20/08/2019

Teresa Margolles convierte los fluidos corporales en arte social

9 junio, 2019
Léetelo en 19 minutos

La artista mexicana residente en España Teresa Margolles remata un año de éxitos certificando su palpable cambio de registro. Los problemas de los que habla ahora son de los vivos, y están en la calle. Aprovechamos y hablamos con ella también de su serie anterior: la primera dedicada al drama de ser mujer transexual en la ciudad más peligrosa del mundo para ellas, Ciudad Juárez.

Teresa Margolles (Culiacán, México, 1963) es cualquier cosa menos una artista complaciente. Se dio a conocer al formar el colectivo SEMEFO a finales de los noventa (siglas de la institución mexicana de medicina forense) al introducirse, estudiando medicina forense, en las morgues de México y comenzar a hablar de y utilizar la muerte y los restos de los cadáveres asesinados como material central de su trabajo. Denunciaba la corrupción de un sistema en uno de los países más violentos del planeta, donde nada se ha podido hacer todavía para acabar con el narco-estado paralelo, ni con los feminicidios, ni con otras crisis sociales en régimen abiertamente criminal.

Teresa Margolles

Entre sus piezas: embadurnar paredes con grasa humana extraída de cadáveres por muerte violenta para denunciar la impunidad criminal; adquirir los cuchillos artesanales que se fabrican las presas de las cárceles mexicanas para sobrevivir y exhibirlos como joyas de una terrible realidad; crear líneas sutiles a base de anudar hilos extraídos de las costuras forenses y exponerlos en una suerte de pieza conceptual minimalista sobre la futilidad de los horizontes de la existencia; acudir a tiroteos y, antes de que aparezca la policía, embadurnar en sangre real enormes sábanas que luego exhibía como banderas del genocidio criminal; o recoger los cristales de los coches tiroteados por el narco, con la sangre de sus ocupantes, y llevarlos a narco-joyeros para que los engarzaran en piezas de oro que reproducían los diseños que les encargan los propios sicarios… Una lista que no tiene igual en el mundo del arte contemporáneo actual.

Hasta hace muy poco: Teresa hoy reconoce que todos sus últimos trabajos «son en la calle. No llevo a las personas a estudios, los fotografío donde las encuentro. Ese espacio sereno, limpio, de luz uniforme, tranquilo… para mí es la morgue, donde empecé. El cadáver con toda su dignidad, ya bañado, limpio, puesto sobre una brillante plancha de acero inoxidable, y con todo el respeto de los médicos…La calle no es así. En la calle no hay dignidades posibles. La calle ha traído toda la realidad que la morgue ya no me podía dar. La morgue es solo un pálido reflejo de lo que sucede fuera».

Recién llegada de la Bienal de Venecia, donde ha recibido además una Mención de Honor por su obra expuesta (un muro con su alambre de espino, alusión directa a la inmigración), ha logrado montar en el espacio independiente Nadie, Nunca, Nada, No, dirigido por el artista Ramón Mateos, una nueva versión de su exposición Estorbo, presentada el año pasado en el Museo MAMBO de Colombia.

Estorbo se acerca al drama humano actual de la frontera entre Venezuela y Colombia centrándose en el fenómeno de los ‘troncheros’, mulas humanas obligadas a atravesar un río cargando a sus espaldas el peso de los materiales de primera supervivencia, o el contrabando, que permite subsistir a pueblos enteros. La historia de una crisis infame que no tiene respuesta oficial.

El resultado es una serie de imágenes, titulada La entrega, donde hombres de toda condición le entregan sus camisetas, chorreantes del sudor en su esfuerzo, que ella totemiza en granito, similar al peso que han de llevar sobre sus espaldas. Una pieza que lo tiene todo: múltiples capas de lectura, concepto férreo, dolor humano, crítica política y social y que, además, resulta inauditamente sexy. Como lo leen. Porque en la dignidad del retrato hay una terrible belleza oculta.

SHANGAY ⇒ ¿Cómo conoces la problemática de los trocheros en la frontera entre Venezuela y Colombia?
TERESA MARGOLLES ⇒ Todo surgió por una invitación de Alex Brahim para participar en una Bienal en la ciudad de Cúcuta, que es la capital del estado fronterizo. ‘Juntos Aparte’, se llamaba el proyecto. La idea de la frontera me interesaba muchísimo, por los años que he trabajado en la frontera entre México y Estados Unidos: Ciudad Juárez y El Paso, Texas; y también Tijuana y San Isidro y San Diego, en Los Ángeles. Cuando llegué la ciudad me pareció interesante, pero lo que me jaló fue llegar al puente Simón Bolívar, que es la frontera misma. Además con ese nombre: es el puente internacional y el sitio donde Bolívar gestó su idea de la Gran Colombia [la república creada por Bolívar en 1821 uniendo Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá].

