22/02/2020

Adiós al contexto

25 marzo, 2015
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En la actual edición de la versión VIP [sic] del reality show por antonomasia de nuestro país, dos concursantes fueron expulsados de la casa videovigilada debido a unos comentarios en los que aseguraban que preferirían tener un hijo enfermo o deforme antes que ‘maricón’. En uno de sus recurrentes ejercicios de cinismo, el grupo de comunicación al que pertenece la cadena emisora del programa castigaba con la expulsión a los mismos hombres carentes de cultura, formación y sentido común a los que había seleccionado para participar en su espectáculo a sabiendas de sus carencias. Y precisamente por ellas.

De los participantes en este tipo de programas se espera que tengan la osadía o la inconsciencia de comportarse y expresarse en público como lo harían en el salón de su casa, el único ámbito donde ciertos comportamientos y expresiones pueden tener cabida en sociedad. La principal característica de los realities consiste en dinamitar la barrera entre lo público y lo privado, el necesario matrimonio entre texto y contexto. Por desgracia, hace tiempo que ese divorcio es tendencia.

El mítico cineasta Jean Luc Godard reflexionaba en su último ensayo cinematográfico, Adiós al lenguaje (2014), sobre la importancia del contexto a través de un ejemplo pictórico. Más difícil que pintar una estancia resulta dar a entender que a diez metros de ella se encuentra un bosque. Precisamente a uno compuesto de rostros masculinos arbitrarios se asoma una mujer a través de su smartphone, mientras chequea los perfiles de una app de citas al comienzo del film.

Godard, eterno enfant terrible, monta la escena con imágenes de actos multitudinarios en la Alemania nazi para establecer una suerte de correspondencia entre la ‘solución final’ y las apps de contactos, presentando a los usuarios de estas como una masa informe, compuesta por entes sustituibles y prescindibles. Una masa en la que ‘el otro’, sujeto individual y contextualizado, desaparece a favor de ‘los otros’, entes sin contexto surgidos de la nada que igual que aparecen se van. Los usuarios de ese tipo de apps y los implicados en la ‘solución final’ comparten así condición de víctimas y verdugos fundiéndose en una danza encaminada a exterminar la historia, el contexto. La identidad.

Paradójicamente, el padre de la informática, el genial Alan Turing –en quien se basa la reciente película Descifrando Enigma–, fue, a pesar de haber contribuido decisivamente con su trabajo a la derrota del nazismo, atrozmente castigado por su condición homosexual, sin que sus logros pudieran servirle de salvoconducto. Tras ser sorprendido en compañía de un hombre se le condenó a someterse a una devastadora terapia hormonal que le abocó al suicidio.

Su inestimable servicio a la Inteligencia británica permaneció clasificado como alto secreto una vez concluida la guerra, de modo que cuando Turing fue detenido ninguna condecoración colgaba de su pecho. Era tan solo un ciudadano. Ni más ni menos. Eliminada su historia, su contexto, su identidad, Turing era simplemente un ‘maricón’. Uno de esos que son lanzados al vacío o lapidados en lugares como Al Tabaqa, Siria, mientras algunos matan las horas en casas videovigiladas diciendo cosas que, de haberlas deseado los padres de Turing y haberse hecho realidad (imaginemos que hubieran querido que en vez de homosexual su hijo fuera discapacitado intelectual), habrían cambiado quizás el rumbo de la Historia. Sin duda, hay contextos dantescos, como Al Tabaqa, que uno no querría conocer jamás. Pero hay otros, necesarios, a los que volver. Démonos un lugar.

Contacta en Twitter con el autor: @estevedegracia

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