19/01/2020

Cuento contra la LGTBIfobia para finalizar la Navidad

7 enero, 2020
Léetelo en 5 minutos

“25 de diciembre; 7:00 de la mañana. Navidad. Tienes 25 años y vuelves con tu pareja a casa después de haber disfrutado de una buena Nochebuena. Sabes que tienes comida familiar en unas horas, y también que no vas a ser el único con resaca. Recuerda: es Navidad.

Caminas entre cansado, excitado y quizás un poco borracho. Los pies te duelen un poco pero eso es buena señal: siempre que duelen los pies es porque la fiesta ha merecido la pena. Aún os queda un paseo hasta casa pero no os importa. Habláis de cosas absurdas: le dices que no tuviste que beber tanto, que para Nochevieja intentarás relajar un poco el ritmo de las copas, él te responde que no pasa nada, que estás de vacaciones. Te ríes y él sonríe. Agradeces compartir este momento con él. En Navidad los momentos más cotidianos tienen un brillibrilli diferente.

Un grupo de chicos jóvenes pasan por vuestro lado y se te erizan los pelos de la nuca. No dices nada porque quieres hacerte el valiente. No quieres que él sepa que esa sensación te acompaña día sí, día también desde que tienes 14 años, desde la primera vez que alguien te miró con asco… Es la alerta natural de aquel que percibe el peligro. Ese cosquilleo que hace que las gacelas dejen de pastar para mirar alrededor: saben que hay un león entre la maleza aunque no lo ven.

Sigues andando y no dices nada. Una parte de ti confía que sea solo una falsa alarma. Ya ha habido otras. Además, es Navidad. De repente, uno de los chicos se gira y grita “maricones”. Tú sigues andando porque es solo una palabra. Te han dicho mil veces que las palabras no hacen daño, que no hace daño el que quiere, sino el que puede… Pero sabes que ellos pueden. Y, desgraciadamente, ellos también lo saben.

No hace falta mirar hacia atrás porque tu instinto te está avisando: tu cabeza se ha erguido y tienes unos pocos segundos para reaccionar. Los leones están a punto de dar el salto. Primero, os piden el móvil y la cartera. Puedes ver en su mirada que no es eso lo que están buscando. Tus ojos recorren todos los huecos posibles buscando todas las salidas en el caso de que fuese necesario. Tus pies han dejado de doler y tus piernas están tensas. Sin mirarle, puedes notar que él está en el mismo estado que tú: alerta y listo para lo que tenga que pasar.

De pronto, la maleza se detiene abruptamente y los leones saltan. Puñetazos, patadas, insultos… Todo es absurdamente rápido. No hay ningún motivo. No querían tu dinero. No querían tu móvil. Solo querían este instante. Todo por este instante. Los leones cazan para comer. Ellos cazan por diversión. Cuando ya han tenido suficiente, se van. Tienes que pararte, respirar, luchar para que tu corazón no salga del pecho.

Ahora viene la parte muda, la que no te cuentan en las noticias. Esos minutos en los que intentas encontrarte a ti mismo, en los que no sientes dolor porque estás hasta arriba de adrenalina. Notas cómo cae algo caliente por tu cara. Aún no sabes que es sangre. Sacas el móvil y marcas el número de la Policía Nacional. Tienes que decirles que te han pegado pero, de pronto, algo tan sencillo parece imposible.

Cuando oyes su voz desde la centralita, le cuentas atropelladamente lo que ha pasado. Ellos te responden con calma y eso te confunde: ¡te acaban de dar una paliza por maricón en Navidad! ¡¿Cómo puede hablarte tan calmado?! Cuando cuelgas, esperáis. Habláis de la situación y sois incapaces de determinar cuánto tiempo ha pasado desde que colgaste. El tiempo se ha vuelto jodidamente relativo.

Hablas con ellos y, por primera vez, te ves contando que te han dado una paliza en la calle. A ti. Esta vez el que saldrá en las noticias eres tú. No es un desconocido. Te ha pasado a ti. Cuando llega la policía y escuchan tu relato, empezáis a sentiros seguros. Y es entonces cuando el cuerpo, agotado hasta el extremo, grita: tu pareja se empieza a convulsionar y tú no sabes como reaccionar. Los policías piden ayuda sanitaria y tú te asustas porque en el cine, cuando alguien empieza a tener espasmos, es una mala señal. Mientras le miras asustado, solo las luces de la calle y un villancico lejano parecen recordarte que es Navidad”.

Me gustaría decir que es un macabro cuento navideño. Un duro relato como contrapunto a tanto villancico. Pero no es así: la mañana del 25 de diciembre de 2019, una pareja homosexual fue agredida en plena Gran Vía granadina por dos hombres y un menor de edad. Desgraciadamente, el conjunto de datos no es alentador: según el director del Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia, en España no solo se están incrementando las agresiones homofóbicas, sino que incluso se están normalizando.

En Madrid, por ejemplo, y según datos recogidos de la misma institución, en abril de este mismo año se registraba una media de una agresión diaria. En Castilla y León, diversos colectivos trasladaron su preocupación a Mercedes Martín, delegada del Gobierno en la comunidad, preocupados por el aumento de agresiones. En algunas comunidades autónomas, los números asustan: las agresiones homófobas se han doblado en comparación con los datos de 2018.

El auge de partidos como Vox no está siendo un apoyo, ya que su discurso político se nutre, principalmente, de la desinformación y los tópicos malintencionados. Normalizar el Orgullo como una fiesta sucia y denigrante o al homosexual como un enfermo mental al que se puede curar dibujan una idea irreal sobre el colectivo. Y eso, nos guste o no, cala en la población. Y los números también desmontan el mito del extranjero como agresor: en Madrid capital, la mayoría de agresiones tuvieron lugar en los distritos Centro y Moncloa.

2019 ha quedado atrás. Dependerá de todos nosotros luchar por que historias como esta sean la visión del fantasma de las Navidades pasadas. Una tragedia que nos haga reaccionar ahora que aún estamos a tiempo. Somos supervivientes. En Navidad y todos los días del año. Que nadie os diga la contrario. ¡Feliz 2020!

x

Shangay

Toda la actualidad LGTB + Cultura + Sexy + Ocio. Contenidos exclusivos cada semana en tu correo.