Hay lugares que deslumbran sin hacer ruido, y Benissa es uno de ellos. En la Costa Blanca, este municipio alicantino en plena Marina Alta contiene el equilibrio perfecto entre mar y cultura, entre la tradición y el placer pausado de la buena vida.
Aquí, el Mediterráneo es capaz de colarse en la luz que rebota sobre las fachadas encaladas, en el aroma de los pinos, en las sobremesas eternas y en ese microclima que regala más de 300 días de sol al año. Y todo junto a un litoral de cuatro kilómetros que concentra algunas de las calas más bellas y salvajes de la costa levantina, acompañado de un paisaje de acantilados y pinares que rozan el agua.
Tierra adentro, los senderos ascienden hacia sierras abruptas cubiertas de vegetación y miradores desde donde el horizonte parece no terminar nunca. Un destino perfecto para quienes buscan desconectar y sumergirse en la cultura mediterránea.

Si se empieza por su costa, la playa de La Fustera es una de las más bellas. Rodeada de pinos y formaciones rocosas, combina arena clara con aguas cristalinas en tonos turquesa. Bajo la superficie, las praderas de posidonia la convierten en un pequeño paraíso para practicar snorkel o buceo. Pero La Fustera también es el punto de partida hacia el famoso Paseo Ecológico de Benissa, una ruta sencilla y espectacular que serpentea junto al Mediterráneo entre miradores y vegetación autóctona.
Otra parada imprescindible es la cala de l’Advocat. Su pequeño espigón protege las aguas del oleaje y crea una piscina natural perfecta para nadar tranquilamente. Familias, parejas y amantes del snorkel encuentran aquí un refugio sereno, que armoniza con la presencia del acantilado del Cantalar. Un conjunto de postal absolutamente hipnótico.
Muy cerca aparece la cala del Baladrar. Formada por cantos rodados y dividida en pequeñas entradas naturales, esta cala conserva un aire casi secreto, con un ambiente que invita a quedarse hasta el atardecer. Todo un lujo surgido de la sencillez.
El casco histórico de Benissa posee una personalidad magnética. Pasear por sus calles empedradas es entrar en una atmósfera pausada donde se percibe la huella medieval y renacentista del municipio. Balcones de hierro forjado, portales de piedra, fachadas señoriales y pequeñas plazas silenciosas construyen un entramado urbano elegante por el que lo mejor es perderse. Este corazón monumental gira alrededor de la basílica de la Puríssima Xiqueta i Sant Pere Apòstol, conocida popularmente como “la Catedral de la Marina”. Su imponente arquitectura neogótica domina el perfil del municipio y habla de la profunda tradición religiosa de la zona. Inaugurada en 1929 gracias al esfuerzo colectivo de los vecinos, la basílica impresiona por sus dimensiones, sus tres naves y su gran cimborrio central. En los últimos años se han retomado los elementos originales proyectados por el arquitecto Vicente Pascual, completando las torres con espectaculares pináculos que refuerzan su presencia monumental.

Entre los espacios más interesantes destaca la Casa Museu dels Abargues, una elegante casa palaciega de los siglos XVIII y XIX. Sus paredes conservan mobiliario original, escudos heráldicos, cocinas tradicionales y estancias que permiten entender cómo era la vida doméstica de la burguesía rural.
Pero para quienes buscan caminos rurales y montaña, la Sierra de Oltà y la Sierra de Bèrnia son protagonistas de la espectacularidad de la Marina Alta. La Sierra de Oltà, con su reconocible silueta, está cubierta de pinares y vegetación mediterránea, y regala vistas panorámicas sobre el Peñón de Ifach, la costa de Calpe o Ibiza. La ruta circular conocida como la Volta a Oltà permite recorrer antiguos trazados rurales, pequeños corrales de piedra y zonas boscosas donde el silencio, casi absoluto, huele a romero, tomillo y tierra calentada por el sol.
Más exigente y espectacular es la Sierra de Bèrnia. Sus formaciones rocosas y sus senderos escarpados la convierten en uno de los grandes tesoros naturales del litoral alicantino. En ella se encuentran pinturas rupestres declaradas Patrimonio de la Humanidad, microrreservas de flora y el histórico Fuerte de Bèrnia, construido en el siglo XVI para vigilar los ataques piratas. Es todo un clásico atravesar el famoso Forat de Bèrnia, un estrecho túnel natural que conecta ambas vertientes de la sierra y abre una panorámica inmensa sobre el mar.

También en Benissa encontramos una gastronomía de sabores auténticos. No solo se trata de sentarse a la mesa, sino de participar en una tradición profundamente ligada al territorio. El refrán popular “A Benissa, pilota i missa” resume perfectamente dos de las grandes pasiones del municipio: la tradición religiosa y el placer de comer bien. Entre los platos más representativos destaca la pilota, protagonista del cocido tradicional benissero; el putxero de polp, un guiso intenso y reconfortante de pulpo; el bull amb ceba –ventresca de atún con cebolla– o les coques de mullador.
Y luego está el vino, caldos que mantienen una larga tradición vitivinícola vinculada especialmente al Moscatel de Alejandría y a la variedad al Giró.
Quizá, la verdadera razón por la que Benissa enamora es que encarna el lujo de vivir despacio, sin grandes artificios. Calma, belleza natural, la autenticidad de sus calles, la hospitalidad de su gente… En un Mediterráneo cada vez más acelerado, Benissa sigue siendo ese secreto que muchos prefieren disfrutar poco a poco.
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