Pese a haber estado en varias fronteras problemáticas, nunca me había enfrentado a una situación migrante similar. Tantísimos miles de personas pasando de un lado a otro de forma continua…La única manera de transportar alimentos y bienes de primera necesidad de Cúcuta hacia Venezuela era por medio de carretillas o al hombro a través de ese único puente. Todo para controlar el tránsito de bienes. Esto fue en 2017, y había una situación política y migratoria con unas reglas dadas. En las sucesivas visitas, porque fui casi cinco veces, estas reglas iban cambiando. Y el resultado es demoledor.

SHANGAY ⇒ ¿A qué cambios te refieres?
TERESA MARGOLLES ⇒ Primero se pasaba con tarjetas fronterizas, luego se exigieron pasaportes… A un venezolano sacarse un pasaporte le cuesta unos 100 dólares. Que es casi un sueldo mensual [el sueldo mínimo en Venezuela era de 74 dólares en 2018]. Imagínate lo que supone, sin contar la terrible burocracia para conseguirlo. Llegado un punto, el puente se cierra. Y toda esta gente tiene que buscar nuevas vías para poder pasar a uno y otro lado, que son ilegales.

Entonces buscan las trochas, los pasos naturales por el río, sin control. O los crean: echando tablas, poniendo sacos de arena. Son zonas muy difíciles de recorrer, sin iluminación, sin seguridad… Ya desde mi primera visita, comencé a pedirles a estos trabajadores sus camisetas. Porque lo que vi cuando llegué fueron sus condiciones de trabajo. Quería que estas fotos fueran muy formales, que tuvieran mucha dignidad. Que se vieran perfectos, bellos, sin ocultar para nada su realidad.

SHANGAY ⇒ De hecho, sin restar dolor, tu expo resulta sexy en una vertiente muy turbadora…
TERESA MARGOLLES ⇒ En mi idea estaba básicamente el cuerpo como herramienta de trabajo, pero también el cuerpo como pedazo de carne que se ofrece. En un oficio que sabes que va a estar muy mal pagado, casi un trabajo de esclavitud, yo les pedía que me entregaran su camiseta. De hecho, esas fotos solas se llaman La entrega, porque lo que me entrega es su sudor. El esfuerzo de tener que buscar trabajo cada día para poder sobrevivir esa noche: poder dormir a cubierto y comer. Es un trabajo al día, sin perspectiva de futuro.

Si no encuentran trabajo, ese día es más duro para ellos. Muchos incluso duermen en los árboles, para que los animales del río no los lastimen. La pieza en principio acababa en la propia acción: quería fotografiarlos como lo hice, en tres pasos, y que en el central, al quitarse la camiseta, les tapara la cara: que son las fotos que se han expuesto aquí. La cara queda como una máscara, no hay rostros en esta pieza. En el momento en que se la quitaban, el movimiento corporal quedaba a medio camino entre la escultura clásica y la danza contemporánea. La foto tenía que retratar el coraje de estas personas…

SHANGAY ⇒ Supongo que habría una contraprestación… ¿Cómo se tomaban el participar en el proyecto?
TERESA MARGOLLES ⇒ En cada foto que tomaba, lo hablaba con ellos. Les contaba que serían parte de una pieza de arte. El tiempo que me dedicaban era trabajo: existía un intercambio. En este caso les entregué despensas de comida. Y cuando hacíamos las fotos, mucha gente quería participar. Otros no, pero se quedaban curiosos mirando. Estas personas lo que sí tienen es tiempo, sobre todo si no los contratan. Formaban un semicírculo atrás, una especie de teatro isabelino en la calle. Cada acción generaba reacciones de ese público: risa, curiosidad, jaleos… Si era más gordito, había risas, también silbidos si eran más guapos, comentarios…

SHANGAY ⇒ ¿Cómo analizaban estos la realidad actual de Venezuela? ¿Había crítica al chavismo, apoyo… o solo supervivencia?
TERESA MARGOLLES ⇒ Yo pasé la frontera con ellos, como ellos. Y vi cómo vivían del otro lado, en Táchira, que es la parte venezolana. En general, había disgusto. Son gente pobre, arrimada a las orillas. No me tocó ver a la gente rica. Que también existe. Pero los más pegados a la frontera son pobres. Lo que sí se notaba es que en Táchira hubo una riqueza que jamás hubo al otro lado, en Colombia. Aun en decadencia, la riqueza se notaba: el tipo de negocios, las casas, los edificios… Se notaba una época pasada mejor.

