20/07/2018

Nuestro último adiós a Pedro Aunión

10 julio, 2017
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Foto: Álvaro Villarrubia

Siempre apuntó alto, y desde las alturas se despidió. Conocí a Pedro Aunión Monroy cuando se incorporó al equipo de Shangay como comercial. Lo primero que me llamó la atención de él, además de su pasión por las artes –a las que tenía muy claro que quería dedicarse profesionalmente en cuanto pudiera–, era la astuta manera en que era capaz de redirigir sus habilidades como animal social. Seductor como pocos, su capacidad para encantar a cualquier interlocutor que se cruzara en su camino era única. La mantuvo hasta el último día, ese desgraciado viernes 7 de julio en que perdió la vida actuando en el festival Mad Cool en Madrid.

A la vez que trabajaba vendiendo publicidad, se preparaba concienzudamente como actor y bailarín. Encontraba tiempo para todo, y ponía la misma pasión en el trabajo que en sus clases. Y mimaba tremendamente a sus amistades, doy fe. Mucha gente ha hablado en estos días de cómo Pedro siempre tenía una sonrisa para todos. Así era. En los últimos años coincidíamos menos, pero cualquier encuentro casual con él cuando visitaba Madrid era una fiesta. Sus abrazos eran enérgicos, y su interés por cómo te iban las cosas se notaba absolutamente sincero. Por eso duele tanto saber que ya nunca más volveremos a encontrarnos por Malasaña y ponernos al día, ese contacto físico ya no se volverá a producir. Aunque será imposible olvidarle.

A principios de los 00, cuando no vio claro su futuro como actor al uso, fundó su propia compañía, DeHecho, y apostó por combinar todas sus pasiones, danza, teatro y danza aérea. Alguna vez le comenté que mi miedo a las alturas me impedía comprender del todo cómo podía disfrutar arriesgando tanto. Pero Pedro lo tenía muy claro: en las alturas era feliz. Y lo transmitía, porque en los últimos años había logrado el reconocimiento internacional.


Portada Shanguide, 2008.

Gran apasionado de la música, muchas veces me pedía recomendaciones de artistas que me gustaran, en su búsqueda continua para la banda sonora perfecta de sus piezas. No pude evitar sentir un enorme escalofrío cuando me dijeron que en el Mad Cool sonaba Purple Rain de Prince cuando cayó al vacío. Quienes me conocen saben lo que ha significado la música de Prince en mi vida. Pedro también lo sabía, y de repente, esa terrible conexión me provocó sensaciones encontradas. ¿Cómo una canción que siempre me ha dado felicidad podía hacerme sentir tan mal? Y eso que me he negado a ver imágenes del terrible momento, porque no puedo entender cómo hubo gente que inmediatamente las colgó en esas circunstancias. Igual que nunca podré entender que el festival no informara de inmediato a todos los asistentes y artistas del terrible suceso.

Hablando ayer con TornbØrn de Röyksopp, que actuaban al poco de la muerte de Pedro, me comentó que si actuaron fue porque no les dieron la opción de no hacerlo, que la información era nula. Ellos, conscientes del trágico suceso, cuentan que fue uno de los conciertos más extraños de su carrera, que no pudieron disfrutarlo porque en su cabeza rondaba continuamente lo sucedido. Quiero pensar que no fueron los únicos; no puedo creer que el miedo a una posible avalancha impidiera que la música parase, al menos durante unos minutos, en recuerdo de una persona recién fallecida que lo único que pretendía era entretener al público.

Pedro Aunión era un auténtico encantador de serpientes, una persona de energía arrolladora que sabía hacer sentir bien siempre a quien tenía enfrente. Solo me consuela, mínimamente, pensar que en los últimos minutos de su vida también lo logró. Y la reacción mediática, mucho más potente que la de la organización del Mad Cool, ha permitido que mucha gente que no sabía de él al menos se haya interesado por su historia. Voló alto, Pedro, y estuvo dispuesto a dar la vida por su pasión. Ya le echamos mucho de menos.

