27/05/2018

Un gran paso para la humanidad

16 octubre, 2015
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Una de las primeras veces que fui a Roma, hace ya muchos años, me compré el calendario de curas sexys que vendían en todas las tiendas de souvenirs. Siempre que he vuelto luego he visto las ediciones anuales actualizadas y he jugado cada vez a calcular con cuántos de los sacerdotes modelos retratados –siempre doce, uno por mes– cometería yo pecado contra el sexto mandamiento. Y aunque yo soy más de novicios, siempre encontraba dos o tres candidatos para el amor.

Estos calendarios llegaron a tener un notable éxito comercial y a convertirse en objeto de coleccionista. Creo que su público es diverso, pero seguramente hay más gays que beatas marianas entre los compradores. En el mercado existen miles de calendarios de bomberos semidesnudos, de jugadores de rugby tapándose con la pelota oval y de efebos ‘bel ami’ enseñando todo lo que tienen. ¿Por qué puede triunfar un calendario eclesiástico en el contexto de toda esta oferta cárnica? Sin duda porque el infierno tiene un sabor mucho más ardiente cuando se llega a él de la mano de uno de sus exploradores profesionales. El pecado es más dulce. Y el mérito parece mayor. Corromper a alguien puro siempre da más satisfacción –y más remordimiento, que es otra forma de satisfacción– que corromper a alguien ya propenso al libertinaje.

No quiero ni imaginar cómo serán de lascivas las noches de Édouard, el novio español de Krzysztof Charamsa, ese sacerdote pintón que acaba de salir del armario en el Vaticano. ¿Tendrán la sensación, en el lecho conyugal, de que les acompaña siempre el Espíritu Santo? ¿Practicarán como una perversión especial la postura del misionero? 

Yo sólo he tenido una relación sexual con Dios, y debo decir que, en contra de lo que imaginaba, fue muy satisfactoria. El chico era seminarista, pero no tenía ninguna contrición ni propósito de enmienda. Sus habilidades venéreas estaban más que desarrolladas. Rezamos juntos dos veces y luego –por su voluntad, no por la mía– dejamos de vernos. Probablemente siguió su carrera eclesiástica y llegó a ser un sacerdote docto, como Krzysztof Charamsa. Yo tengo la sensación de que la Iglesia está llena de ellos, de clérigos, frailes y canónigos que adoran a Dios mientras le ponen una vela al Diablo. A mi apóstol nunca le vi vestido de faena, pero tampoco lo eché en falta. Creo que los alzacuellos y las sayas tienen un erotismo extraño, demodé. Prefiero las camisetas más ceñidas y los suspensorios, aunque dejen menos lugar a la imaginación. Estoy seguro, sin embargo, de que más de uno ha suspirado de envidia contemplando al cura polaco con su traje negro, de corte clásico.

La foto que ha dado la vuelta al mundo es enternecedora y de un simbolismo devastador para la curia. Krzysztof Charamsa, con su uniforme, recuesta su cabeza enamorada sobre el hombro de su novio, que viste una chaqueta de cuadros bastante vulgar, de mercadillo. El gesto del sacerdote es de júbilo homosexual. Tiene una expresión a medio camino entre la farándula de transformista y la pureza del amor. Entre la mariconería y la felicidad.

Las grandes hazañas de la humanidad se logran con pasos pequeños, como dijo Neil Armstrong al pisar la luna. Esa fotografía –y por añadidura las declaraciones del sacerdote a los medios de comunicación de todo el planeta– sembrará la conciencia de los católicos de las próximas décadas. Unos días antes o unos días después de esa salida del armario, el inefable Robert Mugabe, el dictador más anciano de África, decía ante la ONU: “¡No somos gays! ¡No nos impongan valores!”. En el Vaticano tampoco lo eran, en el Reino de los Cielos sólo existía la heterosexualidad. Hasta que escucharon un disco de Barbra Streisand.

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