SHANGAY ⇒ ¿Qué usos le diste finalmente a las camisetas recolectadas?
TERESA MARGOLLES ⇒ Yo las recogía, e inmediatamente las guardaba en bolsas precintadas herméticamente. Las etiquetaba con el nombre, la edad y el origen de procedencia de cada hombre. Me interesaba saber el desplazamiento, que hacen caminando, que habían realizado hasta llegar a la frontera. La primera vez que las usé fue en el Teatro Gorki, en un festival teatral. Embarré con ese sudor los cristales del teatro para que el público que asistiera mirase a través de ese sudor. Luego, en el Witte de With the Rotterdam, fue cuando las incluí en un cubo de cemento, como ese estorbo que está ahí en distintas maneras…

SHANGAY ⇒ ¿Reproducen las dificultades de paso de los trocheros una vez que se cierra el puente?
TERESA MARGOLLES ⇒ Entre otras cosas. Eso fue lo definitivo: una vez cerrado el puente, la gente se ve obligada a seguir pasando por debajo. Enfermos, ancianos, embarazadas, madres con bebés e incluso cadáveres, porque también se transportan ataúdes: todos atravesando un río por cualquier senda. Ya no se pueden usar carretillas: el peso ahora lo cargan sobre el cuerpo. Esos caminos que se usaban antes solo para los colectivos [se refiere a contrabandistas y criminales] ahora se han abierto a una necesidad general de la sociedad. Porque hasta los niños que van a la escuela tienen que ir por las trochas. Han pasado de ser clandestinos a ser cotidianos. Venezuela es un país con sus reglas de migración, y Colombia tiene las suyas. Pero debajo del puente se han establecido otras igualmente férreas y disciplinadas, es impresionante la coordinación que hay. Algo tan complejo, con tanta gente, se organiza desde abajo.

SHANGAY ⇒ También descubres que la trocha no es un trabajo solo de hombres. Que las mujeres, ante la necesidad, también se hacen trocheras. Las has fotografiado escenificando los pesos que cargan con grandes piedras. ¿Por qué?
TERESA MARGOLLES ⇒ Porque lo que cargan es el país. Se llevan Venezuela con ellas. Alude también a algo de la inutilidad de todo ese esfuerzo que apenas te da para sobrevivir. Esas piedras también son su vida, su pasado, su memoria. Ellas también eran carretilleras… Es curioso porque cuando existían las carretillas, los hombres competían por el trabajo. Ahora ya no. También se ha dado la necesidad de asociación: ahora los hombres tienen que ir en grupos de dos o tres, para poderse ayudar en la troncha. También ayudan a las mujeres a cargarse los pesos. Si no, es imposible pasar: corres el riesgo de caerte, lastimarte, inutilizarte.

También es curioso que a las mujeres, otras mujeres les confían a sus hijos para que los pasen. Porque ellas no saben atravesar la trocha. Así que se convierten también en guías: conocen el terreno. Aunque es un terreno en constante cambio: si llueve, el río crece, y unas zonas se vuelven impracticables, mientras otras cambian de forma. Y hay que volver a empezar. Todos estos cambios les han dado mucha seguridad: ellas ahora son conscientes de que su trabajo es necesario. Ya no es la economía: es que realmente responden a una demanda social urgente.

SHANGAY ⇒ ¿Por qué no las fotografiaste como a los chicos?
TERESA MARGOLLES ⇒ Al principio, las chicas también querían quitarse la camiseta y entregármela, como los varones. Querían participar y entregar su sudor, que era tan valioso como el de ellos. Pero a mí eso me preocupaba: no quería exponerlas. Al quitarse las ropas… estaban rodeadas de varones que las miraban, y ellas duermen en la calle en una zona de muchísima inseguridad. Era comprometerlas, así que ideé otro trabajo para ellas. Pensé cuál sería el adecuado para representar también su posición.

SHANGAY ⇒ Esos jóvenes que has retratado, ¿veían su situación actual como algo transitorio, tenían sueños de futuro o estaban ya anclados a esa dinámica de subsistencia cotidiana?
TERESA MARGOLLES ⇒ Casi todos venían de trabajos anteriores. O eran estudiantes. Conocí a dentistas, taxistas de motos, mecánicos, expropietarios de tiendas… Y de esas condiciones pasan a estas, a dormir en el suelo al raso. Sin baño, sin poder cambiar de ropa o lavarla… Sus propios cuerpos, físicamente, se van deteriorando. Y entonces comienzas a parecer otra persona. Ya no eres un desempleado, ahora eres otra cosa. Y esa imagen transformada, forzada por unas condiciones esclavistas, es la que llega a Colombia, la que termina generando oposiciones a la migración y xenofobia. Eso también los hace cambiar: el estigma se vuelve algo presente.

