22/01/2019

8 mujeres que inspiraron al mundo (y al colectivo LGTBI) en 2018

27 diciembre, 2018

Najwa Nimri

Quién te va a cantar mejor que Najwa Nimri. Bueno, en Quién te cantará, la imprescindible película de Carlos Vermut, te cantan a dúo Nimri y Eva Llorach, porque lo suyo es un tête à tête de los que marcan época. Un mano a mano interpretativo tan imprevisible, enigmático y fascinante como todo lo que sucede en la película. Tiene sentido que Eva, como gran revelación que es, se lleve muchas más palabras de elogio de primeras que Najwa. Pero no es de justicia. Porque la una sin la otra no se entenderían, porque resulta mágico que sus interpretaciones dependan tanto la una de la otra, como Violeta (Llorach), para que su vida tenga sentido, depende de Lila (Nimri). Dos tonos de un color que siempre se asocia al dolor son los que dan nombre a las dos protagonistas. Y el personaje de Najwa, torturada, amnésica, oscura, taciturna y en un principio silente, desprende un magnetismo que nos recuerda lo gran actriz que es. Cómo nos gusta un duelo de mujeres en el cine, y qué grande el que nos ofrece Vermut. Y qué ojo a la hora de contar con Najwa para interpretar a una diva pop que, en el fondo, no siente que lo es. Nunca antes la hemos visto tan frágil, sobre todo ahora que nos viene siempre a la mente su terrorífica Zulema de Vis a vis. Aquí el giro es de 180 grados. El buceo en su identidad durante Quién te cantará se convierte en un retorcido juego gracias a un director que, como pocos ahora mismo, sabe cómo convertir al espectador en callado cómplice de su juego. Su tercer largo es más transgénero aún que los anteriores, un ejercicio de polifonía –aunque sean dos las voces principales– que huye de lo que consideramos tradicionalmente femenino. Porque las dos leonas que se miran, se reconocen, se atraen y se funden la una en la otra no tienen género definido, cambian en función de lo que les interesa, cantan al son que más les conviene. En una película que habla de cómo te puede cambiar la vida si luchas por hacer tuya la identidad que sientes como propia, brilla. Najwa, que está también en cines en otro registro –y otra peluca– en , de Julio Medem–, te atrapa irremediablemente porque, en el fondo sabes que está jugando contigo. Como Eva Llorach. Como Carlos Vermut. “Procuro olvidarte”, canta en uno de los momentos imborrables de la cinta. Y cuando se encienden las luces sabes perfectamente que nunca vas a olvidarla en Quién te cantará. Porque, definitivamente, en la ficción y en la realidad ha renacido una estrella.

Lil' Kim

Tituló su primer álbum Hard Core, y no podía haber sido más explícita y auténtica. Han pasado 22 años de aquel milagro, vital para entender la lucha por el empoderamiento femenino en la música en general, y en el hip-hop en particular. Diminuta pero matona, Lil’ Kim, con su poderoso flow, abría aquel álbum diciendo “antes estaba asustada de las pollas”, pero a partir de ese momento dejó claro que estaba en control, y que demandaba respeto en ese universo tan machista en el que se movía. Se lo ganó, aunque no le ha resultado fácil mantenerlo. Todavía quedaba mucho por luchar contra la discriminación injustificada. ¿A que te suena familiar esa situación? Ella fue la primera Queen B(itch) –y Beyoncé se lo ha reconocido–, pionera por mostrar una sexualidad libre y desacomplejada, por huir de estereotipos y crear tendencia dentro del universo hiphopero, descarada, desafiante y muy colorista. Su reciente aparición en la Semana de la moda de Nueva York pareció recordar, por fin, a mucha gente, que Lil’ Kim se merece un monumento, y reconocimiento. Porque ha dado momentos muy grandes en las últimas dos décadas, y no solo musicales. Supo por un breve espacio de tiempo lo que era ser una auténtica estrella pop cuando participó en la legendaria versión de Lady Marmalade dentro de la banda sonora de Moulin Rouge. ¿Y cómo olvidar su aparición a pecho descubierto, anticipando el movimiento #FreeThe Nipple, en los VMAs de 1999, cuando la mismísima Diana Ross se vio irremediablemente atraída por uno de sus turgentes senos? Han pasado trece años desde su último álbum oficial, The Naked Truth, y por fin en noviembre lanza disco, que ha anticipado el más que correcto single Nasty One. Ya era hora, Kim. No os quedéis en el beef entre Nicki Minaj y Cardi B. Hay mucha historia en el hip-hop femenino antes, y Nicki, que también intentó ganar notoriedad montando otro con Lil’ Kim, lo que debería es reconocer a las que llegaron antes que ella, como la de Brooklyn, en la que tanto se ha inspirado aunque le duela reconocerlo. Desde aquí sí queremos reconocer una trayectoria que está por encima de las frivolidades, cuestionables operaciones estéticas y escándalos de Lil’ Kim. Icónica en sí misma, adorada por fotógrafos como David LaChapelle y diseñadores como Alexander McQueen y Marc Jacobs, Lil’ Kim reinventó la estética femenina hiphopera a base de hacer propios logos de marcas de lujo, utilizar pelucas de colores que ni la más atrevida travesti y probar que su cuerpo es un instrumento de lucha tan potente como su voz. Es hora de un nuevo capítulo, pequeña gran Kim. Estamos expectantes.

