18/10/2018

Cómo ser un hombre gay en la treintena y no caer en la frustración

11 mayo, 2018
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Cada mañana me recogía para ir a estudiar. Le esperaba en la esquina de mi casa, bueno, de casa de mis padres, justo donde empezaba el parque que había delante del portal. Me apoyaba contra la pared creyendo que podría ser alguien interesante. Tal vez lo fuese. Llegaba con su coche azul, las gafas de sol –sí, era verano– y la música puesta. Nos habíamos conocido a través de una amiga común y, de repente, formábamos un tándem. Miento, un grupo, pero en mi memoria el resto de gente no existe. Coincidimos los dos en una optativa y afianzamos lo que solo eran noches de marcha. Yo le pasaba mis apuntes, que para algo tenía mejor letra. Él era un par de años mayor y lo de estudiar se le había atragantado un poco. “¿Y a quién no?”, pensaba con mi historial impoluto. Tan iluso incluso para autoengañarme. Por aquel entonces no tenía nada claro qué estaba ocurriéndome. Ahora lo sé.

Compartíamos mesa en la biblioteca si había sitio, algo no siempre habitual. Pasaba páginas, memorizaba textos y apuraba los minutos. Consultaba los mensajes del móvil y jugaba a la serpiente. Él, no yo. Yo solo estudiaba. Hablaba con sus amigos, que también terminaron siendo los míos. Comentaban cosas de fútbol y de los planes que tenían al irse de Erasmus. Ellos, no yo. Yo solo estudiaba. Pasaban los días, las semanas y cada vez sentía que estábamos más cerca. Comíamos juntos, salíamos algún fin de semana y nos divertíamos bastante. Era guapo, lo reconozco. Tal vez demasiado. Y llevaba una de esas cadenitas con un recuerdo de la comunión. O del bautizo. Yo qué sé. Estaba delgado y se afeitaba casi todos los días. Todos lo hacíamos. Las benditas barbas todavía no habían llegado. Repetía asignaturas y compartía curso con una prima a la que intentaba no saludar. Sus razones tendría, pero a los demás nos hacía gracia. En verano llevaba pantalones cortos, camiseta y zapatillas.

A media mañana se levantaba de su silla, se desperezaba y preguntaba si nos tomábamos un café. Al hacerlo, un rastro de vello negro le asomaba por la cintura. Del ombligo hacia abajo. De abajo hacia el ombligo. No podía dejar de mirarlo. Notaba cómo se me aceleraba el pulso y comenzaban los sudores. “La humedad”, me justificaba. Sin pensar que no era, precisamente, esa humedad. Un cortado en la máquina mientras alguien fumaba y volvíamos. Nunca pasó nada más que esos descansos. Puede que para mí fuesen suficiente. Tengo treinta y cinco años y no he hecho nada de lo que se esperaba de mí. Siento que la vida se me ha ido escapando sin haberme dado cuenta. Tal vez se trate de lo normal. Nadie me lo explicó en su momento. Vivo pegado a una pantalla ganándome las facturas con el tecleo de mis dedos. Leo, escucho, incluso pienso. Menos de lo que creo. Imaginaba que a estas alturas habría logrado algo. ¿Qué? Buena pregunta. Me veo mayor para mucho y lucho para pensar que no es así. Que son inventos míos. Que es cosa de las redes. Se me cae el pelo, tengo canas en la barba y he dejado pasar muchas oportunidades. Dentro sigo siendo aquel chico que miraba el vello negro que se perdía en los pantalones. No di el paso entonces, no sé si lo daría ahora. A ver si el problema no era suyo. A ver si va a ser cosa mía. Tengo treinta y cinco años y no sé qué hacer con mi vida. Mi vida. Qué paradoja.

José Confuso es articulista, columnista y autor del blog Elhombreconfuso.com

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