22/09/2019

Dos curas besándose en la calle: ¿Amor, morbo, provocación, arte…?

3 septiembre, 2019
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Dios Padre:

Nunca fui un niño tradicional, casi ningún infante lo es, pero yo era de los raros. Como niño raro, ya muy narcisista y escandaloso desde pequeño, quería ser cura de la Iglesia cuando fuese mayor, me encantaba hacer extraños espectáculos ceremoniales y recuerdo cómo un día armé una procesión, con una amiga, en la que aventábamos semillas de maíz por todo el jardín, episodio que se recordó a través de los años, dado que las mazorcas seguían creciendo y creciendo.

La religión me confundía; México es un país muy católico, pero además el estado de Chiapas incluye las creencias de muchos pueblos indígenas, y aunque mi padre –budista en aquel entonces antes de los chamanes, los arcángeles y los gnósticos– y mi madre –ella sí era católica– a veces me llevaban a misa, creo que las sufrían aún más que yo. A los 11 años hice mi primera comunión, ceremonia cuyo punto álgido fue que me regalaron por primera vez un módem (soy de esa generación de treintañeros) y a media ceremonia cuchicheaba con unos amigos cómo es que se podía ver pornografía gracias a Internet. 

A los 15 años ya no le vi ninguna coherencia a Dios padre, y ateo me volví. Aun así, por más ateo que se sea, al vivir en una sociedad donde los días y años se cuentan a partir del nacimiento de Cristo, y donde las vacaciones giran en torno a que la Virgen María dio a luz al niño Dios, algo a uno se le queda. Con las hormonas dándome vueltas me di cuenta que gay era, y que el deseo carnal me venía a la piel, dos cosas que “hacen llorar al niño Dios”.

Dichos pensamientos alentaron la integración de un morbo religioso a mis fotografías, y, en especial, la sesión fotográfica que presento, de los curas dándose amor, llegó a mí casi como una señal divina. Les cuento; un buen amigo de León Guanajuato me regaló una bolsa con los atuendos auténticos de su difunto tío, el cual era cura. Como diría mi madre, fue como “poner la Iglesia en manos de Lutero”, todos sabíamos en ese momento en qué iban a acabar esos hábitos religiosos y mis fotografías.

Entonces, finalmente, armé yo mismo una escenografía, me inspiré en un famoso arquitecto japonés llamado Tadeo Ando, quien diseñó un altar donde la cruz es un hueco enorme que da al exterior. En mi interpretación le di un aspecto gótico pintando todo de negro y, para las escenas que incluían a un monaguillo armé unas alas de malla de metal cubiertas de lechugas, con una mesa cubierta de manzanas.

Curiosamente, fue ahora a la edad de la muerte de Cristo (su primera muerte), 33 años, que hice esta sesión de fotos. Considero que uno de los aspectos que más incomprensión me causan de los curas y las monjas es la supresión de la sexualidad, y, claro, el rechazo a la homosexualidad. Por ello, en esta sesión de fotos expreso una comunión entre la espiritualidad, la sexualidad y la homosexualidad.

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Shangay

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