25/10/2020

Relatos gais (des)conectados: “Todos me la quieren chupar”

9 octubre, 2020
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Capítulo 18

Con la cerveza en la mano le sigo a él y a sus amigos dentro del portal. Me los presenta mientras esperamos el ascensor, y cuando entramos veo cómo me miran los dos chicos, de arriba abajo. Me comen con la mirada. No lo van a decir en voz alta, pero si me acercara a alguno de ellos me la chuparían sin que les importara su amigo.

Cruzamos la puerta y veo que la cosa allí dentro se está empezando a desmadrar más que cuando me fui. Todos siguen bailando, todos siguen drogándose. Veo a un par de chavales rociando un poco de spray en una camiseta y luego besándose a través de ella, como echándose aire el uno al otro. Me pregunto qué será esa mierda. Me fijo también en el chico de los calcetines altos Adidas, está tumbado en un sofá, tocándole el rabo a otro tío que va desnudo, delante de todos. A mis nuevos compañeros parece darles igual, solo echan un vistazo rápido y los ignoran. Los dos amigos suben las escaleras y este chico, Y, va directo a la nevera, como si fuera su casa, y me ofrece fumar. ¿No se quita la ropa? Pienso que a lo mejor tiene algún permiso que yo no conozco para saltarse esa norma. Le pregunto, pero me ignora, y salimos a la terraza aun vestidos.

Creo que está algo enfadado porque no le escribí. Es raro porque no hace ni un par de horas que había mirado su número de teléfono pensando en qué teclas pulsar, pero aunque se lo dijera ahora no me iba a creer.

–¿Has venido solo? –me pregunta. Le noto celoso por que haya venido con mi amigo, el de la sauna. Si el supiera que solo he visto a ese tío dos veces, que ni nos hemos tocado, y que solo le he llamado para no venir solo aquí…

–¿Y de qué conocéis a Sebas? –vuelve a preguntar. Está serio, pero me sonríe, me mira a mí todo el rato mientras yo no puedo dejar de mirar a mi alrededor. A través de la ventana veo a dos personas desnudas metiéndose en el baño, y a otros que bajan de la planta de arriba chorreando sudor.

–¿Quién es Sebas? –le contesto mientras veo que la terraza, aunque está mucho más vacía que antes, también tiene su propio espectáculo; un tío se la está comiendo a otro en una esquina oscura. Él sigue ignorando todo aquello mientras fuma y le da tragos a su cerveza, yo aún no he tocado la mía.

–El dueño de la casa –me responde. Pienso entonces en el pasivo delgado que me ha invitado, y en cómo se lo estará montando aún con mi amigo en la habitación de arriba.

–Pues no sabía ni cómo se llamaba… me ha invitado por la app.

–Qué típico de él –me dice riéndose, echando un vistazo rápido al salón para ver si le ve, pero no le encuentra–. Tiene predisposición por los que parecéis heteros.

¿Heteros? Pienso, tengo menos pluma que sus amigos, desde luego, pero me hace gracia que me llamen hetero. Me dice que eso es bueno, me pregunta por mi ex. Le digo que tuve una chica, y después un chico. Me acuerdo de ellos por un instante, y miro hacia la calle distrayendo esos pensamientos de mi cabeza. No es el momento. Él se lo toma a broma, se cachondea, no le sorprende que haya estado con chicas. Pienso en preguntarle si él ha estado con alguna chica alguna vez, pero algo me dice que no. Me pregunta por el dolor de cabeza y por mi trabajo. Se interesa por mí, mientras que yo no sé muy bien qué preguntarle.

–¿Azafato? –le digo cuando me cuenta a qué se dedica. Él se ríe, y le miro de arriba a abajo, pensando en si se la habrá comido a algún tío en los baños del avión y, si no lo había hecho, si podría hacerlo conmigo alguna vez. Me acuerdo entonces de cómo la come, de cómo me flipa, y se me empalma un poco dentro del pantalón. Me alegro de seguir vestido, aunque me habría dado mucho morbo que me la notara dura.

Vive solo, eso me facilita mucho las cosas, pero entonces pienso en cuántos tíos se habrá podido llevar a ese piso. Pienso en todos los que me llevaría a un piso para mí solo.

Me la va a volver a chupar, estoy seguro, y quiero que sea en su piso. No allí, no en mitad de la terraza como están aquellos dos. Quiero sentarme en un sofá, encenderme un piti y tenerle de rodillas frente a mí, trabajándomela, esta vez sin nadie alrededor. Esta vez solos, y tenerle para mí, para hacer con él lo que quiera. Y él se va a dejar, lo noto, también quiere. Aunque ahora no está haciendo nada por acercarse a mí, no está de humor, supongo. No sé si piensa que soy un cabrón, no se si le pongo lo mismo que él me pone a mí. Tengo que camelármelo un poco.

—Te iba a escribir –le digo, y él se sorprende–. Esta noche.

–Ah, ¿y por qué no lo hiciste?

–Estaba destrozado, no iba a poder salir de casa –no le iba a mentir, es la verdad, estar allí no era mi plan. Tampoco me iba a poder correr esa noche.

–Pues aquí estamos, tercera vez que nos encontramos de casualidad. ¿No? –me dice mirándome directamente, parece que se acaba de calentar, se le baja la vista al pantalón, pensando en cómo quitármelo. Yo miro de nuevo por el cristal, imaginando que le subo arriba, pero solo de pensarlo me duele más la cabeza. Pego un trago de cerveza y sigo con su cachondeo.