SHANGAY ⇒ Aquí has vuelto a trabajar con fluidos corporales. Es una materia muy complicada para el arte, y parece que solo tú has logrado utilizarla con pericia…
TERESA MARGOLLES ⇒ Con los cadáveres trabajaba más bien con los restos. Lo que rodeaba al fluido: las aguas de lavarlo, las grasas disueltas en otros productos…, es lo que quedaba del cadáver, la sangre que quedaba en la tierra de los tiroteos, que se seca… En México el viento la levanta, y quieras o no, ese polvo de sangre te salpica. Llega a tu piel. Pero llegado un punto, decido abandonar los trabajos con el cuerpo muerto, de la morgue, porque el cadáver ya está muy presente en la calle. Ya son muchos en las calles. 2010, que fue el año más violento que tuvimos, ya ha sido superado por este pasado. El año más violento de la historia del México actual.

SHANGAY ⇒ También vuelves a hablar de sistemas paralelos: ya lo hiciste con el narcotráfico, ahora con estas perversiones fronterizas…
TERESA MARGOLLES ⇒ Pero en este trabajo me interesan más ellos, los individuos, que cualquier sistema o el por qué se ha producido esto. Yo quería escucharlos, incluso mantener relaciones más directas con ellos. Me gustan los testimonios, pero también volver y encontrarme a las mismas personas. Saber que están bien… Cuando te cuentan las historias de lo que sucede por las noches, te desgarra. Para bien y para mal: hay de todo, desde abusos a nuevas familias protectoras que se crean. Muchos también se adentran en Colombia, y en su camino se van quedando. Se cruzan con gente, que también es muy solidaria. Y todo esto genera algo que también me interesa profundamente: el mestizaje. Muchos de los nuevos colombianos del futuro tendrán raíces venezolanas.

SHANGAY ⇒ Me gustaría ahora que habláramos de Pista de baile (2017), un proyecto que pensaste para hablar de la exclusión social de las mujeres transexuales en Ciudad Juárez, abocadas a la prostitución por el propio estado…
TERESA MARGOLLES ⇒ Mi primer trabajo fotográfico en Juárez versaba sobre un retrato de la ciudad, de sus casas y edificios, como cuerpos. Creo que todo venía inspirado por unos versos de Onetti, «Tan triste como ella”. Me di cuenta de que la ciudad era tan triste como las chicas trans. Sobre esa idea me puse a trabajar. Entonces conocí a Carla, una señora trans, no joven, vieja. Nos hicimos amigas. A partir de nuestra relación, me fui metiendo más. Yo, como mujer, realmente no tengo nada que hacer en ese mundo. Soy otro estorbo. Les quito tiempo. Pero nos hicimos amigas, y me presentó al resto. Es cierto que me gusta mucho oír testimonios de realidades que no conozco. Con Carla comienzo a documentar una realidad que no conocía: la destrucción de las zonas de travestis.

SHANGAY ⇒ ¿Cómo que la destrucción?
TERESA MARGOLLES ⇒ Las autoridades, no sabemos bien basándose en qué, decidieron creer firmemente que la violencia de la ciudad la generaba la diversión. Y entonces arremeten contra estos centros de placer, diversión y no normatividad que son los clubes de transexuales. Ellas eran sobre todo bailarinas, cantantes, transformistas…, y las autoridades, destruyendo sus lugares de trabajo, las obligan a convertirse solo en prostitutas. Las dejan en las calles, y además en la prostitución más barata, la que antes te lleva a la enfermedad. Con la destrucción de los bares, desaparece también una memoria de la ciudad.

En un momento dado, fui a visitar estos lugares y no quedaban ni los restos. Primero fueron casas abandonadas: encontrabas tacones, espejos, cortinajes por los suelos. Pero luego lo arrasaron. Un día, paseando por allí, no me preguntes por qué, me dio por agacharme y mover un poco la tierra, el polvo. Quería ver qué habían dejado, y lo único que quedaba eran las pistas de baile. Tapadas por los escombros. Eso me dio la idea: iba a descubrir ese resto, limpiándolo y baldeándolo, y las iba a traer de vuelta, a las chicas, a sus bares.