Rosalía

Buenamente, buenamente, tra tra. El fenómeno Rosalía es imparable, y a juzgar por las opiniones encontradas que está generando su éxito, no ha podido hacerlo mejor. No despierta indiferencia, y es lo mejor que le puede pasar mientras tiene a su creciente legión de fans salivando por el inminente lanzamiento de El mal querer, que se está haciendo de rogar. Va a ser el disco nacional más importante del año en cuanto lo publique, como lo fue su debut Los Ángeles en su momento. Dos de dos. Y bien distintos entre ellos. Como único –y gran– nexo de unión, ella, ‘la Rosalía’. Destinada a ser una artista de éxito global, algo que ya está logrando, y en sus propios términos. ¿Por qué molesta su éxito? ¿Por qué tu pasión, si no está directamente vinculada a tus raíces sociales, se tacha de apropiación cultural? Cuesta entenderlo. Porque no tiene ningún sentido que se nos niegue la posibilidad de acercarnos a maneras de entender el arte que nos apasionan, con las que conectamos. Y la manera de Rosalía de vivir e interpretar el flamenco es tan única como necesaria. Por sentida y también respetuosa. Es una mujer que sabe utilizar para sus proyectos todas sus armas –sí, de mujer–, sus estudios, su sentir; que presume de uñas –afiladas, desafiantes–, que canta a la muerte y al –mal–amor, y lo hace con una personalidad única, que le ha hecho destacar de inmediato. Le inspiran los clásicos, a los que ha estudiado desde niña, y también sus contemporáneos. Y sabe perfectamente de quién rodearse para llevar su visión a buen puerto. Con solo dos singles publicados de El mal querer y contados shows para dar a conocer lo que se viene, Rosalía ha creado ya un universo reconocible e impactante, que nos hace sentir como si su próximo disco llevara ya tiempo entre nosotros. En esta ocasión, El Guincho es su principal aliado musical; Charm La’Donna, su coreógrafa; ella, su mejor community manager; Pedro Almodóvar, el mejor padrino cinematográfico, y Canadá, la productora responsable de que Malamente y Pienso en tu mirá hayan reinventado y reforzado nuestra iconografía tradicional, que en el pop nacional hacía siglos que no aparecía con esta rotundidad y verdad. No son pocos los que viven su éxito como propio, porque Rosalía representa, con su actitud y sus logros, los sueños de mucha gente que moriría por vivir experiencias como las suyas, en lograr un reconocimiento así de meteórico siendo tan joven y haciendo aquello en lo que cree con una fe contagiosa. Vale, a algunos les provoca envidia, pero a muchos más una enorme felicidad –ajena y propia–. Mejor quedarse con esa actitud positiva. Tra tra.

