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Relatos gais (des)conectados: “Follar sin condón”

13 mayo, 2022
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Capítulo 55

Follar sin condón

Somos la generación a la que nuestros padres intentaron convencer de usar siempre condón cuando ellos no lo hicieron nunca.

Recuerdo que mi padre me regalo mi primera caja de doce condones cuando tenía 12 años. Mi madre, por alguna razón que no comprendí, se molestó con él por ello. Se quedaron en mi cajón durante algún tiempo. Usé unos cuantos como globos de agua, otros me los puse yo solo en casa para ver cómo olían, cómo sabían, incluso me pajeé con alguno puesto para notarlo y ver qué era aquello. Le dejé el último par caducado a mi mejor amigo del instituto durante el viaje de estudios, por si acaso. No sé dónde acabarían.

Años después de ese regalo, empecé a gastar pasta, pasta de verdad. Dinero que de adolescente no tienes, no ganas ni un céntimo, pero tanta insistencia curso tras curso te convencía de que tenías que usarlos sí o sí, como cuando te advertían que no probaras nunca las drogas o que no apostaras dinero. Estas lecciones de vida que te preparaban para ser un ‘adulto decente’ mientras ignorabas cómo son los contratos de trabajo o cómo ser emocionalmente responsable. Hasta que un día, siendo aún un crío, un amigo presume de lo que hace con su novia y te cuenta que ya no lo usan, que se siente mejor, que ya toma las precauciones ella.

Luego empecé a quedar en secreto con chicos, y había muchos que se la sudaba desde el principio, sin conocerme de nada. Y eso que todos eran mayores que yo. Cuando estuve con el primer tío que me pidió por favor que no me pusiera goma, flipé. ¿No les habían dicho a todos ellos lo mismo que me dijo mi padre cuando entré al instituto? ¿No habíamos estado todos en las mismas charlas de clase? Aunque también te explicaban amablemente que tenías que usarlo hasta durante el sexo oral y, mire señora, que levante la mano el que se haya comido un rabo con condón y que me cuente qué tal. Porque cuando yo chupé aquel látex de mi primera caja de doce… puaj. Ni siquiera de esa segunda que, primerizo, me pareció buena idea comprar de sabor tutti frutti. Reconócelo, tú también la tuviste.

Y al final… me convertí en uno de ellos, me pasé a su lado. Daba igual, se sentía mejor.

Me fijo en la cara del médico, fue la misma que puso mi padre al darme aquellos doce juguetes nuevos con los gritos de mi madre de fondo. Media sonrisa con preocupación y cara de circunstancia. El hombre de la bata blanca me juzga, aunque no debería por su posición, pero me insiste en las normas de esas treinta pastillas que me acaba de dar: una por cada día de este mes, sin saltármelas ni beber alcohol, y que solo me protegerá contra lo que todos sabemos, del resto tengo que seguir preocupándome y usar condón. Tiene que tener más o menos la misma edad de mi padre, y me pregunto si pone esa misma cara porque también conoció a su mujer de joven, y nunca le hizo falta usar ninguno. Pero su profesión es decírmelo, la de este hombre y la de mi padre, aunque sabe de sobra que si estoy aquí es porque no lo voy a hacer. Llegan tarde. Es una tarea que les impusieron y luego se nos escapó a nosotros mismos de las manos. Están perdonados por ello. No tienen la culpa, siempre fue nuestra decisión. Y algún buen hijo, difícil de encontrar como el que no probó una gota de alcohol ni fumó hasta los 18, sí que les hizo caso y lo sigue haciendo. Pero yo no me incluyo.

Y me pregunto a mí mismo: ¿por qué? Supongo que algo sigue fallando y nadie se ha dignado a solucionarlo. Supongo que a todos nos gusta ponernos una pistola en la boca de vez en cuando y apretar el gatillo. O así es como te lo planteaban, con miedo, te criaban para que le tuvieras pánico a las relaciones y a lo mejor ese no era el camino. ¿Cómo pretendían que nos explicaran que el amor tenía que tener límites cuando ellos no los tuvieron? Salvo por prejuicios de pueblo y el deber de formar una familia ,que fueron más que suficientes para muchos. Y ahora que me dicen a mí que me puedo tomar esto, que será mejor o peor, y dejar de tener miedo…, dejar de temer eso por lo que tanto me insistieron. ¿En serio? ¿Esta sensación de liberación había existido siempre y no la conocía? La misma que cuando te enteras de que con un pinchazo en el culo te curas de casi todo.

Respiro al aire libre y miro el móvil, el chat de guarreo abierto y ese culito que nunca me contestó aparece otra vez. Vuelvo a mirar la PrEP, la hago sonar como un sonajero. Ahora puedo tirarme a quien quiera, cuando quiera, como quiera. Que ya lo hacía, pero ahora… Puede que Y influyera en mí más de lo que quiero reconocer para tomar esta decisión. Conocer antes a alguien que ya lo tiene me habría ayudado a verlo de otra forma, sin necesidad de tanta explicación de gente que no ha conocido ni vivido de cerca la libertad que me permito yo.

Y parece que le he invocado, porque me escribe. Corto todo, me pongo nervioso. ¿Por qué el destino es así, justo cuando estaba pensando en él? Me dice de vernos, que quiere hablar conmigo y tiene algo por lo que desahogarse. Yo no puedo evitar que se me acelere el corazón al ver que me ha escrito, que está pensando en mí otra vez. Ahora sí que vamos a quedar, y me lo quiero volver a tirar una y otra y otra y otra vez como si quisiera acabar aquella caja de doce condones sin necesidad de abrirla.

Ojalá mi padre me hubiera regalado una caja con doce consejos para cuando te pillas de un chico tanto como lo estoy yo de este, aunque tampoco fuera a usarlos.

‘RELATOS GAIS (DES)CONECTADOS’
BREVES RELATOS homoeróticos de ficción ESCRITOS POR el periodista pablo paiz

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FOTO: MANO MARTÍNEZ

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