16/09/2019

Sobre la gestación subrogada

16 septiembre, 2016
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Jaime Cantizano ha sido padre. Por gestación subrogada. Como lo fueron Miguel Bosé, Ricky Martin, Elton John, Neil Patrick Harris o Miguel Poveda. Nombres que, curiosamente, siempre son titular de los medios y premisa de las columnas de opinión que suelen enfrentarse a esta técnica de reproducción asistida. Y empiezo a preguntarme si tiene algo que ver la combinación orientación sexual/paternidad. Porque a principio de mes volví a leer una columna, en El Huffington Post, de una artista visual y activista llamada Yolanda Domínguez, que afirmaba que la gestación subrogada les robaba la maternidad, que era una nueva forma de sometimiento, de explotación y comercialización del cuerpo femenino, una cosificación neoliberal de la mujer, entendiéndola como una vasija que se puede usar a nuestro antojo. Y esa opinión se la había incendiado una revista en la que Cantizano hablaba de su reciente paternidad.

Nunca he leído esas columnas cuando quien recurre a la gestación subrogada es una mujer, o una pareja heterosexual, como en el caso de Sarah Jessica Parker y Matthew Broderick o de la pareja formada por Nicole Kidman y el cantante Keith Urban. Y eso me ha hecho pensar en la razón por la cual determinados discursos feministas han convertido al hombre homosexual en su adversario. Siempre he reconocido el papel del feminismo por encima de los prejuicios que la sociedad patriarcal nos impone culturalmente. De ese feminismo, y su lucha, bebe el activismo LGTB. Por eso, desde un posicionamiento de afinidad, el debate de la gestación subrogada me tiene confundido. Creo que somos mejores cuanto más educamos y menos prohibimos.

Por eso creo que en lugar de prohibir la gestación subrogada, negando todo matiz, toda particularidad, deberíamos abrir la puerta a la regulación de esa técnica de reproducción asistida. Y eso no significa que esté a favor de las granjas de mujeres ni de la venta de bebés. Condeno esas prácticas por abominables, como condeno el robo y tráfico de órganos, pero no concibo la idea de prohibir las campañas de transplantes y donaciones, que no son otra cosa que una regulación de un altruismo encomiable. Me siento próximo a la gestación subrogada porque es una de las pocas opciones de crear una familia que tiene una pareja homosexual. Todos sabemos que la adopción, aunque sea legal en España, no es efectiva. Los problemas que tiene que afrontar una pareja de dos hombres para adoptar en nuestro país forman parte de una estrategia disuasoria. Y me sorprende que la mayor oposición a ese tipo de técnica venga, precisamente, de un activismo semejante.

Conozco a mujeres afines a nuestras reivindicaciones absolutamente contrarias a la gestación subrogada. Algunas, en el fragor del debate, me acabaron diciendo que si no podía tener hijos que me jodiese, pero que no emplease el vientre de una mujer para poder tenerlos. Eso me recordó aquellas palabras de Ana Mato diciendo que la ausencia de varón no era un problema médico, para impedir así el acceso de la mujer soltera o/y lesbiana a la fecundación asistida por la vía de la Seguridad Social. A mi entender, es prejuicio. Y el prejuicio no siempre llega acompañado de una moralidad religiosa; a veces es, simplemente, víctima de un discurso. A veces somos víctimas de nuestros discursos, de lo que se espera de nosotros, y eso nos hace alejarnos de la realidad, de la calle, como precisamente les sucede a los políticos.

No se trata de someter a la mujer. Se trata de legislar y regular esa opción para que no puedan cometerse abusos y desmanes. No estoy a favor de la esclavitud, ni del abuso, ni del maltrato, ni de cualquier situación que pueda vulnerar los derechos humanos. Pero sí quiero que, cuando una mujer decida prestar su útero a la fecundación de un bebé de otra pareja, exista una ley que la proteja, que la valore y que la defienda. Hablamos de regular una posibilidad. Por eso no me gusta la prohibición, porque siempre me ha parecido la manera más torpe de educar.


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