Si quieres recordar la entrevista que le hicimos en Shangay, continúa leyendo

Esta entrevista se publicó originalmente en Shangay, en febrero de 2008


Foto: Álvaro Villarrubia

Para muchos, Pedro Aunión es un rostro conocido de la noche madrileña, y es que en ella ha participado activamente con sus performances. En algunas, le hemos podido ver colgado de arneses de un lado a otro de la discoteca de turno, y esto se podría haber quedado en mera anécdota noctámbula si su carrera no albergase una trayectoria en el mundo de la danza y, sobre todo, muchas narices para arriesgar y buscar nuevos caminos de expresión. Así, un día cogió la maleta y se plantó en Argentina con ganas de aprender; su encuentro con la reputada compañía De la Guarda le abrió los ojos a esa realidad que él quería. “Siempre he estado buscando mi sitio porque, entre actores, era el bailarín, y entre bailarines, el actor. Desde pequeño había hecho espeleología y escalada, y encontrarme con De la Guarda fue una revelación, porque ellos juntaban dos cosas que me gustaban, colgarme en el aire y bailar. A partir de ahí, empecé a investigar y, desde entonces, estoy intentando llevar la danza contemporánea al plano aéreo”. En esas ganas de llevar las riendas de su carrera, tiene mucho peso DeHecho, la compañía que creó en 2003, con la que está consiguiendo que ya no veamos tan raro que alguien se suba a danzar a treinta y cinco metros de altura. Y si por un casual estás pensando que crear una compañía tal y como anda la escena, es una locura, Pedro te da la razón. “Sin duda lo es. Lo que sucede es que lo empiezas a hacer como una necesidad, y no te das cuenta de dónde te estás metiendo hasta que un día miras hacia atrás y ves lo que has creado. O, de repente, te ves participando en La Noche en Blanco. Para lo que me ha servido todo esto es para asumir que todo lo que he hecho en mi vida me vale”.


“Con mi trabajo intento buscar una forma diferente de estar en las alturas”


En ese “todo vale” se encuentra haber trabajado con Rafael Amargo o ser el asistente de Lindsay Kemp en los seminarios que da en Madrid, una experiencia que le ha servido muchísimo. “Soy consciente de que estoy en un proceso importante de aprendizaje creativo, y aunque no me siento con una seguridad plena, poco a poco la conseguiré. Me siento respetado y apoyado porque hay mucha gente que me da ánimos para seguir con este follón”. También reconoce Pedro que la danza aérea, por mucho que estés acostumbrado, da vértigo. “Eso siempre. Es como el miedo escénico, que no falla nunca. Otra cosa es que te acostumbres a él, o que incluso le saques partido. Aparte de todo eso, da una sensación enorme de libertad y de estar haciendo algo diferente. Por lo menos, ahora, que luego se pondrá de moda y saldrán compañías de debajo de las piedras”. Eso lo dice alguien que, además de la compañía DeHecho, ha sacado adelante una escuela donde aprender esta disciplina. “La escuela surge de una necesidad por mi parte de tener gente con la que trabajar, porque nosotros participamos también en muchos eventos. Pero está plenamente enfocada al propio beneficio de la compañía. Hay que procurar que se haga bien, contar con gente que sepa lo que está haciendo y con los pies en la tierra, porque tenemos un riesgo que está ahí y que no hay que olvidar”.


Foto: Julia López Huidobro

Pedro tampoco olvida ese riesgo ahora que estrena espectáculo en Madrid, Sobre, vivir… al tiempo, trabajo con el que vuelve a la escuela que le vio nacer como actor, la de Cristina Rota. “Me siento como el niño que vuelve a casa con los brazos abiertos, veo un cariño y un calor que es de agradecer”. Y pasa a describir las piezas que presenta junto a Mónica Runde. “Hay veces que haces daño a tu pareja, inevitablemente, por tus miedos e imposibilidades, y duele cómo nos lo hacen a nosotros. Pero el amor supera todo eso y, al final, vamos a encontrar a dos freaks que se aman, en el aire o en el suelo. De ahí nace esta coreografía”. Una oportunidad con la que Pedro da un paso más en una carrera que se afianza con rapidez. “No puedo competir con La Fura del Baus o con De la Guarda, porque soy Pedro Aunión y todavía no me conoce la gente. Pero, poco a poco, se va descubriendo mi trabajo, con el que intento buscar una forma diferente de estar en las alturas”.


Texto: Sandra F. Molina

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