Mariah Carey

La vida para ella, más que un cabaret, es una dulce fantasía. Un universo de felicidad en donde solo hay espacio para las sonrisas, el glamour, el champán… y la música. Porque, ojo, a mucha gente se le olvida que es fundamental para entender el pop de las últimas tres décadas. Empezó como virtuosa –en ocasiones, algo cargante, sí– y se reinventó hace dos décadas a la vez que presentó su propia fusión de r’n’b, hip-hop y pop en Butterfly, marcando una tendencia que sigue estando de plena actualidad a día de hoy. También se unió al exclusivo grupo de artistas que han hecho de su libertad una bandera por la que pelear con uñas –largas– y dientes cuando publicó en 2005 The Emancipation of Mimi. Siempre con una sonrisa y una copa en la mano. Por norma. Porque lo vale. Lo fácil es reírse de ella, porque cómica es un rato. Habrá quien lo haga con sorna y desprecio, pero Mimi sabe que está muy por encima de la burla fácil. Su manera de reírse de sí misma es de lo más inteligente y calculada. “Ande yo caliente…”, parece pensar cada vez que aparece en público. Ríete con ella, que es más sano. Y si eres de los que piensan que artísticamente se ha quedado desfasada, quizá sea el momento de que prestes atención a las joyas que incluye su último álbum hasta la fecha, Me. I Am Mariah… The Elusive Chanteuse. Sí, hay vida para Carey más allá de su resurrección anual con All I Want For Christmas Is You. Aunque está claro que esa es, y va a ser por siempre, su principal fuente de ingresos. La que le permite vivir en una fantasía constante con sus hijos, y sentir que es de las pocas personas para las que es Navidad todo el año. En su caso, real. Este año también va a poder compartir esa sensación con sus fans españoles, porque el 17 de diciembre se planta en Madrid con su show navideño. Una oportunidad única para dejarse contagiar por esa inagotable artista que se pasaría el año cantando villancicos (si no lo hace). Mariah Carey, como Michael Jackson, cree en la necesidad de alimentar continuamente a nuestro/a niño/a interior. Como tantos psicólogos y coaches. ¿Veremos de nuevo a esa ‘mini Mariah’ aflorar en su inminente álbum? Ha estado trabajando –y bebiendo mucho champán– con Jermaine Dupri, Johnta Austin o Bobby Avila, y seguramente, cuando visite España, ese disco ya habrá visto la luz. Sería un regalo navideño perfecto.

Madonna

Su cara viene a decirnos que sesenta años, los que cumple en agosto, no son nada. Su obra nos dice algo muy distinto. Su impacto en la cultura pop es tan, tan grande que es prácticamente inabarcable. La publicación del libro Bitch I’m Madonna, recién editado por Dos Bigotes, es el primer estudio cultural sobre lo que ha significado hasta ahora este icono musical, feminista y de la comunidad LGTB. De sobra sabemos que ha roto con los estereotipos sexuales, no solo los de la mujer, también los de los gays. La visibilidad que ha dado Madonna al colectivo es inmensa, impagable. Y su voluntad de seguir provocando con sus acciones –lo de su música es otro cantar–, incitando a que reflexionemos, es necesaria. Madonna se resiste a ser una estrella pop desterrada por cumplir sesenta. Consciente de que el pop es alérgico a las artistas femeninas que pasan de los cuarenta –salvo que se conviertan en grandes damas–, ella sigue a lo suyo. Ni ha sacado discos de villancicos ni ha optado –aún– por girar con orquesta. Su pasión por el pop es inquebrantable, y que se mantenga fiel a sus principios, ajena a las burlas y los insultos que recibe, dice mucho de su fortaleza. Sus redes sociales son caóticas, sí, pero son suyas, no las deja en manos de un community manager. Y desde ellas lanza consignas que se sienten auténticas. Musicalmente, va dando palos de ciego desde hace años, pero nunca juega sobre seguro. Tropieza y cae –literal–, pero prefiere arriesgar. Lo siguiente va a ser cumplir sesenta y sacar nuevo disco, en el que se reencuentra con Mirwais, su gran aliado en Music y American Life, una etapa que despierta filias y fobias por igual. Volverá a suceder, seguro. En la Met Gala se presentó recientemente con un look entre viuda negra y mater dolorosa. Es evidente que, a estas alturas, se la suda provocar simpatías a quien no la entiende ni la respeta. Su orgullo es el de una mujer que tiene claro que no ha llegado el momento de pasar el testigo. En plenas celebraciones del Orgullo LGTBI, ha dejado claro que para ella todos los meses son de orgullo. Ha evidenciado, una vez más, su compromiso y agradecimiento a una comunidad que la ha adoptado como madre –más guerrera que piadosa– de una lucha que Madonna siempre hizo suya. Sigamos luchando con ella.

