09/12/2019

Sí, ser gay importa (si te matan por ello)

15 junio, 2016
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Lo ha dicho la ONU. En un comunicado de prensa con fecha del lunes 13 de junio, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condena el atentado de Orlando en el que murieron 49 personas y otras 53 resultaron gravemente heridas con una mención explícita a la naturaleza homófoba del ataque (“targeting persons as a result of their sexual orientation”). 

No es un dato gratuito. Es la primera vez que un documento oficial de la ONU, a través del organismo encargado de velar por la paz y la seguridad internacional, señala como motivación de un ataque terrorista la condición LGTB de sus víctimas, elevando así el atentado a la categoría de crimen de odio contra un colectivo específico. Un matiz importante si tenemos en cuenta que, aunque se trate de una declaración a los medios y no una resolución en firme con implicaciones políticas directas, necesita de la unanimidad de todos los estados miembros del Consejo, entre los que se encuentran históricos enemigos de los derechos LGTB como Rusia, Egipto o Senegal.

Que la ONU haya tenido que denunciar explícitamente la condición sexual de los fallecidos como la causa primera que llevó a Omar Mateen a abrir fuego contra todos los que festejaban el Orgullo Gay en la discoteca Pulse supone un avance en el reconocimiento de los derechos LGTB a nivel global y debería servir para que el mundo deje de cuestionar la naturaleza homófoba del atentado del domingo.

Porque desde que se conoció la trágica noticia, diferentes medios de comunicación han tratado de ignorar o relativizar el hecho de que las víctimas formaban parte del colectivo LGTB o eran defensores de la libertad sexual, un dato que no consideraban relevante. Algunos incluso rayando en la manipulación, afirmando en un principio que el ataque tenía como objetivo un club latino. Y para cuando DAESH se atribuyó el atentado con el terrorista ya abatido, cualquier atisbo de homofobia fue sustituido automáticamente por el yihadismo, como si estos dos conceptos fueran excluyentes. A la prensa no le bastaron las declaraciones del padre de Mateen en las que afirmaba la repugnancia que le provocaba a su hijo ver a dos hombres besándose. Con el islamismo de por medio, aquello pareció desvanecerse. Y no, el atentado de Orlando fue tanto un ataque terrorista como un ataque homófobo deliberado a una comunidad concreta, el mayor contra el colectivo LGTB en occidente desde los tiempos del Holocausto.

Quizá la persona que mejor ha ejemplificado la frustración de las personas LGTB ante todos aquellos que se atreven a cuestionar o minimizar la condición homófoba del atentado es el escritor y periodista inglés Owen Jones, abiertamente gay. El pasado lunes, Jones abandonó una tertulia televisiva en Sky News cuando el resto de tertulianos se resistió a reconocer que lo de Orlando había sido un ataque premeditado contra un grupo de personas por su orientación sexual, con vagos argumentos como que se trataba de “un crimen contra los seres humanos” o “contra la libertad”.

 

A Jones también se le llevan los demonios cuando oye que el atentado ha sido obra de un lunático. La homofobia no es un trastorno mental, es una ideología cómodamente instalada en nuestra sociedad con la connivencia de quienes, desde púlpitos y tribunas, han instigado reiteradamente al odio contra los homosexuales de viva voz o haciendo la vista gorda ante las atrocidades sufridas por el colectivo durante siglos. Son los mismos que han restado importancia al hecho de que Pulse celebrara el Orgullo Gay aquella noche, quizá para descargar sus conciencias y negarse a admitir que el colectivo LGTB es y seguirá siendo perseguido en EE UU, España y en los innumerables países que condenan la homosexualidad. No hace falta recordar que en EE UU es más fácil comprar un arma que ayudar en una emergencia. Los homosexuales que quisieron donar sangre el domingo no pudieron hacerlo a menos que declararan dos años de total abstinencia sexual, un requisito que, obviamente, no se le exige a un heterosexual.

Pero no hace falta recurrir a la televisión extranjera para ver los devastadores efectos de esta negación. En el debate televisivo celebrado el lunes por la noche, los líderes políticos de los cuatro principales partidos que concurren a las elecciones del 26 de junio expresaron su solidaridad con el colectivo LGTB. Todos menos uno, adivinen quién. Tampoco la Casa Real ni el papa Francisco se han atrevido a condenar la homofobia en sus tibios mensajes de condolencias. Al final va a resultar que el asesino entró con una metralleta en una discoteca gay por casualidad, igual que pudo haberlo hecho en un estadio de fútbol.

Puede que aún queden muchos datos por concretarse sobre el terrorista, pero ¿no es ese olvido deliberado una palmadita en el hombro de los homófobos? ¿Tanto cuesta llamar a las cosas por su nombre y pronunciar las siglas LGTB o la palabra gay? ¿Dónde están los futbolistas afligidos que sí expresaron su pesar por los atentados de Bruselas o París? Así como el ataque a la iglesia de Charleston fue un crimen racista y la profanación de cementerios judíos en Alemania un acto antisemita, lo de Orlando fue, además de un atentado terrorista, un crimen homófobo, y conviene resaltarlo tantas veces como sea necesario. En ese matiz está la diferencia porque, con la delibarada omisión, se envía un guiño cómplice a los que aún ven en la disidencia afectivo-sexual un motivo para la discriminación.

La invisibilización del colectivo LGTB es una de las más sutiles formas de homofobia que se practican, porque lo que no se ve no existe. Cuando se estrenó la película Stonewall en EE UU, al director Roland Emmerich le cayeron palos –y con razón– por someter a un lavado racial de imagen a los pioneros de Stonewall, en su mayoría negros y latinos que con sus disturbios de 1969 asentaron las bases de las reivindicaciones LGTB tal y como las conocemos. Es lo mismo que los medios de comunicación han intentado hacer con las víctimas de Orlando con su amago de ‘straight-washing’, negando nuestro derecho a velar sus muertes como lo que son: fruto de la intolerancia homófoba.

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