24/05/2019

No, tu sexualidad no estrella aviones

30 marzo, 2015
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Hoy sabemos que Andreas Lubitz no estaba en condiciones de desempeñar su trabajo el pasado 25 de marzo. Que una baja médica debió impedir que se colocase a los mandos del avión de Germanwings estrellado en los Alpes. Conviene repetirlo para dejarlo claro. Efectivamente, por prescripción facultativa, Lubitz no debió ser el copiloto de ese Airbus A320 con 150 personas a bordo. Existe una investigación en marcha y el caso será juzgado por un tribunal francés. Según indicó el fiscal de Marsella, los primeros peritajes apuntaban a que Lubitz aprovechó la ausencia del piloto en la cabina para bloquear la puerta y hacer descender el aparato durante ocho minutos hasta estrellarlo contra las montañas. 

Antes de conocerse que el copiloto había ocultado su baja y que, por tanto, no había notificado a la empresa su incapacidad para ejercer sus funciones, ciertos medios de comunicación ya habían emitido un veredicto. Se aferraban al hecho de que hace seis años, Lubitz había interrumpido su formación por un periodo de meses. Algunos iban más allá y, en un irresponsable alarde de homofobia, especulaban con una supuesta homosexualidad que atormentaba la vida de Lubitz, alegando razones tan poderosas como que le gustaba David Guetta y frecuentaba una discoteca de drag queens. El sufrimiento secreto del piloto asesino por ser gay, rezaba el titular de portada del Daily StarPodría haber sido gay y haberse visto obligado a mantenerlo en secreto, decían en The Independent. Qué fatalidad.

 

¿Cómo era la identidad de Lubitz y por qué estrelló el avión? No lo sabíamos, pero descartados el fallo técnico y el acto terrorista, la estrategia de estos medios para responder a esa pregunta parecía sencilla. Apuntemos con el dedo a algo concreto y hagámoslo ya. Especulemos con su sexualidad. Culpemos a la depresión. Eso nos ayudará a seguir adelante, a mirar para otro lado, a volver a subirnos a un avión lo antes posible. Eso es, su ‘locura’ y su ‘frustración sexual’ nos consolarán. Cualquier cosa antes de convencernos de que, para bien o para mal, la conducta humana, también la de un piloto experimentado, es impredecible. Porque con eso no podríamos vivir, eso no lo podemos asimilar. Deberíamos, pero no contamos con recursos para lidiar o reflexionar sobre ello. Al fin y al cabo, no hay una prueba psicológica, psiquiátrica o neurológica 100% eficaz para anticiparse a una conducta de este tipo.

En el tratamiento de la información de catástrofes rige un patrón ya aprendido. Dejemos hablar a los expertos en aviación y a los pilotos, pero mezclémosles con periodistas y tertulianos que no informan pero sí opinan. Preguntemos a su anciana vecina, que a buen seguro podrá hacer un análisis imparcial y ponderado sobre su personalidad basándose en el número de veces que se lo cruzó en el rellano. Y, por supuesto, vulneremos toda presunción de inocencia. ¿Quién puede esperar a que la investigación esté cerrada para informar como es debido? El juicio público tiene que celebrarse.

Que hable la ex novia, por favor, y que su discurso sea categórico. «Todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará». Y, automáticamente, aparece el germen del trastorno mental que andábamos buscando y que prenderá la mecha para el linchamiento del copiloto. Para qué vamos a preocuparnos del contexto, si solo son las palabras de una ex novia que bajo ningún concepto pueden quedar invalidadas por su implicación emocional.

No sería la primera vez que se conjetura con que la homosexualidad sirve de agravante, cuando no de causa directa, de un crimen o delito. Sucedió con Dolores Vázquez, también con Antonio Anglés. En el caso de Lubitz, además, se sumaba un historial con depresión, una enfermedad que sufre el 20% de los adultos y que no está demostrado que conlleve un riesgo para terceras personas. Así que dejemos clara una cosa: tú, adolescente que has comenzado a descubrir tu sexualidad, has de saber que tu orientación no te convierte en un potencial asesino maniaco depresivo, y que cualquier correlación con una tragedia de este tipo que se base únicamente en una información tan superficial solo es un ejemplo más de homofobia. Nunca sabremos lo que pasó por la cabeza de Lubitz en ese instante. Y eso es precisamente lo que todas estas noticias tratan de enmascarar: el miedo a lo irracional, al hecho de que hay variables que nunca podremos controlar del todo en el comportamiento humano.

 

Por supuesto, no toda la culpa era de los medios. Si al lector le apetecía encontrar una justificación de la catástrofe en un indicio de depresión, un ataque de ansiedad, una duda sobre su sexualidad o una simple pesadilla, lo encontraría al abrigo de noticias como esta. Pero no, ni tus inseguridades, ni tu depresión, ni tu homosexualidad te convierten en un asesino kamikaze. Hacer entender lo contrario, o publicar rumores y declaraciones inducidas o fruto de la sugestión, no solo no nos ayudará a entender la catástrofe, sino que contribuirá a afianzar la homofobia y estigmatizar a las personas que sufren enfermedades mentales.

Es perfectamente lógico tratar de buscar una explicación a una tragedia humana de tal calibre. Sacar conclusiones precipitadas y erróneas, no. El miedo al rechazo es el principal motivo que desanima a la gente tanto a salir del armario como a buscar ayuda para sus problemas de salud mental. En lugar de esperar un informe en profundidad que pudiera sugerir posibles patologías homicidas o abrir un debate sobre el mobbing, la presión laboral y el estrés, determinados medios de comunicación prefirieron envilecer la figura de Lubitz y, con él, marcar a todas las personas que compartían su diagnóstico y su condición. ¿Cómo? Reduciendo a dos únicas razones, la depresión y la homosexualidad, la muerte de 149 personas. 

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