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Las piernas de Tom Cruise

1 mayo, 2022
Léetelo en 7 minutos

El 27 de mayo se estrenará por fin Top Gun: Maverick, donde Tom Cruise vuelve a encarnar a uno de sus personajes más icónicos… y homoeróticos. Nuestro nuevo colaborador Juan Sanguino repasa los momentos más sugerentes de su carrera y celebra, cómo no, sus piernas.

En julio de 1990, Tom Cruise apareció en la portada de la revista Rolling Stone. La intención era promocionar la película Días de trueno, donde interpretaba a un piloto de carreras, pero la imagen de aquella portada no podría tener menos que ver con el asfalto: Cruise emergía del agua del mar como una sirena, vestido con unos vaqueros y una camiseta de tirantes mojada, y sonriendo con esa sonrisa que le había convertido en la mayor estrella de Hollywood.

No solo se presentaba a sí mismo como un objeto sexual, sino que parecía encantado con la idea. El escritor Bret Easton Ellis definiría esa portada del fotógrafo Herb Ritts como “el momento en el que nuestra cultura equiparó juventud con masculinidad ambigua”. O, dicho de otra manera, el día que el homoerotismo se hizo mainstream. Y Tom Cruise era su pin up oficial.

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Ilustración: Iván Soldo

El homoerotismo marcó la primera década de la carrera de Tom Cruise. En general porque su presencia resultaba menos viril que la de los actores de los 70 como Pacino, Nicholson o De Niro. Y en particular porque su imagen pública quedó íntimamente vinculada a la imagen que le dio fama mundial: el baile en calzoncillos de Risky Business.

Cruise llevaba la cara tapada por el flequillo y unas gafas de sol. El torso lo cubría una camisa rosa. El centro visual de la escena, por tanto, son sus piernas. En 1983 pocos actores, por no decir ninguno, habían utilizado sus muslos como fetiche erótico o siquiera estético. Y aquel look, una camisa muy holgada y unos slips ajustados, no era un atuendo habitual de los hombres en el cine. De hecho se parecía al atuendo típico de las actrices cuando se levantaban de la cama por la mañana tras una noche de sexo.

La escena en cuestión era supuestamente inocente bordeando lo infantil: Cruise se ponía a bailar en el salón aprovechando que sus padres no estaban. Durante el baile, el actor agarra un atizador a modo de micrófono, se pone de rodillas y se contorsiona hacia atrás. A continuación se tira sobre el sofá boca arriba y levanta las piernas hacia la cabeza. Y para terminar se abre de piernas y simula unas convulsiones, primero boca arriba y luego boca abajo. La escena convertía al espectador en un voyeur inapropiado: Cruise tenía 20 años, aunque interpretaba a un adolescente.

Risky Business elevó al actor a la categoría de mito erótico generacional. Aquel mismo año Cruise también estrenó La clave del éxito. En la primera escena saltaba de la cama en calzoncillos y se ponía a hacer flexiones. Era, oficialmente, un ídolo de quinceañeras, lo cual lo degradó a ojos de la élite cultural. Quizá por eso el actor se embarcó en un proyecto de revirilización a largo plazo: en cada nueva película ofrecía una performance de la masculinidad más impostada.

A pesar de ser la película más taquillera de 1986, Top Gun solo es recordada hoy por la teoría popularizada por Quentin Tarantino de que cuenta historia de amor entre dos hombres: Maverick, el personaje de Cruise, y su rival Iceman, interpretado por Val Kilmer, desfogan su tensión sexual pilotando aviones, y el clímax emocional de la película no es entre Maverick y su novia Charlie (Kelly McGillis), sino un abrazo entre los dos hombres, por fin reconciliados. Para reforzar su tesis, Tarantino señalaba que después de pasar la noche con Maverick, Charlie lleva una gorra, unas gafas de aviador y la misma chaqueta que lleva Iceman.

Tanto el director Tony Scott como el productor Jerry Bruckheimer han negado cualquier intención de homoerotismo, aunque Scott reconoció que para la escena del partido de voleibol, una cumbre del kitsch y de la parodia involuntaria, se inspiró en los sensuales retratos de soldados del fotógrafo Bruce Weber. “Era la única escena con la que no sabía qué hacer, así que decidí rodarla de la hostia. Embadurné a los actores con aceite para bebés, esperé a que el sol estuviera donde quería y les di una pelota”, recordaba Scott.

Maverick y su mejor amigo, Goose, echan un partido de voleibol contra Iceman y su compañero. Todos van sin camiseta, todos brillan y todos chocan las manos por arriba y por abajo haciendo que parezca que se están dando palmadas en el culo. Y de fondo suena Playing With The Boys de Kenny Loggins: “Los cuerpos echando horas, hombre contra hombre”. Vista hoy, cuesta creer que esa escena no esté caricaturizando la heterosexualidad, pero los 80 fueron tan excesivos a nivel ético y estético que hoy día casi todo lo creado en esa década parece una parodia.

