España marca un antes y un después en la lucha contra el VIH. El Sistema Nacional de Salud ha comenzado a financiar la PrEP inyectable, y se convierte así en el primer país de la Unión Europea en apostar por esta estrategia preventiva de última generación.
El tratamiento –basado en cabotegravir de acción prolongada– está dirigido a personas seronegativas con alto riesgo de infección y se administra mediante una inyección intramuscular cada dos meses. Frente a la clásica pastilla diaria, esta opción reduce la frecuencia a apenas seis dosis al año, lo que mejora la adherencia y elimina uno de los principales problemas de la prevención: el olvido.
Pero no solo es una cuestión de comodidad. La PrEP inyectable también impacta en lo simbólico: menos pastillas visibles, menos preguntas incómodas, menos estigma. Para muchas personas (especialmente dentro del colectivo LGTBIQ+) supone una herramienta más discreta y liberadora en su vida sexual.
Eso sí, su acceso estará inicialmente limitado a quienes no puedan utilizar la PrEP oral, ya sea por dificultades de adherencia, problemas para tomar comprimidos o situaciones específicas evaluadas por profesionales sanitarios.
La llegada de esta innovación no sustituye a otras estrategias de prevención, sino que las complementa: condón, pruebas periódicas y educación sexual siguen siendo pilares fundamentales. Sin embargo, la incorporación de la PrEP inyectable abre una nueva etapa en la que la prevención se adapta mejor a la diversidad de vidas, cuerpos y realidades.
Menos riesgo
Los ensayos clínicos han demostrado que, en hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres, la profilaxis inyectable logra reducir el riesgo de infección en torno a un 66 %. En el caso de mujeres cisgénero, esta reducción alcanza aproximadamente el 88 %.
Más allá del entorno experimental, especialistas señalan que su uso en condiciones reales –con más de 7.000 personas en distintos países– evidencia una eficacia superior al 99 %, con resultados consistentes en diversos perfiles de riesgo.