Cate Blanchett

Nadie mejor para elevar la voz y reclamar cambios en la industria, mayor diversidad sexual e igualdad para las mujeres. Porque cuando Cate Blanchett –presidenta del jurado oficial del reciente Festival de Cannes– pisa una alfombra roja y coge el micrófono, se detiene el tiempo. Para muestra, basta con un pequeño buceo en la redes, donde se destaca su imponente imagen e hipnótica capacidad para comunicar siempre con acierto en la meca del cine europeo. Y es que el idilio de la australiana con la ciudad de la Costa Azul se remonta a 2016, cuando Carol, la sensual historia de amor femenina basada en la novela de Patricia Highsmith que protagonizó junto a Rooney Mara –y que les valió sendas nominaciones al Oscar– se llevó la Queer Palm. Se consideró histórico que por primera vez se tratara un romance lésbico con el mismo respeto e importancia que cualquier relación heterosexual mainstream. Con el film dirigido por Todd Haynes aumentaba una cuota LGTB que se resiste a crecer en Hollywood, y Blanchett no se olvidaba de que “hay 70 países en el mundo donde la homosexualidad es aún ilegal”. No es este el único guiño reivindicativo que Blanchett ha dedicado al colectivo en todos estos años. Hace unos meses disfrutábamos de su lado más travesti participando en un show drag benéfico sobre el escenario de The Stonewall Inn –el bar gay neoyorquino donde tuvo lugar, en 1969, la famosa revuelta que se conmemora en el Orgullo–. Y siempre la desconcertó el retraso que su país acumulaba en lo que a la aprobación del matrimonio igualitario se refiere. En sus pasos más inmediatos como actriz tampoco ha dado puntadas sin hilo; en España hemos podido disfrutar –aunque en fechas limitadas– de su lado más camaleónico con Manifiesto, la cinta del alemán Julian Rosefelt donde interpreta trece personajes que representan diferentes movimientos artísticos. Y pronto estrenará Ocean’s 8, el spin off de la trilogía sobre el arte de la estafa encabezada por George Clooney –que esta vez hace las veces de productor–, y que cuenta con un elenco íntegramente femenino (que incluye nada menos que a Sandra Bullock, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter y Rihanna). Una iniciativa arriesgada, necesaria y aplaudida: “Aquí sí tenemos a un director [Gary Ross] que quería a mujeres, y las quería haciendo sus cosas”, comentaba Blanchett durante su presentación en el Museo Metropolitano de Nueva York. Siempre tan acertada.

