22/07/2018

El arzobispo, culpable en el caso Romanones

9 septiembre, 2015
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Hace unos meses os contábamos el caso Romanones, el caso de unos curas de Granada y sus prácticas sexuales con menores. El levantamiento deL sumario destapaba una trama de abusos sexuales llevada a cabo por diez curas y dos seglares, que habrían participado agresiones sexuales y encubierto las mismas. En el auto se señalaba un chalé de la Urbanización Los Pinillos, de Cenes de la Vega.

Ahora, el instructor del caso responsabiliza también al Arzobispado de Granada por la condición de sacerdotes de los imputados, argumentando que era obligación suya detectar estas irregularidades y que la Iglesia no ejerció una correcta vigilancia.

Francisco Javier Martínez, actual arzobispo de Granada, sería el principal afectado. De este modo, el Juzgado de Instrucción 4 de Granada declaraba ayer la responsabilidad civil subsidiaria del Arzobispado en relación al caso de los presuntos abusos sexuales cometidos por los sacerdotes.

En su auto, el magistrado Antonio Moreno considera que los hechos denunciados se produjeron bajo la supervisión del Arzobispado de Granada, que no cumplió su deber de vigilancia, y que por tanto tiene responsabilidades civiles en este asunto.

El escrito del juez apunta: “Precisamente los hechos se producen por la condición de sacerdotes de los imputados, y por el reclutamiento y aprovechamiento como monaguillo de la víctima o víctimas en la sede y casa parroquial de San Juan María Vianney.  Hechos, además, cometidos sobre menores especialmente vulnerables, captados para y en la sede parroquial”.  

Además, el fallo del juez Moreno recoge jurisprudencia del Tribunal Supremo y protocolo de la propia Iglesia Católica, y cita expresamente en el propio escrito una carta del Papa Francisco a los presidentes de las Conferencias Episcopales: “Corresponde al obispo diocesano y a sus superiores mayores la tarea de verificar que en las parroquias y en otras instituciones de la Iglesia se garantice la seguridad de los menores y los adultos vulnerables”.

Queda clara la responsabilidad del arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez: “El Arzobispado, a través de su máximo representante, habría incumplido con los actos de vigilancia, policía o seguimiento necesarios para evitar los abusos por parte de un grupo de sacerdotes, muy conocido  en una ciudad como Granada y que se encontraba bajo su autoridad”.

El escrito prosigue: “No cabe duda de que los imputados, entre los que se encuentran diez sacerdotes y dos seglares, y especialmente el padre Román, cabeza visible del grupo de sacerdotes y cura-párroco de la víctima, se aprovecharon de su condición como monaguillo en la iglesia de San Juan María Vianney y de su ascendencia sobre el denunciante, invitándole a dormir en su casa y a participar en actos comunales del grupo, precisamente prevaliéndose de su condición de sacerdote y párroco”.  

Una responsabilidad civil subsidiaria que se cuantificará en una sanción económica que se sumará a las indemnizaciones que se acuerden a la víctima.

El caso se hizo público el pasado mes de noviembre, cuando fueron detenidos el padre Román, líder del grupo, dos sacerdotes y un profesor de religión, cuando un joven comunicó por carta al Vaticano que había sido víctima de abusos sexuales desde los 14 hasta los 17 años por parte de este grupo de religiosos de Granada, lo que motivó que el propio Papa Francisco le llamara para pedirle perdón y ofrecerle su apoyo.

Este es un fragmento de la carta que envió al Papa:

“Soy un joven de 24 años de edad, de España, en concreto de Granada, en Andalucía. El motivo de esta carta es narrarle un acontecimiento de mi vida, bastante trágico y por el cual he pedido bastante al Señor, tener la fortaleza y el ánimo para poder perdonar de corazón a 9 sacerdotes de Granada, los cuales me han causado mucho daño a mí y al menos a otras 4 personas que han pasado por el mismo tormento que yo.

Yo acudí a la parroquia que dirige el sacerdote Román cuando tenía 7 años, para comenzar la catequesis de preparación para recibir la Comunión.

La relación con este sacerdote fue aumentando en confianza y cercanía. Las visitas a casa de este sacerdote, se hicieron cada vez más frecuentes. De ir solo a Misa, pasé a aceptar la invitación de ir a la casa parroquial a cenar, a estudiar, a pasar fines de semana completos, a pasar 4 días en semana allí. Todo esto supuso discusiones constantes con mis padres que no entendían por qué tenía que ir tantísimo a la parroquia, incluso a dormir allí, cuando mi casa estaba a escasos dos minutos de la parroquia.

Este señor me convenció de que si existía posibilidad de tener vocación, tenía que participar mucho más de la vida entre ellos y dejar un poco a mi familia, que no entendería jamás las exigencias del Evangelio y de una vida en común 100%. Siguiendo sus consejos y su manipulación afectiva, dejé la casa de mis padres. Dejé de lado todo para seguir sus directrices que siempre daba “como padre que te quiere”. Quizá todo este año, ha sido sin duda alguna el peor de mi vida”.

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