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‘El mal de la montaña’, o cómo plasmar la desequilibrada sensibilidad masculina en un escenario

11 febrero, 2022
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Se acaba de estrenar en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español de Madrid la obra El mal de la montaña, escrita por Santiago Loza, que se puede ver hasta el 3 de abril.

Cuenta Fernando Delgado‐Hierro, codirector junto a Francesco Carril de El mal de la montaña, que, trabajando en otra pieza del dramaturgo argentino Santiago Loza, se enamoró de su escritura.

Quedó atrapado por este dispar texto y se embarcó en el empeño de poner en escena El mal de la montaña. Un empeño es algo difícil de entender si no nace en tu propia piel, pero es una actitud que escapa a la razón. Es en estas circunstancias cuando se consiguen metas particulares, siempre interesantes, aunque sean para una minoría.

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Foto: Jose Alberto Puertas

Es el caso de El mal de la montaña, arropada con cariño por el espacio escénico diseñado por Paola de Diego y la iluminación de Paloma Parra, un acertado tándem de mujeres que aportan algo de feminidad a una obra de teatro que destila masculinidad, pero de la buena; no hay brutalismo, sino sensibilidad desequilibrada, de esa que nos sale a los tíos cuando nos ponemos melancólicos y sensitivos.

La dirección tiene claro el camino escogido para llevar a buen puerto un texto a priori inconexo. Habla desde un derrotismo muy propio de una generación que no se escucha. Es curioso que el texto recuerde a una sucesión de mensajes de voz de WhatsApp, en la que los interlocutores no abandonan su particular discurso.

Foto: Manuel Fiestas

A partir de una separación, un trío de amigos mezcla tal situación con cualquier fenómeno surgido en su vida diaria. A veces coinciden en los textos, se responden y ayudan, para luego perderse de nuevo en una divagación neosurrealista que parece no llegar a ningún lado.

La presencia del personaje femenino, Pamela, bien interpretada por Ángela Boix, no saca a la pandilla de colegas de su extraño mundo, donde cada uno sigue pensando en sus temas. Cosa que queda clara cuando Fernando Delgado‐Hierro, en la piel de Tino, explica sus tics secretos para simular que estás a la escucha de los problemas, cuando en realidad vuelas en otra dimensión y vas a tu rollo.

Foto: Manuel Fiestas

Junto a él están Luis Sorolla (Ramo) y Francesco Carril (Manu), que como triángulo funcionan con precisión, pasando de la comedia esperpéntica (como su apertura a ritmo de karaoke) a momentos reaccionarios de impacto de clases. Son estos últimos los que más difícil se asimilan, instantes en los que se magnifica la posición social y se fantasea con matar a los pordioseros que rebuscan entre la basura.

En definitiva, El mal de la montaña es un buen ejemplo de ese otro teatro, de un grupo de autores y una nueva dramaturgia que se están haciendo un hueco en nuestros escenarios y a los que, poco a poco, vamos acostumbrándonos.

Una poética del sentido trágico de la existencia y de la esclavitud de la modernidad que lleva a esta conclusión: aunque parezca que se lo pasan tan bien, ¡qué mal se divierten estos chavales!

⭐⭐⭐⭐

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