Amanda Lepore

Cuál es la llave de la felicidad? Sentirse bien con una mismx, autoaceptarse y sentirse libre para poder guiarse por los instintos. Es también clave para que los demás te acepten y te respeten. Es algo que sabe bien Amanda Lepore, icono trans incontestable, una mujer hecha a sí misma que ha llegado a ser una estrella mundial sin abandonar nunca los principios que la han llevado a desarrollarse como persona y como artista. Sorprendentemente tímida en las distancias cortas –doy fe– y muy educada –algo bastante llamativo, porque no es tan habitual en las criaturas que pueblan la noche, y que además disfrutan de una fama considerable–, Lepore ha sabido –quizá inconscientemente– hacer de sí misma su mejor obra, y el ‘producto’ que vende. Hostess glamurosa e imprescindible en la cultura de clubs gay, es una auténtica leyenda del underground neoyorquino, como evidencia el documental de Gustavo Sánchez I Hate New York, ya estrenado en sendos festivales en Málaga y Barcelona, y cuyo primer visionado en Madrid se confirmará en breve. En él, Sánchez retrata a diversxs artistas trans de la Gran Manzana, a lxs que ha filmado a lo largo de diez años. Una de ellas es Lepore, que mirando a cámara confiesa sin ruborizarse –¿acaso debería?– que a ella no le importa la política, que su único sueño era convertirse en una rubia imponente, a imagen y semejanza de Marilyn Monroe, y que su principal preocupación ha sido siempre vivir la vida al máximo. No encaja en la figura tradicional de activista, pero es que ella en sí misma en un acto de activismo. Sufrió cuando crecía bullying, como tantxs miembros del colectivo LGTBI, y no dudó en comenzar a hormonarse a escondidas de sus padres porque tenía la necesidad de verse como la mujer que se sentía. ¿Acaso no fue un acto de valentía? Nadie debería cuestionarlo, pero todo el mundo debería celebrar que apostara por sí misma cuando nadie lo hacía. Su presencia en I Hate New York resulta fascinante –¿cuándo no?– y su sinceridad, un regalo. Que su historia vuelva a ser recordada y escuchada sigue siendo necesario, y por eso hay que aplaudir que sea protagonista de un documental que esperemos que tenga una larga trayectoria, porque es un instrumento en contra del odio –a pesar de su irónico título– tan válido como las voluptuosas curvas de Amanda, que hablan por sí mismas.

Camila Cabello

El pasado 19 de marzo, Fifth Harmony confirmaban la disolución de la girl band y cerraban así el círculo que convertía a Camila Cabello en una auténtica diva de pleno derecho. Y es muy sencillo de explicar. Porque desde que la cubano-estadounidense –que inició su carrera junto a sus cuatro compañeras en X Factor, y alcanzaron la fama de inmediato con el rompepistas Worth It– decidiera emprender su carrera en solitario, se asumió la pronta y volátil caducidad de las demás –juntas o revueltas– con una aplastante naturalidad. Prueba de que Cabello era un pilar básico, y de que su desbandada generó envidia y antipatía dentro del grupo, fue la polémica actuación de sus excompañeras en los MTV VMAs, donde simularon que la figura de Camila caía precipitada del escenario. Un gesto que se sacudió sin apenas drama y que restó una importancia que, visto lo visto, sí le habían dado las demás. Y es que las divas jamás se alteran. Por cierto, cuando visitó España por última vez como integrante de las Fifth Harmony en 2015, ya explicó a Shangay que era “difícil organizar el trabajo siendo tantas. Para empezar, en un grupo con menos chicas hay menos opiniones a tener en cuenta y resulta más fácil fijar un objetivo a cumplir”. Toda una declaración de intenciones. Con apenas 20 años, su apuesta en solitario ya se puede calificar de total éxito. Después de poner voz al tema principal de la octava entrega de Fast & Furious, una de las sagas más taquilleras de la historia del cine, su álbum homónimo ha conseguirlo despojarla de su pasado y representar con elegancia y sabrosura el nuevo emerger de la artista latina. No es tan atrevido asumir que el relevo de JLo está prácticamente asegurado: Cabello es un soplo de aire fresco dentro de un género urbano excesivamente inmovilista, y Havana, su primer gran hit como solista, ha evidenciado que la joven tiene algo que decir, a base de una cuidadosa estética y su armoniosa y sensual voz. La propuesta de Camila, en parte homenaje a sus raíces, ejemplifica que en su música también hay sitio para la balada sensible y el minimalismo bailable. Unas características muy apreciadas entre sus fans gays, para los que siempre ha tenido palabras de compromiso y aliento, y que seguro no se la perderán en la visita que tiene preparada a nuestro país durante su Never Be The Same Tour –en Barcelona y Madrid, 26 y 27 de junio respectivamente–, porque ya ha agotado las entradas en ambas citas. Todo un éxito que se estrene en España con dos sold out consecutivos, como cabeza de cartel y sin querer saber nada del grupo en que se dio a conocer. Ella ya vuela libre.

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Shangay

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