Una de las razones que te hace elegir un espectáculo cuando decides ir al teatro siempre es la novedad, y este montaje de Constelaciones, ofrece, desde luego, una nueva concepción escénica, en la que el principio que marca este texto del comprometido dramaturgo y guionista británico Nick Payne enlaza nada menos que la teoría del multiverso con el amor.

Fotos: Bárbara Sánchez Palomero
A Sergio Peris-Mencheta y su productora Barco Pirata les gustan los desafíos y esta propuesta en la que se han embarcado, junto al Centro Dramático Nacional, es todo un reto. Al igual que la investigación teatral no tiene límite ni estructura fija, Constelaciones no tiene elenco fijo ni una única banda sonora.
Al llegar al teatro encuentras un maestro/a de ceremonias (Ester Rodríguez/Litus Ruiz) que te explica el sorteo que se desarrolla en los primeros minutos para determinar los dos actores/actrices que van a actuar en la función, y el universo/música también está determinado por el azar. Cualquier combinación de los seis artistas (Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano), tomados de dos en dos, es posible. Los demás forman la orquesta y crean la partitura que acompaña la acción. A priori puede parecer un poco follón, pero el experimento funciona mejor que bien.

El Teatro Valle-Inclán se convierte en una pista circular móvil pseudocircense, con público a tres bandas, que es parte viva de la escenografía imaginada por Javier Ruiz de Alegría, y la nítida iluminación está a cargo de Ion Aníbal. Se crean ambientes precisos en los que se desenvuelve el espacio-tiempo, en donde los oscuros sirven de puente como si de saltos en el reino cuántico se tratara.
Hay que destacar el importante papel de la dirección musical de Joan Miquel Pérez y Litus Ruiz en la producción, siendo muchas veces la música un histrión más. Y hay que resaltar la simpatía de este último, que en nuestra función resultó un cariñoso, afinado y ocurrente moderador.
Las decisiones de dirección son acertadas y perfectamente trabajadas. Se respira una ardua labor previa, en donde la improvisación seguro que ha tenido mucha presencia. Peris-Mencheta se decide por la búsqueda de un trabajo naturalista y minimalista, para no manchar de significado el desarrollo de una representación donde todo ocurre a la vez en todas partes.
Todos los profesionales implicados dan la talla, ya sea a la batería, la guitarra o las voces. Pero esta crítica se centra en los ganadores de la loto que se decantó en la función que yo vi. Paula Muñoz en el papel de la física teórica y David Pérez-Bayona como el apicultor, que entraron en sus roles con decisión respirando un sano nerviosismo al comienzo de obra, que calza como un guante en su primera escena, la presentación de sus personajes. Ambos navegan entre un mundo de probabilidades en donde se llevan de maravilla o se caen como el culo, y entre estos máximos nos muestran todas sus posibles variaciones, en cortas y repetitivas escenas. Trabajar las emociones desde esta ruptura de realidades es especialmente difícil, puede que te toque estar llorando emocionado y en el segundo siguiente vuelves a un inicio de escena con una risa extrema.

David y Paula son parte de esa generación JASP que tiene herramientas suficientes para afrontar los retos que un teatro como este plantea. Ambos cantan y hablan en varios idiomas, saben escucharse entre sí y se complementan de maravilla. Paula Muñoz es una profesional como la copa de un pino, con múltiples recursos y una fuerte presencia escénica. David Pérez-Bayona, artista multidisciplinar con una sólida trayectoria en teatro musical, defiende sobradamente su papel desde una inocencia algo infantil.
En definitiva, nos encontramos ante una profunda función, que ronda con simpatía en el significado del amor, y que no se acobarda ante otras profundas reflexiones sobre la vida, la enfermedad, la soledad y la eutanasia.
⭐⭐⭐⭐⭐
CONSTELACIONES SE REPRESENTA EN TEATRO VALLE-INCLÁN (Plazuela de Ana Diosdado, s/n) DEL CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL HASTA EL 26 DE MARZO.

