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03/12/2022

¿Cuerpos diversos gais sin complejos en verano? Una asignatura pendiente

29 julio, 2022
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En pleno verano, más que nunca, salen a la luz los complejos relacionados con nuestros cuerpos, sobre todo si no están considerados "normativos". Una lucha constante a la que nos enfrentamos sobre todo en la playa.

El Ministerio de Igualdad acaba de lanzar una –controvertida– campaña que apuesta por que celebremos la diversidad de los cuerpos y nos olvidemos de complejos. Pero todes sabemos que no resulta fácil.

Nuestro colaborador Javier P. Martín cuenta en primera persona sus experiencias en la playa gay por antonomasia de Portugal durante sus vacaciones.

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Ilustración: Iván Soldo

Mientras camino por la Costa de Caparica, al suroeste de Portugal, me doy cuenta de que hay una línea invisible que separa la Playa Fonte de Telha de la Playa 19. No hay ninguna señalización que lo indique, pero con tener ojos es suficiente.

Las familias numerosas, aparatosas y gritonas son sustituidas por otro tipo de fauna: hombres esparcidos a lo largo de la playa se tuestan al sol mirando silenciosamente a todo el que se pasea por delante. En su mayoría están desnudos y solos, o forman pequeños grupos. A menudo esos grupos están compuestos por especímenes similares.

Cerca de mí hay dos chicos altos y delgados de veintipocos años, completamente expuestos al sol en sus toallas y cogidos de la mano. Más allá, tres treintañeros peliteñidos con gorras de raperos y tatuajes por todo el cuerpo fuman y conversan animadamente.

Al otro lado hay un pequeño campamento construido estratégicamente para resguardar en las sombras a cuatro osos que miran sus móviles tumbados bocabajo, con sus culos grandes y peludos apuntando al cielo. Salpicados aquí y allá hay hombres solos de entre 40 y 60 años que no le quitan ojo a lo que ocurre alrededor.

La 19 es una playa nudista frecuentada por hombres homosexuales, y como tal se aplican las reglas pertinentes. No están escritas en ningún decálogo, pero las sabemos y nos ceñimos a ellas. Todos nos cosificamos los unos a los otros, ya sea para desearnos o despreciarnos.

Las miradas, sostenidas e intencionadas, están permitidas hasta el punto de la incomodidad y la impertinencia, pero no debes acompañarlas de una sonrisa amigable: cualquier muestra de simpatía es tomada por debilidad y te hará perder puntos de deseabilidad, la moneda oficial de este microcosmos.

Rápida lección de economía. La deseabilidad es una moneda finita que no puedes acumular sin límite, sino que va desapareciendo de tu bolsillo conforme pierdes ciertas cualidades. Eso convierte la Playa 19 en una pirámide de la deseabilidad, en cuya cima están los chicos jóvenes con cuerpos normativos y penes grandes. Envejecer o engordar supondrán caer hasta la base. Otras cualidades importantes en el exterior, como la masculinidad, la etnia o el nivel adquisitivo, aquí pierden casi todo su valor.

En la Playa 19 somos reducidos a lo que las líneas de nuestros cuerpos dicen de nosotros. Todo esto se extrema al dar unos pocos cientos de pasos tierra adentro, en la zona de cruising más grande y espectacular que he visto jamás. Un frondoso bosque de árboles, arbustos y caminos serpenteantes, un laberinto de pasiones en el que los playeros se adentran desnudos cuando buscan algo más que el agua salada del mar.

Es fácil perderse por los pasillos verdes de este País de las Maravillas. Veo a un hombre montarse sobre un chico como un conejo, otro lleva un sombrero gigante para protegerse del sol, un señor apoyado en un árbol me lanza una juguetona sonrisa dentada que me recuerda al gato de Cheshire. Yo me hago grande y pequeño dependiendo del momento y la compañía.

Este parque de atracciones del cruising es a la vez los siete infiernos de la mezquindad del hombre homosexual. Ser viejo o gordo te convierte en una presencia incómoda, las miradas se apartan de tu cuerpo y este se vuelve más y más invisible a cada paso. Algunos llevan puestos cockrings que les aprietan los testículos más allá de lo sanamente recomendado para exagerar las proporciones de sus genitales. Es una metáfora perfecta, pero no sé muy bien de qué.

Echo un vistazo abajo hacia mi barriga, esa masa de carne blanda y blancuzca que me cuelga del vientre y define mi lugar en esta playa. Dentro de unos años no solo seré gordo, sino también viejo, lo que me sepultará en lo más bajo de la pirámide. A mi alrededor, chicos guapos y con cuerpos apolíneos me rodean con cuidado para no tocarme.

Avanzo un poco y un hombre algo mayor y con cuerpo flácido me mira fijamente. Está aún más bajo que yo en la pirámide, por lo que le rodeo con cuidado para no tocarle. Todos sabemos las reglas de la Playa 19, y nos ceñimos a ellas.

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