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La importancia de llamarse Pedro Zerolo

9 junio, 2015
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“¡Cuidado! El machismo mata”. Fue el último comentario de Pedro Zerolo en redes sociales, con fecha de 3 de junio, a raíz de un nuevo caso de violencia machista registrado en Sevilla. Hacía un año y medio que el dirigente socialista convivía con el diagnóstico de un cáncer de páncreas, los pronósticos no eran nada halagüeños y él lo sabía. Aun así, ni pensó por un segundo en la retirada. Da igual que la quimioterapia se hubiera llevado por delante su famosa melena rizada. Como si tuviera que salir del armario una segunda vez, se apresuró a presentarse en público con su cabeza pelada. En cuestión de días, ya nos tenía acostumbrados a su nueva imagen en un ejemplo, otro más, de visibilidad y normalización.

La semana de su fallecimiento, Zerolo debía recoger el acta que le acreditaba como diputado de la Asamblea de Madrid al ser el tercero en la lista de Ángel Gabilondo. No pudo hacerlo por motivos de salud, pero iba a suponer un paso adelante en una carrera política marcada por el activismo LGTB sin ambages. Un camino que comenzó con su salida del armario, su lucha contra la homofobia y el VIH a través de la presidencia del COGAM primero y la FELGTB después, su defensa de la república, el feminismo y el laicismo y, cómo no, aquellas primeras intervenciones defendiendo el matrimonio gay que sus buenos insultos y reproches le valieron. Recordemos que, entonces, reclamar igualdad en un país rancio y apolillado no era una colorida fiesta de banderas arcoíris.

Miembro desde 1996 hasta 2007 de la revista Shangay, donde escribía su famosa columna Triquitraque, una tribuna de opinión reivindicativa, ocurrente y entretenida en torno a la actualidad LGTB, Zerolo fue uno de los cerebros del Orgullo Gay de Madrid tal y como lo conocemos. En 1997, propició la unión entre empresarios y asociaciones LGTB para la creación de una cita que combinara fiesta y reivindicación. Una decisión polémica por la que no dejó de recibir críticas de miembros del colectivo, que consideraban que una alianza de este tipo no era sino una manera de prostituir el activismo. Pero desde aquella pionera carroza de Shangay consiguió la repercusión esperada para reclamar los derechos de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales. Y el resto es historia.

Desde las páginas de esta revista, donde se erigió como una de las voces más críticas contra el Gobierno y la Iglesia, pegó el salto a la política de la mano del PSOE. Y no sin oposición, pues su llegada a través del activismo de calle y no desde las bases o a través de las clásicas familias, le supuso la reprobación de algunos de sus propios compañeros de partido.

UN AMOR IRRECURRIBLE

“El activismo es capaz de cambiar las cosas, de hacer lo imposible, de poner en marcha un círculo de progreso”, decía. En días de desafección política en los que tanto invocamos esa obviedad que es la necesidad de contar con dirigentes comprometidos con los derechos fundamentales, se antoja más que reivindicable el legado de alguien que animaba a lesbianas, gays, transexuales y bisexuales a no bajar la guardia.

“Este es un amor irrecurrible”, dijo el día de su boda con Jesús Santos en octubre de 2005. Hoy, algunos de los que lamentan su muerte obviarán que fueron ellos quienes pusieron trabas a la formalización de su amor en esa histórica sesión del Congreso de abril de 2005 que abrió la puerta al matrimonio homosexual. Porque si hoy hablamos de matrimonio gay en España, si hoy Jesús es el viudo de Pedro, es gracias a esos 183 votos a favor de la modificación del Código Civil. De aquellos 136 votos en contra y las 6 abstenciones, traducidos más tarde en un recurso infame, mejor no hablar para evitarnos el bochorno.

En efecto, sin Zerolo y su equipo no estaríamos celebrando estos 12 años de la ley de matrimonio gay en nuestro país. O al menos no de la misma manera. Como abogado y activista, él concienció al entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, al PSOE y a todo un país, de la importancia de equiparar en derechos a las parejas heterosexuales y homosexuales, adopción incluida, a través de la modificación del Código Civil y no como una ley de segunda categoría. Una decisión ejemplar de trascendencia histórica que ha sido imitada por otros países y cuyo eco sigue resonando con especial importancia en Latinoamérica.

Zerolo también fue responsable de promover el cambio en la ley de términos como “marido” y “mujer” por “cónyuge”, o “padre” y “madre” por “progenitor”. Y, más adelante, de recordarnos la necesidad de una ley de identidad de género que sacara a los transexuales del ostracismo para colocarlos en un lugar preferente de la política social.

La muerte de Zerolo a sus 54 años, cuando apenas habíamos inaugurado el mes del Orgullo, también  reveló disparates que confirman la necesidad de mantener vivo su legado. Lejos quedan los insultos de “maricón” que salpicaban sus pioneras intervenciones. Y no tan lejos, ni mucho menos en el olvido, las negligentes declaraciones del sacerdote Jesús Calvo, quien llegó a decir que su enfermedad “era un castigo divino” sin que por ello recibiera reprimenda alguna. Otros, como Enric Sopena, le califican en Twitter de “homosexual ejemplar”, como si acaso existiera la figura del “heterosexual ejemplar”. Un desliz probablemente involuntario, pero que nos recuerda cuánto queda por luchar en materia LGTB. Porque Zerolo vivió lo suficiente para ver legalizado el matrimonio gay en Irlanda, pero también la homofobia en Rusia, las ejecuciones de homosexuales a manos del Estado Islámico o la persecución del colectivo LGTB en África.

Vinieron los homenajes, no nos cabía duda. Y las merecidas calles o plazas con su nombre en peticiones como la que se promovió desde Charge.org. Y más y mejores Orgullos. Su capilla ardiente de Pedro Zerolo se instaló en el Patio de Cristales de la Casa de la Villa de Madrid, aunque estamos seguros de que él habría preferido organizar una besada antes que un velatorio. Todos los 9 de junio se le recordará. Hacedlo y besaos. También es irrecurrible.

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