¿Qué nos queda por reivindicar en este Orgullo LGTBIQ+?

Responder a este pregunta resulta más complicado de lo que parece, porque, evidentemente, queda mucho por lograr.

Miles de personas se reúnen cada año para reivindicar nuestros derechos.
Miles de personas se reúnen cada año para reivindicar nuestros derechos.
8 junio, 2026
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«Pero ¿qué más queréis, si ya os podéis casar?». Esta es una de las frases más recurrentes que solemos escuchar cuando se advierte de que aún quedan cosas por conseguir con respecto a nuestros derechos. También cuando se denuncia alguna discriminación o cuando, simple y llanamente, se defiende la necesidad del Orgullo LGTBIQ+ como forma de reivindicación. Parece ser que en muchas cabezas se ha instalado la percepción de que el matrimonio igualitario fue el fin del camino en vez del punto de partida, que es lo que realmente era.

Primera manifestación del Orgullo en Barcelona, 1977

Primera manifestación del Orgullo en Barcelona, 1977

Es cierto que no tenemos por delante el grandísimo reto al que se enfrentaron nuestros antecesores cuando, en los albores de la democracia, se propusieron colar la diversidad LGTBIQ+ en el discurso público para así ganar en visibilidad y transformar la percepción social acerca de nuestro colectivo, aunque los desafíos que ahora nos acechan no son menos complejos. El primero de ellos, sin duda alguna, es evitar dar pasos atrás. Desde hace tiempo vivimos inmersos en una ola de conservadurismo global y de auge de discursos que, si no son de odio, se parecen mucho.

«El auge de la ultraderecha en el mundo nos ha puesto en un brete»

Además, la homofobia liberal, que nunca se ha terminado de marchar, ha vuelto con fuerza para ser usada como contraargumento a los señalamientos de LGTBIfobia. «Que cada uno haga lo que quiera, pero en su casa», «yo lo respeto, pero no tengo por qué ver a dos hombres cogidos de la mano por la calle» o «es que hay niños delante» son frases muy socorridas para enarbolar el «sí, pero…». Es decir, para intentar no parecer un retrógrado sin dejar de serlo y para revertir derechos de forma sibilina mientras se nos acusa de victimistas.

El auge de la ultraderecha en el mundo y, con ella, el de otras vertientes conservadoras como la corriente evangélica u otros principios religiosos de corte radical, nos ha puesto en un brete. Aunque los derechos LGTBIQ+ permanecen sobre el papel, cada vez son más las voces capciosas que se refieren a la homosexualidad como una perversión, a la transexualidad como una aberración o a la bisexualidad como un vicio pasajero, cuando no inexistente.

La Administración solo registra un 0,57% de todos los actos de odio al colectivo

Esta situación nos obliga a invertir nuestra energía en contrarrestar discursos y planteamientos que creíamos superados hace ya mucho tiempo. El panorama actual, por tanto, se antoja como una especie de piedra de Sísifo en la que, cuando parecía que estábamos llegando a la cima, la pesada roca de los prejuicios vuelve a caer y todo empieza de nuevo.

«Es muy necesario no ceder en visibilidad y continuar reivindicando nuestros derechos»

Por tanto, en estos tiempos tenemos por delante el gran desafío de hacer frente a los bulos y de luchar contra la desinformación para así volver a humanizar al colectivo LGTBIQ+, especialmente a las personas trans, quienes han sido las grandes damnificadas. También debemos lograr una mayor implantación de la diversidad en las aulas, hacer frente al bullying y aislar, institucionalmente hablando, las propuestas radicales que parten de ciertos grupos políticos, las cuales se acaban manifestando en la calle a través de agresiones, tanto físicas como verbales. Y es que los ataques a nuestro colectivo se han triplicado desde 2024, y la percepción del odio se ha incrementado hasta en trece puntos, según un reciente informe de la FELGTBI+.

Delito de odio médica

Así pues, ante la pregunta de «¿qué más os queda por conseguir?», la respuesta es larga y compleja. Tenemos protección jurídica, sí, pero a veces se mira hacia otro lado con respecto a los discursos de odio o agresiones. También tenemos derechos, pero la realidad nos demuestra que no están, ni mucho menos, blindados. En 2005 acariciamos la cima de la montaña con la aprobación del matrimonio igualitario, lo celebramos y dimos un salto cualitativo gigante.

Ahora, aunque la pesada piedra haya vuelto a caer, confío en que el tejido social, la pedagogía y –ojalá– el sentido común consiga contenerla antes de llegar al punto de partida. Es por eso por lo que en estos momentos es tan necesario no ceder en visibilidad y continuar reivindicando nuestros derechos, tanto en el día a día como en la multitud de Orgullos en las próximas semanas tenemos por delante. Desde luego, no hay mejor forma de empezar a parar la maldita piedra.

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