15/10/2018

Amancio Ortega como ideólogo

6 febrero, 2015
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Ahora mismo hay politólogos y analistas serios haciéndose una pregunta sesuda (en contra de su apariencia). ¿Es posible que llegue a ser Presidente del Gobierno de la Nación un individuo que tiene coleta? Y aún más: un individuo que tiene una coleta moderadamente descuidada y que la luce con desarreglo, sin recortarse las puntas, dejando que los mechones se le enreden sin orden sobre las orejas y exhibiendo además una barba fea, rala, desaliñada. ¿Puede, en suma, un greñudo ser la máxima autoridad política de un país?

Algunos de esos politólogos y analistas aseguran que no, que en el último momento, cuando las posibilidades de triunfo sean reales e inminentes, Pablo Iglesias se cortará la coleta y se arreglará la barba para calmar los miedos irracionales del sector más biempensante de la sociedad, que tolera que sus hijas alternen con desharrapados –es el precio de la juventud– pero jamás consentiría que se casaran con ellos.

Vaya por delante la tesis: la imagen forma parte del mensaje. De modo que a medida que el mensaje vaya cambiando, deberá cambiar la imagen. No es lo mismo hacer un programa electoral para estar en la oposición que para llegar al gobierno. Y no es lo mismo vestirse para dar un mitin de barrio que para asistir a una Cumbre Europea.

Parece incontestable, en todo caso, que la política española, después de muchos años de abstinencia carnal, se está volviendo sexy de nuevo, y eso, mal que les pese a los puristas del espíritu, arrastra también el voto. Quizá consigamos acabar con la abstención gracias a la lujuria. Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, Alberto Garzón y Albert Rivera suman cada uno de ellos muchos fans libidinosos que tal vez a fuerza de tener fantasías eróticas con ellos acaben convenciéndose ideológicamente de sus virtudes. El único partido que no cumple con las expectativas –tampoco en esto– es el PP, que, con la excepción de Borja Semper y de Pablo Casado, es una verdadera ruina sexual.

A principios de los años 80, a Felipe González le gritaban en los mítines “Felipe, queremos un hijo tuyo”. Fue la antesala de su mayoría absoluta y casi perpetua. La moda entonces era la chaqueta de pana con coderas y la camisa de franela, con cuadros un poco leñadores. Hoy, en la Era Inditex, la moda es distinta y más homogénea. Y cada líder –asesorado en algún caso por especialistas en imagen que cobran un dineral por esa consultoría– elige un modelo de vestuario que se parece a un uniforme: repiten un solo mensaje machaconamente para que cale entre sus seguidores y visten un único conjunto para que su imagen quede fijada indeleblemente en la retina. El flamante primer ministro griego es un caso ejemplar: traje azul marino y camisa azul celeste –un celeste muy claro– sin corbata. Uno y otro día, como si no se mudara nunca.

Pedro Sánchez se inclinó en la camisa por el blanco de la pureza, que combina con vaqueros clásicos y con americana también azul. Muy parecido a Albert Rivera, que, aunque viste con igual soltura de traje y de casual –e incluso desnudo, como en aquella célebre foto con la que debutó–, luce mal las corbatas, demasiado de derechas para su imagen. Garzón, que hace unos años se convirtió en uno de los parlamentarios más deseados, está luchando en plena juventud contra la báscula, lo que le obliga anticipadamente a llevar las camisas por fuera para esconder una gordura poco rentable electoralmente.

¿Tiene defensa posible el look de Pablo Iglesias? Pasa página

La indumentaria de Pablo Iglesias, el hombre fulgurante, merece una mención aparte, porque parece caminar por la misma senda que su pensamiento: tratar de aglutinar a una mayoría social rotunda. El perroflauta puede sentirse identificado por la coleta greñuda, los vaqueros a veces descompuestos y la alergia a la americana. El intelectual progresista verá una señal en la desmaña corporal, en el remangado de las camisas y en el calzado: es el único líder que usa zapatos deportivos habitualmente. El más conservador del espectro agradecerá el uso de corbata, aunque sea desanudada y estrecha. Y el individuo de gris clase media sabrá reconocer la marca Alcampo en sus prendas.

Si Podemos continúa su ascenso meteórico, irá definiéndose un estilo más marcado entre sus líderes. El eclecticismo paradójico de Pablo Iglesias, los chalecos cursis y anacrónicos de Monedero o la sobriedad elegante y desmirriada de Íñigo Errejón acabarán confluyendo. Siempre ocurre. ¿Se puede prever cómo sería la primera foto gubernamental en las escalinatas del Palacio de la Moncloa? Me atrevo a imaginar, sin certidumbre, que por primera vez habría algunos ministros sin americana –incluso en invierno, que es cuando sería tomada la imagen– y muchos sin corbata. Que las mujeres llevarían vaqueros o pantalones cómodos poco sofisticados. Y que camisas, blusas y vestidos evitarían las rayas, los cuadros y el estampado en favor de los colores lisos y suaves.

Yo de momento me callo mi voto. Pero en mis momentos más lascivos sueño incontinentemente con el día en que pueda acudir a las urnas.

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Shangay

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