La búsqueda de la novedad es inherente a la curiosidad humana. Las propuestas conocidas suelen despertar en nosotros una sensación de hogar, de terreno propio. Todo lo que se aleje de esto provoca vértigo y una escucha extra que despierta nuestra atención. La compañía catalana El Conde de Torrefiel, que acaba de estrenar Lexikon en el Centro Dramático Nacional, investiga y desarrolla su proceso creativo en esta parcela de incomodidad, huyendo de las respuestas sencillas, para imbuirnos en un entorno de hipercreatividad donde nada es lo que parece.

Fotos: Bárbara Sánchez Palomero
Tanya Beyeler y Pablo Gisbert, a la cabeza de la formación, firman el texto y la dirección de Lexikon, una intervención teatral alejada de cualquier imagen convencional que flirtea con el antiteatro. Muchos son los adjetivos que merece esta producción pero, sin duda, es su originalidad el que se lleva la palma.
Formalmente, la escena del Teatro María Guerrero se interviene en Lexikon para llevarnos a siete mundos diferentes, todos performativos y ninguno ausente de crítica social. Uno de los aspectos primordiales de la obra es la exquisita técnica teatral utilizada. Los ambientes que se consiguen son magníficos y nos acercan a las controversias del mundo del arte contemporáneo en todas sus facetas.
Desde que los cinco intérpretes entran en escena, vemos que la atención no va a estar en sus caras; de hecho las veremos pocas veces, ya que casi toda la acción transcurre de espaldas al público. Para el primer cuadro viviente, Tanya Beyeler, Carmen Collado, Amalia Fernández, Ion Iraizoz y Mauro Molina pintan una copia de un lienzo del grafitero Basquiat, contándonos sin verbalizarlo que estamos ante una pieza colectiva, donde el proceso es el camino y el resultado final una anécdota. El valor del tiempo teatral también queda en entredicho, y desde este primer cuadro se ponen en valor las transiciones entre escenas, que en ocasiones rayan el preciosismo.

La primera declaración de intenciones llega en el segundo mundo propuesto, en el que una enorme marioneta encarna la llegada a la RAE de Enrique Vila-Matas, manejada por Ion Iraizoz. El valor de lo que se dice está por encima de como se dice; todos los textos se lanzan a un micrófono desde una neutralidad deshumanizada. Se respira coña y crítica, pero lo que sobresale es la poesía que el léxico tiene, solo por existir.
Todo continúa con un escenario fucsia en el que los actores pasean entre repartidores de Glovo, dando una idea de hasta donde puede llegar esta locura, para desembocar en una blanquísima Documenta de Kassel y las situaciones surrealistas que sus performances pueden llegar a provocar. Se critica la vacuidad del arte contemporáneo, pero sin abandonar la atracción y el impacto emocional de sus múltiples lenguajes.

Capítulo aparte para la transformación del escenario en una enorme pantalla de cine donde la videoescena de María Antón Cabot, Teo Guillem y Carlos Pardo nos propone una lisérgica película donde, entre colores flúor, navegan una multitud de veraneantes en las playas de Benidorm. Vuelve a ponerse a prueba la paciencia del respetable, alargando hasta el límite un discurso meramente conceptual. Todo acaba con los personajes trasmutados en las cabezas robóticas de José Brotons Pla, que siguen lanzando máximas mientras que la audiencia va abandonando el teatro.
En definitiva, estamos ante una curiosa pieza multimedia, fácil de entender aunque difícil de comprender debido a las múltiples capas que la componen. Se cuentan muchas cosas, desde profundas declaraciones políticas que dejan huella en nuestro subconsciente hasta nimias situaciones anecdóticas difíciles de recordar media hora después. Todo un reto para los aficionados que quieran asimilar nuevos lenguajes artísticos hacia los que un mundo tan fluido se dirige sin remedio.
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