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EL monumento al gay desconocido

30 julio, 2015
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En Berlín, en uno de los extremos del Tiergarten, hay un monumento a los homosexuales perseguidos por el nazismo. Está justo al lado del Monumento del Holocausto, ese gran océano de bloques de hormigón que recuerdan cerca de la Plaza de Brandemburgo a los judios asesinados en la Segunda Guerra Mundial. El monumento de homenaje a los homosexuales es más sobrio y escondido: un paralelepípedo también de hormigón con una ventana a través de la cual puede verse un vídeo con hombres besándose.

El nuevo Ayuntamiento madrileño, de izquierdas (o de abajo, según se quiera), ha decidido con celeridad cambiar el nombre de Vázquez de Mella por el de Pedro Zerolo en una de las plazas emblemáticas de la vida gay de la ciudad, y aprovechando ese impulso ha aprobado la instalación en la misma plaza de “un monumento que recuerde a todas las personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales que, a lo largo de los siglos, han sido perseguidas por su orientación sexual y su identidad de género”.

Debo reconocer que mi primera reacción –después de la alegría por el reconocimiento dado a quien fue pilar esencial de las conquistas legales y sociales de los últimos años– fue de susto. El Ayuntamiento de Madrid nos ha acostumbrado en los últimos veinticinco años a un horror estético de tanta intensidad que, al imaginar lo que podía llegar a ser un monumento gay en manos de los artistas municipales, he sentido la tentación de proclamar que tampoco había habido tanto sufrimiento ni tanta represión a lo largo de los siglos y que por lo tanto no hacía falta ningún reconocimiento. Se me abrían las carnes de pensar en una estatua con peineta, en un grupo escultórico arcoirisado en el que aparecieran, abrazados, Jacinto Benavente, García Lorca y Mario Vaquerizo. Luego he pensado que las nuevas formas de gobernar deberán incluir, también, una renovación artística y que el grupo municipal de Manuela Carmena elegirá un proyecto sobrio, moderno, arraigado en una simbología perdurable y poco casposa. Estaremos vigilantes.

Pero al margen de la forma artística, está el sentido mismo del monumento, el objeto del homenaje. En todas las guerras nacionales existía la costumbre de erigir un monumento al soldado desconocido, y por ello el mundo está lleno de ciudades en las que el cuerpo de un soldado anónimo reposa bajo un memorial funerario (en Madrid, por cierto, esa tumba, situada en la plaza de la Lealtad, fue siempre un lugar de cruising gay). En las guerras mueren civiles y militares, pero no se hacen monumentos al ciudadano desconocido, sino al soldado. Al que se puso el uniforme y luchó. Al que encaró a los otros y se atrevió a dar la vida para lograr la libertad.

Todos los homosexuales hemos sufrido de una u otra manera la homofobia dominante durante siglos. Hemos estado callados, escondidos, llorando, llevando vidas torcidas que solo provocaban dolor o lástima. Pero solo unos pocos de entre todos se vistieron el uniforme de soldado para desafiar al enemigo y enfrentarle. Solo unos pocos decidieron correr el riesgo de llevar una vida aún más dolorosa, llena de oprobio, de cárcel y de vergüenza, para tratar de conquistar el futuro y de construir un país libre y decente en el que los homosexuales pudieran pasear a cara descubierta.

El sufrimiento fue de todos, pero ese monumento les pertenece singularmente a los que lucharon en cualquiera de las trincheras posibles. A los escritores que escribieron cuando era difícil, a los ciudadanos que no escondieron su amor y a los activistas que pelearon en la calle. A los soldados.

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