Diseñador, director artístico y estilista, Fabián Galindo, mexicano de 30 años afincado en Madrid, tiene una visión muy personal de la moda, que expresa a través de todas las vías a su alcance.
Fabián Galindo se une a nuestra Generación selfi, y comparte en primera personas todas sus vivencias como persona LGTBIQ+ y como versátil creador que se sigue abriendo camino profesionalmente en un mundo que le permite expresar todas sus inquietudes artísticas.
Por ahí no

«Nací en Sayula, un pequeño pueblo al sur de Jalisco, en México. Desde desde muy niño me gustó como vestirme, o travestirme. Le cogía a escondidas ropa a mi hermana, a mi madre, sus tacones. Vivía en un círculo muy conservador, católico, donde era imposible el experimentar con tu sexualidad y tu identidad.
Percibí enseguida que era diferente, pero no no lo podía expresar. Porque veía las miradas de mis padres y mi hermana y sentía que por ahí no se podía ir. El término «gay» no lo conocía aún, pero tenía claro que no me gustaban las mismas cosas que a la mayoría de niños; era muy sensible y femenino, y me gustaba mucho expresarme artísticamente, y todo eso lo tuve que reprimir.
Tenía mi parte femenina muy despierta. Porque si cogía una Barbie de mi hermana, notaba enseguida una mirada reprobadora de mi padre o de mi madre. Y yo, desde mi inocencia absoluta, me decía «por ahí no puedes ir».
Sí, soy gay, pero de eso no se habla

«Fue en la adolescencia cuando me di cuenta realmente de que era gay. Cuando, tras una clase de educación física un compañero se quitó la camiseta y despertó algo en mí. no es que lo sexualizara, pero sabía que algo de gustaba de él… No tuve que hablarlo con mis padres, porque, como decía Juan Gabriel, «lo que se ve no se pregunta» [risas].
Era complicado escuchar a mi padre decir «el joto ese», «aquel maricón», y llegar a llamarme a mí algo parecido cuando supo que era gay. Poco a poco, a pesar de ser el típico macho mexicano, fue entendiendo mi forma de ser, de vestir… Y poco antes de fallecer me dijo que me aceptaba como soy, eso me ayudó mucho. Mi madre y mi hermana, tras el shock inicial de tenerlo claro, me aceptaron tal y como soy. De hecho, a partir de ese momento mi hermana se convirtió en mi mejor amiga y mi cómplice.
Curiosamente, en el instituto no me hacía bullying por gay, sino por mi sobrepeso. Y lo prefería, hasta me sentía agradecido, imagínate… Porque a otros compañeros afeminados (a los que yo defencía) se lo hacían pasar muy mal, incluso les pegaban».
El despertar

«Siempre quise estudiar moda, pero tuve que optar por arquitectura para complacer a mi padre; era lo más parecido a una profesión artística. Llegó un momento en que tuve que dejarlo, porque había mucho cálculo y muy poco estudio artístico [risas]. Me marcó cuando, en una clase, en que yo estaba viendo desfiles de la Fashion Week en vez de prestar atención a las ecuaciones, el profesor me pilló y me dijo de una manera muy despectiva. «¿Y tú qué estás haciendo aquí? Vete a estudiar diseño de moda o algo». Todos mis compañeros se burlaron, me sentí muy expuesto y me fui al baño a llorar.
Así que eso me hizo reaccionar. Sorprendentemente, mi padre me apoyó cuando decidí estudiar diseño de moda en la Universidad de Guadalajara (aunque seguía sin verme aceptado por la manera de expresarme con mi imagen). Aunque la experiencia tampoco me llenó.
Hace seis años, con 24, lo vi claro: me quería ir a vivir a Madrid a estudiar un máster de dirección creativa y estilismo, y así lo hice, aunque no conocía a nadie. Me podía poner por Chueca vestidos o mis Nike color rosa neón, maquillarme y nadie me decía nada; fui feliz desde que llegué. Pude comenzar a experimentar de verdad con mi sexualidad, así llegó realmente mi despertar. Y empecé a descubrir la mejor versión de mí mismo. No puedo estar más feliz de haber tomado esa decisión».
Atrevido y sin frenos

«En lo profesional han sido años de pico y pala. Sin dejar de crear ni un momento, tanto mis propios prendas (obviamente, sin género) como en mis trabajos de estilismo y dirección artística. Supone un gran esfuerzo a todos los niveles: creativo, económico…, pero cuando se tienen ganas, nada te frena. Estoy muy contento de estar desarrollando mi creatividad en Madrid sin sentir barreras. Siempre ando ideando cosas y viendo cómo llevarlas a cabo.
Tengo un sueño guajiro: si un día llego a diseñar el vestuario de una película de Guillermo del Toro, ya moriré feliz [risas]. En todo lo que subo a Instagram le etiqueto siempre. Por si en algún momento cuela, me ve y dice «¿quién es esta persona tan pesada? A ver qué hace».
En constante evolución

«A nivel sexual y emocional me ha ido muy bien desde que llegué. Se puede experimentar en todo momento, no hay que encasillarse. Hoy te puede gustar un chico y mañana una chica, y está bien. No hay nada más lindo que el sexo, y el descubrimiento que conlleva a nivel personal es maravilloso.
Llevo dos años casado con mi marido, y no puedo estar más feliz. Le conocí en esas etapa que te digo de despertar total, y aquí estamos, felices. Sí noto una mayor estabilidad en lo profesional que en lo emocional; sigo en construcción a base de terapia, mucho amor propio y luchando contra el síndrome del impostor. Tengo que seguir explotando mi potencial y plantando cara a mi peor enemigo, yo mismo. Cada vez me atrevo más a alzar la mano y decir «¡ey, aquí estoy, soy Fabián!». Eso es fundamental».