Pero quizá sus guionistas sí estuviesen al tanto. El abrazo final estaba descrito en el guion como “Se miran a los ojos durante un momento. Y lo hacen fijamente, aunque los demás les están zarandeando. Al final, Ice estalla… en una sonrisa”. El subtexto erótico del diálogo final (“Puedes ser mi copiloto cuando quieras”, “¡Y una mierda, tú puedes ser el mío!”) está ahí para quien quiera leerlo. Por no hablar de la frase “Me gustaría destrozarte el culo… ¡pero no puedo!”.

Al tratarse de un homoerotismo involuntario, la lectura queer resulta aún más satisfactoria: da cierto placer apropiarse de Top Gun, mamotreto de la virilidad, y hacerlo además con el respaldo intelectual de uno de los popes de la cultura heterosexual, Quentin Tarantino. El director expuso su teoría en una escena de la comedia de 1994 Duerme conmigo, pero ya en 1986 hubo comentarios al respecto. En su crítica del New Yorker, Pauline Kael observó que cuando McGillis salía de escena la película era “un radiante anuncio homoerótico de pilotos meneándose en el vestuario con las toallas apenas agarradas a la cintura”.

Que los propios artífices de Top Gun ignorasen su homoerotismo, hoy plenamente asumido, demuestra que dentro del contexto el cine ubermasculino de la era Reagan este tipo de insinuaciones no eran tan extrañas: en aquella época, el culto al cuerpo masculino se volvió una obsesión y los Stallone y los Schwarzenegger no estaban musculosos para atraer la mirada de las mujeres, sino la de los hombres. En Tango y Cash, Kurt Russell compartía una ducha con Stallone y admiraba el tamaño de su pene.

En Depredador, Carl Weathers y Schwarzenegger se daban un apretón de manos tan intenso y tan largo que sus bíceps estaban a punto de explotar. Porque cuando la virilidad se esfuerza tanto, a menudo acaba dando la vuelta, derrapando y volviéndose una virilidad kitsch. Es decir, una virilidad marica. Algo parecido ha ocurrido con la imagen pública de Tom Cruise.

Con los años su masculinidad se fue volviendo más histérica. Su sonrisa resultaba cada vez más maniaca. Su carisma, más calculado. Y nunca quedaba claro hasta qué punto él estaba al corriente de su homoerotismo. Tal y como advirtió la autora de Entrevista con el vampiro, Anne Rice, cuando se anunció que el actor interpretaría a Lestat en la adaptación cinematográfica: “¿Sabe Tom Cruise dónde se está metiendo? No lo creo”.

Lestat asalta a Louis (Brad Pitt) en un parque en plena noche, le muerde el cuello y le hace volar. En la siguiente escena ya están viviendo juntos a pesar de que no se soportan. Y para paliar el tedio de la vida eterna adoptan a una niña, Claudia (Kirsten Dunst), que en un momento dado se queja de que sus padres “solo quieren peinarme y ponerme vestidos”.

Era 1994, y los rumores de la homosexualidad de Cruise ya eran cultura popular a pesar de su matrimonio con Nicole Kidman, con quien también había adoptado a una niña. La pareja demandaba sistemáticamente a cualquier medio que cuestionase su heterosexualidad. Lo cual hace de Entrevista con el vampiro una elección aún más pintoresca: ¿por qué una superestrella de Hollywood tan empeñada en reivindicar su virilidad se metería en una película que era, a todas luces, una mariconada?

¿Por qué aceptó que Stanley Kubrick radiografiase su matrimonio desexualizado con Kidman en Eyes Wide Shut? ¿Por qué participó en Magnolia interpretando a un misógino cuya masculinidad resulta histriónica, ridícula y patética? ¿Estaba al corriente de que ambos cineastas estaban explotando, aprovechando y pervirtiendo la percepción que el público tenía de Cruise?

De entre todos los enigmas que rodean a Tom Cruise, el de hasta qué punto él participa de su ambigüedad incluso inconscientemente resulta el más intrigante. Un misterio que quizá se quede para siempre sin resolución, porque desde hace unos años el actor se comporta como un robot que solo habla sobre sus extravagantes escenas de acción.

Desde hace una década y media Tom Cruise solo hace películas en las que se juega la vida, en una serie de exhibiciones de virilidad despojadas de toda sexualidad. Hoy sus piernas solo sirven para correr, como si estuviera huyendo de algo. Y su masculinidad, más que nunca, es una performance.

Es el caso de Top Gun: Maverick, donde no habrá ni homoerotismo ni erotismo de ninguna clase. El público ya ha renunciado a su curiosidad y ha asumido que Cruise no tiene un lado privado, sencillamente, porque no existe tal cosa. No hay un Tom Cruise secreto. Y eso es lo menos erótico que puede haber.

JUAN SANGUINO es periodista en Vanity Fair y El país, y ha publicado tres libros sobre cultura pop. El último es Britney. One More Time, una biografía ilustrada de la diva del pop

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