16/11/2018

¿Merece la pena ‘Rebel Heart’ de Madonna?

6 marzo, 2015
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Tiene todo el sentido que sea la apocalíptica Ghosttown la canción elegida como segundo single de Rebel Heart. Es el primero que ve la luz tal y como Madonna lo ha planeado en esta nueva era, marcando ella sus plazos y presentándolo con la dignidad que se negó a Living For Love. Si por algo sorprende es por su aplastante simplicidad. Además de por su magnetismo melódico, el que también tienen Live To Tell y tantas otras grandes baladas de su carrera. Es una de esas canciones que nos permiten disfrutar de la Madonna vulnerable, a la que sí nos creemos como defensora de utopías, lejos de los excesivos artificios a los que se agarra cada vez más para vender su música y convencer al público de que merece seguir siendo relevante –¿qué necesidad tiene?–.

Rebel Heart es un álbum caótico, con más canciones irritantes y superfluas que memorables. Pero dentro de ese caos es posible buscar un cierto orden interior, aquel que se ha esforzado por forjar una creadora que se ve perdida, pero que no ceja en la búsqueda de un nuevo camino que la conduzca satisfactoriamente a su destino. No parece que tenga claro a dónde quiere llegar, porque en Rebel Heart se mueve entre dos aguas, casi siempre en terreno pantanoso. El deseo de conectar con un público joven que le permita seguir reinando en las listas le pierde –y su pasión por la EDM la vulgariza–, y provoca que la parte más personal y equilibrada del álbum aparezca desdibujada, fragmentada.

Hace ya tiempo que Madonna dejó de marcar tendencia para probar una nueva estrategia: intentar fagotizar las modas y venderlas como si ella las hubiese reinventado. Hace mucho que no cuela: Hard Candy y MDNA llegaron fuera de plazo, y Rebel Heart parece establecer un puente hacia no se sabe bien dónde. Madonna sufre ahora en sus propias carnes el mal que afecta a tantas estrellas pop a las que ella ha abierto el camino: el de no saber calibrar la relevancia –o falta de ella– de ciertas canciones a la hora de incluirlas en un disco que tenga coherencia, y el de ver cómo es incapaz de manejar ya el factor sorpresa.

Aunque Madonna sigue siendo la única capaz de generar arte de la más vil maniobra publicitaria. Esta vez ha vuelto a hacer historia: nunca antes una estrella pop había logrado que repercutieran positivamente en su carrera errores incontrolables que habrían hundido la carrera de cualquier otra. La desastrosa filtración de gran parte del material manejado para dar forma a este disco sirvió para generar un interés desmedido por conocer el resultado final. Hoy todo el mundo se siente en parte coproductor del disco, por esa posibilidad de comparar las maquetas y los temas tal y como se han publicado y juzgar, con cierto conocimiento de causa, qué resultado ha tenido el proceso creativo. 

También hay que reseñar que nunca antes había tenido Madonna un primer single tan anticlimático y de escasa relevancia popular como Living For Love. Filtrado antes de Navidad, no está en absoluto a la altura de lo que se espera de ella como canción que inaugura una nueva etapa. Y si la diva aseguraba tener en la manga versiones alternativas más apetecibles que la editada –alguna incluso con la participación de MNEK–, de momento, ni rastro. Hete aquí que el milagro se produjo cuando, inesperadamente, Madonna terminó por los suelos al poco de empezar a interpretarla en los Brits: lo que debía haber sido una humillación pública que permitiera reírse de ella sin más, se tornó en una demostración de fuerza sin precedentes. Y convirtió Living For Love en un himno de supervivencia que se ajustaba al dedillo a su experiencia vital. Cuando estrella y canción se funden, nace un clásico. Este será de los más flojos en un futuro recopilatorio, pero ya es a todas luces imprescindible en su repertorio. El que nos recuerda que tiene un poderío y un tesón que no son de este planeta, pero también que es humana y ya no puede ocultar al mundo que comete fallos.

Pasa página para leer el análisis detallado de los temas que componen Rebel Heart.

Qué gran fallo es lanzar un álbum de repertorio desmedido e irregular como Rebel Heart, pero de nuevo es un acto que la hace humana y, al fin y al cabo, hoy día se exige a las estrellas pop que sean lo más parecidas posible al resto de los mortales. ¿Un logro curioso? Que Madonna haya logrado borrar casi todo rastro de la personalidad de un productor como Diplo, cuyo sello apenas está presente en Unapologetic Bitch y Bitch, I’m Madonna, dos ego trips de la diva en los que, curiosamente, tampoco se la reconoce a ella –incluso Timbaland y Pharrell Williams fueron capaces de lucir en Hard Candy a la altura de la diva, a pesar del discutible material que manejaron–. Algo parecido sucede con Kanye West en Illuminati, donde el choque de egos no ha dado como resultado, ni mucho menos, un tema memorable. Una pena.

Sorprende que una artista del bagaje de Madonna se autorreferencie en Rebel Heart con tan poco arte. Parte del álbum es una loa a sí misma, que en absoluto le hace justicia. La pobreza lírica –y melódica– de Iconic y Veni Vidi Vici dirá muy poco de ella a quienes la descubran con esas canciones. Una historia tan fascinante no se merece autohomenajes tan pedestres. Otra cosa es el guiño a Vogue en el brillante último minuto y medio de Holy Water –producida por West–, un fragmento cuyo hipnotismo –que nada tiene que ver con el resto del tema y su trasnochada provocación– se acerca al de Jump, una de las mejores canciones de su carrera. El controlado exotismo chill de Best Night también funciona, y el guiño a Justify My Love se agradece, porque nunca está de más celebrar una de sus cumbres. ¿Y S.E.X.? Si es un tributo a su libro Sex, resulta descafeinado y risible.

Los resultados son más gratificantes cuando se esfuerza menos en recordarnos que es Madonna (bitch). Como en Hold Tight –con un Diplo de nuevo funcional a los mandos– y Body Shop –producida por Dahi y Michael ‘Blood’ Diamonds, colaboradores habituales de Drake–. Son dos de los cortes más directos y naïve del álbum, en los que se muestra menos retorcida y más relajada, con menos ganas de epatar y más de seducir. No viene mal que aparque el temperamento de vez en cuando. Y no está de más que recupere ocasionalmente el electrofolk que tan buenos resultados le dio en los tiempos de Music. Devil Pray y Rebel Heart no son redondas, pero tienen destellos de genio.

Al final, lo llamativo es que estamos ante uno de los discos menos bailables de Madonna, una novedad. Quizá sea el dato más destacable, y puede ser la principal pista de cara al futuro de una estrella cuya relevancia sigue resultando indiscutible –aunque Rebel Heart sea un disco tan discutible–. Al contrario de lo que pasó con MDNA, su escucha provoca irremediablemente una reacción en quien lo escucha, sea de complacencia o de irritación, pero no la temida indiferencia. Es un disco que hay que trocear, para salvar aquellos temas y momentos que consideres necesarios. Madonna te invita a ejercer de productor ejecutivo, y no me cabe duda de que habrá muchos Rebel Hearts particulares bastante superiores a este –a su pesar– work in progress.

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