21/07/2018

La homoerótica fotografía de Gregorio Prieto

21 enero, 2015
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Pocos artistas cultivaron con tanta vehemencia el culto excéntrico a la personalidad como los surrealistas. En el caso de este pintor manchego, figura clave de la Generación del 27, su personalidad hedonista y rupturista se mezcló con su amor por la cultura –y los hombres– grecolatinos y también por los marineros a lo Genet. Una serie de ejercicios gráficos vanguardistas, poco difundida, es motivo de una exposición en el Museo de la Fundación Gregorio Prieto de Valdepeñas (Ciudad Real), que se puede visitar a partir del 20 de enero, donde la diversidad de técnicas (aguafuertes, litografías, serigrafías, y la magistral gracilidad de la línea) son el mayor de sus reclamos. En total, 39 obras pertenecientes a diferentes etapas del artista, y que incluye retratos de poetas y escritores de la Generación del 27, ilustraciones realizadas para los Sonetos de Shakespeare y ejemplares de la serie “Cuerpos”.

Cumpliendo el perfil de pintor vocacional, Gregorio Prieto (Valdepeñas, 1897-1992) tuvo que dedicarse al arte a escondidas, rehuyendo la voluntad paterna e imponiendo su talento hasta matricularse en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y comenzar a recibir becas que le permitieron viajar fuera de nuestras fronteras con mayor insistencia si cabe que otros artistas españoles de vanguardia. Amigo primero de Alberti, cuando este pensaba más en la pintura que en la poesía, luego de Luis Cernuda (con el que compartiría exilio y apartamento en Londres durante la Guerra Civil) y de Federico García Lorca –que, según él mismo decía, había sido su amante (hecho probable pero indemostrable)–, la serie de retratos, unos realistas y otros abiertamente idealizados, que dedicó a estos dos últimos poetas le ha asegurado un hueco en la memoria colectiva. 

Prieto, que comenzó su carrera en la línea de esa tradición española de pintura simbólica costumbrista –tan afín a otras mentalidades gay del cambio de siglo, como Néstor de la Torre–, pronto abrazó el surrealismo pero de una forma propia, manteniendo la constante simbólica y postulando un erotismo andrógino en sucesivos cuadros, como Luna de miel en Taormina, donde maniquíes de sexo indeterminado se abrazan en un canto a la libertad sexual marcado por los límites morales de la época.

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Su particular visión del surrealismo estuvo más influida, en términos estéticos, por su experiencia en la Academia de Roma y los pintores que allí conoció (DeChirico, Filippo de Pissis) que por su paso por París y su contacto con el cubismo y el surrealismo francés. Aunque, finalmente, su gusto por el dibujo terminaría encontrando en Jean Cocteau un referente, y dedicó buena parte de su producción al retrato embellecedor de estudiantes, marineros y atletas en un modo similar al del poeta francés. Tras la guerra, ya de vuelta a España, se dedicaría a géneros más inocuos, paisaje y también retrato: en sus múltiples viajes antes, durante y después del conflicto llegaría a conocer a celebridades como Greta Garbo o Bette Davis, y a políticos como Winston Churchill, a quienes retrató.

Gregorio Prieto tuvo una faceta paralela como fascinado fan de la fotografía, un arte que nunca practicó en solitario por su desconocimiento palpable de la técnica, pero en el que se volcó con audacia en complicidad con amigos poetas y artistas. La poesía visual y los intentos de crear narrativas elegíacas de vanguardia estuvieron también entre sus intereses: estas imágenes, todas ellas fotomontajes o fotocollages en línea surreal, se ejecutaron en dos momentos distintos de su biografía, con dos cómplices diferentes y aludiendo siempre a ideas personales del pintor.

La primera serie, realizada en su periplo romano, surge de la colaboración con el poeta Eduardo Chicharro, que reconocería años después que en esta actividad conjunta y puramente lúdica estaría el origen del penúltimo ‘ismo’ de vanguardia surgido en España: el postismo, una especie de resumen y colofón de los movimientos europeos anteriores, fundado hacia 1945 por el propio Chicharro, Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi.

Las fotos, de una década anterior, mezclan los intereses y fascinaciones de Prieto: un particular sentido del humor, su gusto por la cultura helénica y grecolatina, también por el paganismo hedonista y, sobre todo, la proclamación de la belleza masculina y la posibilidad de un erotismo homo. También revelan su narcisismo: el pintor, generalmente semidesnudo, es observador, protagonista o motor de la foto, y la convierte en un retrato tanto físico como mental.

La segunda serie, de connotaciones pop, la desarrolló entre el exilio inglés y su regreso a España, en los años cuarenta y cincuenta, en colaboración con el escultor Fabio Barraclough, y la mantuvo oculta durante décadas. Es más osada en implicaciones: el homoerotismo ya no se encuentra tanto en la desnudez como en la actitud.

Marineros –a veces él mismo disfrazado como tal– a modo de fetiche, abrazados a esculturas o apenas entrevistos revolcándose amorosamente. Fotos que hoy pueden parecer ingenuas, pero que en el momento de su ejecución fueron condenadas al espacio íntimo y secreto del artista, a la sombra del miedo a la cárcel o al fin de la propia reputación.

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