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La (terrible) historia de un acoso por ser un niño ‘no normativo’: “El bullying no se cura; te marca de por vida”

8 febrero, 2021
Léetelo en 6 minutos

Mi nombre es Humberto García. Nací en Las Palmas de Gran Canaria un 22 de enero; mi madre, muy seguidora de las supersticiones y lo esotérico, dice que esa madrugada brillaba en el cielo una enorme luna llena, signo que auguraba el nacimiento de una persona luchadora, constante seguidor de sus propios sueños; muy desencaminada no iba…

Mi historia comienza cuando con tan solo tres años empiezo en el colegio y, en lugar de jugar con los niños de mi clase y los juguetes ‘normativos’ (pelota de fútbol, coches, etc.), decido pasar el rato rodeado de mis compañeras jugando a las casitas, a las familias y al resto de juegos destinados a niñas. Además de eso, me encantaba ponerme pelucas, zapatos y jugar a vestirme de bruja, de brujo, ponerme tacones o lo que pillara por mi casa.

Desde ese momento, aparece el –por desgracia– eterno estigma a través de la frase pronunciada por mi abuela: “Estás fomentando que el niño sea maricón”. A lo que mi madre, perpleja, contestó: “Si el niño es gay, lo es y punto, no se aprende a ser gay o heterosexual”.

Mi carácter curioso y desinhibido causaba cierta molestia en el colegio, me tachaban de díscolo y desobediente para justificar castigos crueles que solo constituyeron el prólogo del infierno que viví durante 6 años: la profesora se esperaba a la salida de todo el alumnado para que, mientras ella recogía sus cosas, apagar las luces y bajar las persianas dándome a entender que me iba a encerrar allí dentro, haciendo caso omiso a mis lágrimas y gritos desesperados que, desde una esquina de la clase, le suplicaban dejarme salir.

En el año 2006 empecé mi nueva etapa escolar en primaria, con toda la ilusión del mundo –y con mi espontaneidad por bandera– me adentré en la clase con mis compañeros y compañeras, todas ellos caras conocidas y muchas amigas.

Ese mismo año, mis padres decidieron ayudarme a conseguir mi sueño: ser actor. Para poder paliar las interminables noches en las que interpretaba todos los diálogos de las ‘malas-malísimas’ de Disney me apuntaron en clases de Ballet Clásico y Teatro dentro de la Escuela de Actores de Canarias. Desde ese momento, me sentí el niño más feliz del universo, porque podía expresar lo que llevaba dentro y mostrar al mundo lo que quería: actuar y, con mi talento, emocionar a los demás.

Sin embargo, los niños del colegio, que tenían un radar para captar la bondad y la inocencia, comenzaron a perseguirme por los recreos con una simple palabra: “maricón”. Aquella que en su momento pronunció mi abuela con tanto desprecio, como si de una desgracia se tratara, se convirtió en el inicio de múltiples situaciones de acoso.

Desde los seis años bajaba tembloroso al patio para que un grupo de niñas liderado por un chico viniera a increparme y a pegarme aprovechando aquello de “si te pega una niña no se la puedes devolver”. Todo ello con el apoyo del director del colegio, de los profesores y madres que me amenazaban con “meterme en un internado por problemático”, y de “profesionales” como la orientadora del centro que derivó a mi madre a un psiquiatra y le recomendó darme medicación para tranquilizar a su desobediente hijo, cuyo comportamiento no era “normal”.

Tras años de corrillos, donde me rodeaban para empujarme de un lado a otro ante la ciega mirada cómplice de las cuidadoras, llegaron las consecuencias para un niño de 8 años que estaba en una situación de ansiedad constante, y me diagnosticaron un trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Según la psicóloga, era una forma de evadirme del temor que me producía ir todos los días al colegio: vómitos, dolor de cabeza, pérdida de apetito y noches de insomnio.

Hasta que un día pronuncié lo siguiente: “Ojalá dormir y no despertar nunca”. Desde ese momento, mis padres –hartos de esa situación y tras muchas amenazas de denuncias al centro– decidieron ir directamente a la Consejería, pero para ello debían sucederse una serie de entrevistas entre el director y los afectados. Después de dos semanas, salieron a la luz las confesiones de ese grupo de niñas y niños que me acosaban por querer ser actor, por gustarme el teatro y porque alguien sensible, que no le guste el fútbol, que se emocione por una canción o por ver una película era directamente un maricón. Y al maricón hay que hacerle saber, a base de golpes e insultos, que está mal ser así

Ese fue el final de mi acoso constante, de mis llantos nocturnos incesantes. Sin embargo, hubo algo que nunca me abandonó: el teatro; mediante películas de Meryl Streep, de Disney u obras de actrices como Concha Velasco, conseguía evadirme del sufrimiento. No me faltó el apoyo de mis padres, de mis amigos que, aunque pocos, eran verdaderos, y de profesoras y cuidadoras del colegio que me daban un simple abrazo al verme llorar desconsolado.

Mis años en la Escuela de Actores dieron sus frutos. A los 9 años me llamaron de la televisión local para un casting en un programa de famosos y niños. Tras pasar las fases, el director llamó a mi madre y le dijeron: “Ha nacido una estrella”. Desde entonces, pasé por ese programa y muchos de la cadena autonómica, me llamaban para galas y eventos, spots publicitarios e intervenciones en sitcoms de producción insular como En clave de ja. Actualmente, sigo formándome, buscando mi gran oportunidad, y demostrando al mundo que nada ni nadie puede conmigo.

Las secuelas siguen latentes, aún tengo TOC junto con brotes de ansiedad porque el bullying no se cura, deja huella, te marca de por vida; a unos los hunde y a otros los ayuda a flotar hacia la superficie en un mar de lágrimas del que no todos consiguen salir.

Hoy estoy aquí para reivindicar el poder hacer lo que a cada persona le guste, librarnos de los estigmas y de lo normativo; ser diverso es lo más maravilloso del mundo, tus gustos y aficiones no deben ser motivo de burla ni de vejación.

El silencio cómplice es una cuerda más en la asfixiante soledad del acosado, pero he conseguido utilizar aquello por lo que me humillaron para luchar por mis sueños y llegar a ser un actor que emocione al público, que haga vibrar y sobretodo, que de esperanza a todos esos niños y niñas que son maltratados física y psicológicamente, que se sienten solos y pensando una y otra vez que no van a salir de esta. Les tiendo mi mano, mi corazón y esta humilde confesión para que puedan volver a sonreír.

Por cierto, no soy gay, y creo que no es necesario decirlo en alto porque quiero normalizar el hecho de librarnos de etiquetas, de relacionar unas actitudes y comportamientos con algo y aprovecharlo para hacer un doble acoso. También, hacer ver que un niño LGTB que esté pasando por lo que yo he pasado tiene aliados que no tienen por qué ser de una orientación sexual determinada. Si te ves en una situación similar y quieres hablar conmigo, puedes hacerlo a través de mi TwitterInstagram.

Los padres y madres que lean esto, por favor, dejen a sus hijos ser quienes quieran ser y como quieran ser: bailarines, actores, actrices, futbolistas, etc. Porque todos, al igual que yo, tenemos esa luna llena interior que nos hace brillar y nos ayuda a conseguir nuestros sueños.

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