SHANGAY ⇒ ¿Por qué las fotografiaste alejándote tanto de ellas?
TERESA MARGOLLES ⇒ Uno puede apreciar que no son retratos. O que no se fotografiaron con esa convención: están como perdidas, pequeñitas, en un espacio destruido. Esa la idea: podrían destruir la ciudad, podrían destruir sus zonas de trabajo, pero a ellas nunca. Por eso están tan dignas, tan bien paradas, tan bien vestidas y maquilladas. Guapas.

Es demoledor que las expulsaran a las calles. En una ciudad mundialmente conocida por los feminicidios, resulta muy doloroso que las autoridades fomenten ahora el transcidio… La última imagen que tengo de Carla fue desde mi furgoneta. Miré por el retrovisor y allí estaba ella, con una luz preciosa en la cara: la del desierto al atardecer. Estaba sentada en una esquina de la calle, con unos condones en la mano. Pensé: «Cuando regrese, le voy a hacer esta foto». Y no pudo ser: al cabo, la mataron.

Toda mi hipótesis de que no importa que destruyan las ciudades, o nuestros sitios, porque las personas sobreviven, se derrumbó el día que asesinaron a Carla. La encontraron en una tapia, que es como llaman en México a esas casas abandonadas y semiderruidas. Las autoridades las dejaron así para que sucedieran estas cosas, y poder asustar así a los que llegaran a ocuparlas… A Carla la encontraron con la cabeza destrozada con una piedra. Esto motivó un cambio total de esa serie de fotos. Ahora cuando la expongo, su foto la he sacado de la zona en color. La pongo en vertical, en blanco y negro. Así la expuse en la última Manifesta, en un hotel de prostitutas que me prestaron un cuarto.

Ahora incluso voy más allá: tengo su certificado de defunción, tengo la piedra con la que la mataron, y esto lo pongo junto a la foto enmarcada. Y también pongo una alfombra roja y cortinas de lentejuelas alrededor. Los mismos elementos, pero elevados a lo que me queda de ella: el recuerdo. Es muy simbólico, y quiero hablar con ella de todas las que siguen cayendo. Porque Carla era vieja, era pobre, estaba enferma, era puta… Si los asesinatos, generalmente, en México se publican a portada, el de Carla apenas lo recogió una columna pequeñita. Con un titular del tipo: «Viernes violento: una vestida que se hacía llamar Carla hallada muerta». Y punto. A nadie le importa que su asesino siga suelto.

SHANGAY ⇒ Habiendo trabajado tantos años con la violencia, desde la del narcotráfico a estas de tus últimas exposiciones, ¿cómo te sigues enfrentando a ella? ¿Estás inmunizada, ya no te hace mella?
TERESA MARGOLLES ⇒ La muerte está presente de siempre. Para todos. Basta con levantar una piedra en un campo y ver putrefacción y muerte. Y vida que se alimenta de ella. Vengo de una zona muy cálida de México, donde los mangos y las papayas caen al suelo y dejan una capa de putrefacción, donde es fácil caerse. Ahí empezó mi curiosidad por el ciclo vital. En México era habitual encontrar animales muertos en las cunetas de las carreteras, por las calles. Ahora, con el incremento de la violencia, lo que encuentras son cadáveres humanos. En México casi todos tenemos amigos asesinados. Esto cambia totalmente tu percepción. Yo me crie en un sitio tan violento como Sinaloa. Cuando llegué a Juárez fue precisamente para investigar los feminicidios. Era algo que no podía comprender: no entendía qué estaba pasando, y me fui allí a verlo con mis ojos. Fui con una beca que me dio apenas para alquilarme un coche, y me quedé doce años. Tengo un estudio allí. Todos los días hablo con mis amigas de allá. Realmente, ya no sabes hacia dónde darle…

SHANGAY ⇒ Por mucho que nos gustaría, los individuos se ven imposibilitados para revertir una situación como la de Juárez. ¿Tú vislumbras alguna solución?
TERESA MARGOLLES ⇒ No es Juárez. Es todo México. Esto ya se extendió. Lo peor es que fueron las madres de Ciudad Juárez, buscando a sus hijas, las que nos dieron la primera señal. De lo que podía pasar en todo el país. Y nadie las escuchó. Porque o «solo eran las de Juárez» o es que esas niñas «se lo merecían». Y mientras ellas desesperaban buscando a sus hijas y a las de otros. Nos gritaron desde Juárez. El epicentro del dolor. De allí surgió el rugido y nadie lo quiso escuchar. Ahora está en todas partes. Ahora todos los días desaparece o aparece una chica muerta en cualquier ciudad de México.

Estorbo se puede visitar en el espacio Nadie, Nada, Nunca, No (C/Arganzuela, 8) de Madrid hasta el 19 de junio, En horario de 17h a 20h.

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Shangay

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