21/03/2019

El optimismo patológico

26 mayo, 2015
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Tengo un montón de defectos, como todo el mundo, pero quizás el más corrosivo de todos sea mi optimismo patológico. Soy optimista de nacimiento y de vicio. Quiero decir que he cuidado y alimentado durante toda mi vida mi tendencia biológica al optimismo, pese a que mis amigos sensatos y profundos y transidos con la poética del fracaso y todas esas zarandajas se hayan pasado la vida diciéndome que el optimismo es una frivolidad propia de señoritos de derechas o botarates de izquierdas; alguno da por hecho que yo soy la dos cosas, sucesivamente o incluso a la vez. Pero yo nunca he entendido que alguien sea progresista, se comprometa con las causas que le parecen justas y pelee por ellas en la medida de sus posibilidades, y que lo haga convencido de que va a fracasar, porque fracasar es lo bonito, muchísimo más bonito que conseguir lo que uno se propone. Eso, francamente, me parece propio de majaderos de derechas, de izquierdas, de Ciudadanos y de Podemos.

Y hablemos de eso: de izquierdas, de derechas, de Ciudadanos y de Podemos, a propósito de las elecciones autonómicas y municipales del domingo pasado.

Empezaré haciendo una confesión con la que me arriesgo a ser considerado un imbécil de la tercera edad: no puedo con Podemos. Tampoco puedo con Ciudadanos, pero le tengo más tirria a Podemos. Uno ha votado toda su vida a partidos políticos con ideología, y los ha votado por su ideología, y Podemos no tiene de eso. Ciudadanos sí tiene: es un partido muy de derechas con aires modernos, resueltos y desenvueltos, algo así como Alberto Ruiz-Gallardón –¿alguien se acuerda de ese tipo?– en los tiempos en los que pasaba por ser lo más civilizado del PP. En cambio, aunque los inventores de Podemos sí que tienen ideología y todos sabemos cuál es, el partido que se han inventado es solo un galimatías. Alguna vez se han proclamado socialdemócratas, pero la socialdemocracia es una ideología estructurada y con historia, no el resultado de mezclar de la noche a la mañana dosis de izquierda radical, derecha rebotada, un montón de populismo, una coleta, y de sacar la media de todo eso. Lo que sale de ahí, ya digo, es un jaleo oportunista enmascarado, no un partido socialdemócrata.

Por ejemplo: ¿alguien le ha oído a algún o alguna portavoz de Podemos referirse a las relaciones del Estado español con la Iglesia Católica, Apostólica y Romana? No. Salvo algún astuto elogio de Pablo Iglesias Turrión –conviene dejar las filiaciones claritas– al Papa Francisco por no sé qué discurso con veleidades sindicalistas de ese señor que manda en el Vaticano, prefieren no pronunciarse sobre la persistente influencia de la susodicha Iglesia en este país, una influencia tan dañina para tantas cosas y, puestos a señalar, para los derechos de la mujeres y del colectivo LGTBI. Ya sé que nuestros partidos de toda la vida también se acojonan una barbaridad cuando miran al Vaticano, y que lo hacen por las mismas razones –por no perder votos–, pero ¿no ha llegado Podemos alardeando de superioridad moral y de reforma justiciera? Podría seguir poniendo ejemplos similares a mansalva.

Y, a pesar de todo, soy optimista. No es que esté contento, que no lo estoy. Lo que IU se ha hecho a sí misma, en un ejercicio espeluznante de cainismo puro y duro, me tiene desde el pasado domingo de muy mala leche. Y que conste que no soy, desde hace algún tiempo, nada fanático de IU, pero en estas elecciones he compartido la pasión de personas honestas y peleonas que trataron de salvar lo que IU tuvo alguna vez de valeroso y comprometido, y el batacazo ha sido de los que duelen de verdad. Y, sin embargo –repito–, soy optimista. Porque da mucho gusto pensar en un Madrid libre de Esperanza Aguirre y entregado a las manos sabias y dignísimas de Manuela Carmena, y da mucho gusto esperar que la Comunidad de Madrid tenga remedio incluso en las manos de la Cifuentes –¿para cuándo una Ley de Igualdad de Trato para el colectivo LGTBI como la de Extremadura?, ¿para cuándo una reforma del Estatuto de Autonomía de la Comunidad que blinde los derechos de todos los madrileños en educación, en sanidad, en justicia, en derecho de familia, en vivienda, y que los proteja frente a los delitos de odio?–, y da mucho gusto imaginar un país en el que los propios ciudadanos no consientan la corrupción y la impunidad, ni la homofobia, ni la xenofobia, ni el maltrato a los más desamparados, porque haya muchos partidos con poder y capacidad para vigilarse los unos a los otros. Ese gusto quizás sea una tara biológica y se llama optimismo. Patológico, ya digo.

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