–Sí –le contesto–. Ya sabes lo que dicen de las terceras citas.

–No, la verdad es que no lo sé… –¿Quién no cae en la coña de la tercera cita? Este tío es raro, pero me hace gracia. Los dos sabemos qué queremos, pero tiene razón, esta tercera vez es rara, estamos raros. Estamos hablando por primera vez y no vamos a follar, hemos empezado al revés. Si es que hemos empezado algo.

–¿Por qué no? Una cita moderna –él se ríe tímido, sé que le gusta que haya dicho la palabra cita. Detrás de esa careta de guarro sospecho que hay un romanticón. Es mayor que yo, se le nota en algunas cosas, pero mejor, por eso lo hará tan bien. Por eso tendrá una casa sola. Por eso se conocerá tan bien este sitio. Que sea mayor me mola.

–¿Qué dicen de las terceras citas? –me vuelve a insistir.

–Que se tiene que follar –le digo apoyándome en la barandilla para ponerme casi de frente a la ventana. Si él quisiera podría bajarme la bragueta ahora mismo. Por un momento pienso en pedírselo, ahora me está empezando a apetecer.

–¿Te puedo decir una cosa? –le digo entonces. Necesito decírselo.

–¿El qué?

Buah, pues que me flipa cómo lo haces… –me acuerdo entonces de la sauna, de cómo volvía a usar las dos manos mientras giraba la cabeza cada vez que se la metía en la boca. Cómo la lengua no paraba quieta, cómo se le escapaba saliva por el lateral.

De repente entran sus amigos en la terraza, van casi desnudos. Me fijo en uno de ellos, está más bueno sin camiseta de lo que me creía. No se nos acercan, los dos miran a Y, creo que se entiende que nos tienen que dejar solos. Pero yo me voy a ir. Sí, porque como me quede, al final voy a hacer que me la chupe delante de sus amigos, y alguno es capaz de unirse.

–Bueno, pues hemos tenido una tercera cita al revés que el resto, ¿no? Sin sexo –me pregunta, creo que ha notado cómo me incorporo y tiro el piti sin intención de coger otro.

–A ver cómo será la cuarta –le digo mientras le doy la cerveza casi entera.

–Si me escribes… –antes de dar un paso más pienso que tiene razón, que ahora tenemos que jugar a escribirnos y que le tengo que dejar contento antes de irme. Cojo el móvil y le mando un guiño. Él se toca el bolsillo, ha notado que le ha llegado. Después se da la vuelta y tira el cigarro mientras yo salgo al salón.

Al acercarme a la puerta me sorprendo, la fiesta ya parece otra diferente ahora que la tengo dura. Un tío se está echando polvo blanco encima del rabo, no la tiene empalmada, pero es grande, y otro se acerca a ella para esnifar, y luego se pone a lamer los restos. El chico de los calcetines está de espaldas contra una pared, se lo está follando el tío al que antes se la estaba tocando. Al pasar todos se me quedan mirando. Y tendrá razón, parezco hetero y les mola, a todos. Algunos me sonríen, están a punto de acercarse a mí pero no lo hacen.

Antes de cruzar la puerta me encuentro a mi colega, al de la sauna, que también está pensando en irse. Le pregunto que qué tal y me cuenta al detalle cómo se los ha follado. Comento con él lo fuerte que es este sitio, y me dice que sí, que al principio sorprende, pero que él me puede llevar a algunos más fuertes aún. Me quedo pensando qué más puede haber allí fuera. Le señalo la terraza, sin exagerar demasiado, y le cuento quién está allí.

–Yo que tú me quedaba –me dice–. Yo es que tengo que trabajar, pero tío… mírales, todos me la quieren chupar. Y a ti también. Eres guapete, eres masculino, tienes cara de cabrón. Van a hacer lo que les pidas. No te centres solo en el chaval de la terraza, no te vayas a echar novio ahora, con todo lo que podrías disfrutar si quisieras.

Si me apeteciera quedarme podría hacer lo que quisiera, me podría tumbar en aquel sofá y esperar a que hicieran cola para comérmela. Podría subir arriba y follarme al dueño del piso y a su colega. Podría volver a la terraza y hacerme un trío con Y y con el amigo de abdominales marcados. Podría. Me podría tirar al que quisiera, me los podría tirar a todos. Podría irme de allí con números de teléfono como para follar cada día de aquí a un mes. Aquello me encanta. Pero me voy, porque la tengo dura pero creo que estoy empezando a tener fiebre, no me voy a drogar para que mañana no pueda ni levantarme. Me vale con la idea de que podría hacerlo, y de que puede que lo haga la próxima que vuelva.

Me quedo pensando en lo que me ha dicho el de la sauna mientras vuelvo a casa. Me quedo pensando en Y. Tengo su número, y ya sé que él tiene sitio, aunque no vivamos cerca. Iré a otro chill, seguro, otro día que esté mejor. Pero antes voy a quedar con él hasta que me quede seco. Todos me la quieren chupar, pero por ahora nadie lo va a hacer como él. Y el que de verdad me apetece ahora es él. Luego ya veremos.

‘RELATOS GAIS (DES)CONECTADOS’
BREVES RELATOS homoeróticos de ficción ESCRITOS POR el periodista pablo paiz

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FOTO: MANO MARTÍNEZ

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