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¿Por qué hay tantos gays adictos al chemsex?

12 julio, 2016
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Hay una letra del abecedario para cada droga sintetizada: M para mefedrona, T para tina (metanfetamina cristalizada), C para cocaína, G para GHB, K para ketamina, V para viagra… Y así hasta un largo catálogo de sustancias como letras tiene el alfabeto (GBL, M-Cat, crack, éxtasis, etc).

Combinadas, juegan un papel importante en el chemsex o sexo químico, término utilizado para referirse a las sesiones de sexo gay en grupo que involucran drogas, en ocasiones suministradas por vía intravenosas –una práctica conocida como slamming– y que pueden alargarse durante días. Un fenómeno que ha proliferado a través de Internet con la ayuda de aplicaciones para ligar o páginas webs temáticas y que suele conllevar sexo sin protección, motivo principal por el que muchos lo han asociado con un aumento de las adicciones y los casos de VIH y hepatitis C entre los hombres gays, aunque no existan evidencias fiables que confirmen su relación. 

Durante un año, los directores William Fairman y Max Gogarty invitaron a hombres homosexuales a hablar de su relación con el sexo y las drogas en la escena gay de Londres en Chemsex, un documental estrenado a finales del año pasado en Reino Unido que puede verse hasta el 27 de julio en nuestro país a través de Filmin como parte de la programación del Atlántida Film Fest. Es el primero que se atreve a abordar la tendencia con una serie de testimonios que alertan sobre los riesgos del cóctel sexo+drogas. “Me meto casi todos los días, cuatro veces al día. Unas 400 libras a la semana”, explica uno de sus protagonistas al principio del documental.

No puede decirse que Chemsex arroje mucha luz a una escena ya de por sí tenebrosa –no aporta estadísticas ni datos concretos sobre el uso sexual que la comunidad gay confiere a las drogas–. Al contrario, plantea más preguntas que respuestas, pero al menos sirve para llamar la atención de la comunidad LGTB ante un fenómeno que, sin control, podría convertirse en un problema de salud para el que no existe una respuesta sanitaria apropiada.

Chemsex busca ser un acercamiento serio y meditado al sexo químico, aunque no consigue responder la gran duda: ¿Por qué hay tantos gays adictos al fenómeno? Por un lado, esgrime causas psicológicas más que cuestionables para respaldar su auge (soledad, culpa, vulnerabilidad del colectivo…), pero se olvida de su vertiente más hedonista, dejando de lado a quien lo practica por una cuestión meramente placentera.

Las incógnitas se multiplican: ¿Está el chemsex asumido como una subcultura gay? ¿Qué impacto real tiene en la comunidad LGTB? ¿Ha renunciado el colectivo gay al sexo sobrio o está el documental magnificando una práctica reducida de una minoría? ¿Por qué este fenómeno es casi exclusivo de los hombres que practican sexo con hombres? ¿Corremos el riesgo de normalizar un comportamiento extremo? Son solo algunas de las cuestiones que surgen tras el visionado de un documental que se plantea desde el punto de vista de la desintoxicación, pero que no se ha librado de las críticas por sensacionalismo o estigmatización de la comunidad gay.

Y eso que Chemsex no es fácil de ver. Resulta desagradable en las secuencias con planos detalle de las jeringuillas penetrando en la piel. Es perturbador, grimoso y chocante, y precisamente por eso funciona como una llamada al orden. “No hay un libro de texto que te enseñe a ser un hombre gay sano en estos tiempos modernos, en un mundo cambiante en salud, aplicaciones y tecnología. ¿Dónde consiguen los adolescentes de hoy las herramientas para lidiar con esto?”, explica David Stuart, que actualmente trabaja en 56 Dean Street, una clínica londinense especialista en casos de adicción al chemsex. “Enfrentarse a una epidemia de VIH no debería consistir en realizar análisis, dispensar condones y recetar medicamentos, sino en enfrentarse a la homofobia interiorizada y conseguir la igualdad de derechos y el bienestar. Y fallamos en eso”, cuenta en otro momento, al tiempo que advierte de que en Londres cada día se diagnostican cinco casos de VIH entre la comunidad gay.

“Hay un montón de cosas que están mal: las drogas son ilegales, el sexo no es moralmente el más correcto. Y lo dulcificamos con nombres nuevos para que suene aceptable. No nos inyectamos drogas como los adictos a la heroína sino que practicamos slamming, no usamos agujas sino pins”, explica Dick, uno de los hombres que aportan su experiencia al documental.

Por Chemsex pasan gays de toda clase y condición, en su mayoría seropositivos que comparten su experiencia. Entre los que se atreven a mostrar su rostro está Enrique, español que confiesa que dejó un empleo bien pagado en el sector financiero para prostituirse por culpa de su adicción al chemsex. O Andrew que, con apenas 21 años, descubrió en el sexo químico una vía para dar rienda suelta a sus fetiches. Miguel, por ejemplo, ha experimentado psicosis inducida a causa de las drogas y ha perdido la capacidad de mantener relaciones sobrio. Testimonios que tienen por objetivo concienciar a otros hombres gays de los riesgo del chemsex.


El documental Chemsex puede verse en Atlántida Film Fest hasta el 27 de julio.

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