peculiaridad

Pese a su larga trayectoria, uno no sabe cómo empezar a describir a un tipo que no deja indiferente a nadie allí por donde pasa. Su versatilidad está más que demostrada gracias a títulos como Los cazafantasmas, Atrapado en el tiempo, Lost in Translation o Flores rotas, y ahora vuelve a fascinar con St. Vincent, por la que ha sido nominado a los Globos de Oro.

• ¿Quién es Bill Murray?

Es ese tipo que ayudaba a Michael Jordan y Bugs Bunny en Space Jam, se codeaba con Cameron Diaz y Drew Barrymore en Los ángeles de Charlie, y protagonizaba la bochornosa (como las dos anteriores) Osmosis Jones. Eso te diría alguien nacido en los 90. Si se le reprocha su ignorancia, propia de la edad, la hemeroteca comienza su alegato, donde expone que el joven Bill se fue horneando en el legendario Saturday Night Live junto a actores de la talla de John Belushi y Dan Akroyd. Algún cuarentón podría replicar que no tiene el encanto de Chevy Chase, y los treintañeros, que no posee la sonrisa de Eddie Murphy. Pero todos alabarán la película por la que fue nominado al Oscar, Lost in Translation, maravillosa obra en la que desplegó todo su arte.

• Su última película

El sexagenario actor vuelve a primera línea con la entrañable St. Vincent, en la que da vida a un veterano de guerra cascarrabias y hedonista que debe cuidar al hijo de su vecina recién divorciada. Aficionado a todo lo cuestionable, bebedor empedernido y cliente de locales de dudosa reputación, el bueno de Bill acabará por convertirse en mentor del chico, lo que acarreará mas de un disgusto a su ya de por sí sufrida madre. Parece que esta vez la Academia reconocerá su trabajo, como ya han hecho los Globos de Oro, y se postula ya como uno de los principales candidatos a ganar la estatuilla, algo que al intérprete le resbala. Porque ha llegado a declarar cosas como “Desear un Oscar es como una enfermedad” y “Si un actor desea un Oscar, que se lo haga mirar, porque tiene un verdadero problema”.

• Bill Murray en el papel de Bill Murray

Todos tenemos una esencia que nos define, pero a la hora de hablar de una persona cuyo oficio consiste en ser de todo menos él mismo, la cosa cambia. Si prescindimos de los Van Damme de músculos y volteretas, los Mike Myers híbridos y caricaturescos y los Channing Tatums cuyo continente absorbe por completo al contenido, resulta admirable que un actor sea más llamativo que cualquiera de sus personajes, y Murray lo consigue. Con un abanico tan amplio de interpretaciones, donde ha pasado de ser un perdedor que se alista en el ejército en El pelotón chiflado a poner voz a Garfield, el gato más famoso del mundo, el artista no desperdicia la ocasión, siempre con la sátira y la crudeza como ingredientes principales, para recordarnos por qué no debe ser olvidado. “Suelo hacer lo que me da la gana, hasta robar patatas. A veces robo patatas fritas de los platos de los desconocidos y, cuando me miran sorprendidos, les digo: ‘Nadie te va a creer cuando lo cuentes”, afirma. Incluso ha llegado a decir “Pero ¡cómo no voy a poder hacer lo que quiera cuando quiera, soy Bill Murray!”.

• Modus operandi

Este apartado es, sin duda alguna, el que más fama ha otorgado al actor estadounidense. Son varias las leyendas que se cuentan: desde que no tiene teléfono móvil y solo dispone de un número de teléfono 1-800 (en España sería un teléfono gratuito 900) hasta la que afirma que jamás se lee los guiones. Asegura que tiene una Blackberry, pero es de uso familiar. El director de St. Vincent, Theodore Melfi, ha explicado la frustración que sintió al perseguir a su protagonista durante seis meses: “Le dejé como doce mensajes. Y ni siquiera es su voz, es un contestador de voz Skytel”, explicó en una entrevista al USA Today. Murray se justifica: “No tengo agente ni publicista ni representante; mis trabajos los elijo yo”. Una de las historias más conocidas del actor es la relacionada con su trabajo en Garfield. En este caso, esa ‘h’ que no se pronuncia y nos juega malas pasadas a la hora de escribir, provocó que Joel Cohen, guionista de Toy Story y Doce en casa, fuera confundido con el Joel Coen de El Gran Lebowski o Valor de ley. “Cuando rodé la película pensaba que era obra y gracia de los hermanísimos, también la acepté por eso, imaginad qué prestigio. Luego me di cuenta que era de un tal Joel Cohen y nada tenía que ver con los genios del cine. No sabría decir qué sentí…”.


LA PELÍCULA ‘ST. VINCENT’ SE ESTRENA EL 12 DE DICIEMBRE EN TODA ESPAÑA.

 

Lee la crítica de St. Vincent, pasa página

CRÍTICA ST. VINCENT


DIRECTOR: THEODORE MELFI
CON BILL MURRAY, MELISSA MCCARTHY, NAOMI WATTS, JAEDEN LIEBERHER. EE UU, 2014.

La mayoría de las veces no deberíamos tener que mirar muy lejos para darnos cuenta de que estamos rodeados de santos, héroes o ángeles que nos van a cambiar la vida para siempre o influir en gran medida en ella. De esto habla St. Vincent, una comedia maravillosamente interpretada por Bill Murray, una casi irreconocible Naomi Watts ejerciendo de stripper embarazada y la siempre eficaz Melissa McCarthy.

Oliver (Jaeden Lieberher) y su madre (McCarthy) tratan de reconstruir su vida tras una separación poco amistosa, y se instalan en el vecindario de Vincent (Murray), un viejo desagradable que no les facilitará las cosas a su llegada. A partir de aquí, la relación entre el misántropo Vincent y su nuevo vecino, un angelical niño de 12 años, es una sucesión de momentos y situaciones bastante previsibles pero tan bien llevados que te arrastran de uno a otro, casi sin darte cuenta, en una montaña rusa que pasa de la comedia más disparatada al sentimentalismo más ñoño, y en la que –por supuesto– no todo es lo que parece. A pesar de esto, el desarrollo de la historia tiene episodios inesperados que evitan que la atención del espectador caiga, y que aportan frescura justo cuando uno empieza a pensar que el guionista se ha perdido. Te ríes cuando está previsto que lo hagas, y se te cae la lágrima también en el momento preciso. Pura fórmula matemática, pero de las buenas, de las que no chirrían, de las que consiguen lo que buscan desde el comienzo: entretener. Es de agradecer, y mucho, una comedia de personajes y sentimientos sin mayores florituras que sus magníficas interpretaciones (por algo sus protagonistas son grandes de la escena). No sabemos cómo será el doblaje de Naomi Watts, pero el trabajo que hace con su acento en la versión original es francamente notable.

Una comedia agridulce, con la inevitable moraleja made in USA –perfecta para estas fechas ‘tan señaladas’ en las que todos andamos más blanditos de lo normal–, y de la que sales con ganas de enviar un whatsapp que diga “vete a verla”.


CRÍTICA: MARIBEL GRAU


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