16/07/2018

5 razones para no dar crédito con McNamara

19 noviembre, 2015
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1. Aunque te lo digan, esto no es pop

Si hay algo por lo que Fabio McNamara es un maestro, y por lo que siempre tendrá su hueco en el panteón de los mejores pintores surgidos en los ochenta, es por su abierta posmodernidad. Pocos manejan las claves de la cita y la apropiación con tanta virtud, falta de prejuicios y agudeza discursiva.

El pop, al que siempre se recurre para explicar cosas generalmente más complejas que no se entienden pero visualmente suenan, es solo una referencia entre las muchas que utiliza el madrileño: aquí muchos cuadros usan los fondos de Monet y los impresionistas, repasan a Warhol y sí, a Mickey Mouse, se apropian del collage para convertir a Marilyn en diferentes diosas post-punk, acuden a composiciones clásicas del barroco o el realismo español del XIX para solucionar retratos en gran formato o aplican recetas cubistas y surrealistas apelando al consumo y las revistas de moda.

2. Oda al glam

El que tuvo, retuvo. Y Fabio siempre fue un alma embebida en Bowie, Bolan, T. Rex o las New York Dolls. Así que en sus cuadros por fuerza ha de haber leopardo y purpurina, maquillajes ácidos, ‘pomulitis’, taconazo y pierna embutida, minifalda y medias, pelucón, nocturnidad, disco y lisergia. Esta exposición es casi un acto de fe en una estética que sigue demostrándose a día de hoy como lo más libre, osado y divertido que ha generado nunca el rock, con altas dosis de “do it yourself”, algo en lo que Fabio, además, fue un consumado maestro: él era quien le hacía los looks al resto de la troupe (con permiso de otro genio en estas lides, su amigo Tino Casal).

3. Todo lo que brilla

Al modo de una urraca contemporánea, la luz que emerge de los cuadros de McNamara se sustenta en los propios materiales no pictóricos que aplica. Es posiblemente el pintor que más y mejor ha usado el glitter como material, creando un estilo, “la pintura de campos de glitter” que él mismo resume al denominarla Basura de Lujo Sideral.

No solo eso: a la purpurina se le añade cualquier piedra de bisutería o incluso papeles recortados de las revistas que muestran alta joyería. Yendo aún más allá, esta exposición vindica el poder del brillo y el lujo, pero también el poder del dinero: desde el ambiguo título de la exposición al precio de las obras (en absoluto descabellado, pero tampoco un regalo), Fabio no deja de expresar su necesidad por un vil metal que tantos problemas le ha dado durante su azarosa vida.

4. La fe: esa comunión tan personal

Después de las críticas recibidas desde tantos sitios al confesar su pertinaz conversión a un catolicismo mariano y místico, creemos que a Fabio le queda poco coño para ruidos. Ni una virgen en esta exposición, y eso que las pinta divinamente, porque ya no está para que radicales de ningún signo le acusen de nada por sus creencias.

Sin embargo, un poso de sacralización católica recorre toda esta exposición, desde la obra maestra que da la bienvenida, una suerte de vanitas que tanto puede ser interpretada como un autorretrato, el retrato de una amiga –las apuestas apuntan a su galerista– o el de una santa acorralada. Él define estas obras como “tiparracas”.

Hay más: la única serie realmente nueva que presenta, unas máscaras o retratos que beben directamente de Bowery y el espíritu glam, tiene un extraño parecido –en formato e intenciones– con esa otra tan larga y una y otra vez repetida que El Greco dedicó a los apóstoles (aquí se exponen 8, pero no descartamos que llegue a las 12). Como si le hubiera dado un revés lisérgico, manteniendo intacto el carácter místico, vinculándolo con credos paganos primitivos o desaparecidos e, involuntariamente, asociando las dos caras de una misma fe: tanto la religión cristiana como el satanismo comparten rituales y modos de representación. 

5. Caballo grande

Sigue sorprendiendo que un pintor que trabaja sin estudio, desde la reclusión en su casa –llena de altares y caballetes, por otra parte–, despunte más, lo haga siempre mejor, en los grandes formatos. Es en estos cuadros donde más de sí mismo se deja entrever. No es de extrañar que algunos de ellos, expuestos aquí o en su anterior exposición de 2010, Como Dios manda, sean harto difíciles de adquirir: el artista no quiere desprenderse de ellos. Así que les triplica el precio. O directamente niega la venta. O los reserva para ese futuro no tan lejano en que las instituciones españolas se fijen en su trabajo. Que va siendo hora: son piezas que esperamos que acaben en un museo, a la vista de todos.


LA EXPOSICIÓN NO DOY CRÉDITO DE FABIO MCNAMARA SE PUEDE VISITAR HASTA EL 27 DE NOVIEMBRE EN LA FRESH GALLERY (C/CONDE DE ARANDA, 5) DE MADRID. MÁS INFO EN WWW.LAFRESHGALLERY.COM

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