Ha muerto el pasado 20 de junio en Japón Akihiro Miwa, conocido artísticamente como Miwa, a la edad de los 91 años; su nombre real era Shingo Maruyama. Había nacido el 15 de mayo de 1935 en Nagasaki y sobrevivió a la bomba lanzada por los Estados Unidos sobre esa ciudad japonesa cuando contaba 10 años, padeciendo durante años las secuelas de las quemaduras térmicas provocadas por el artefacto atómico.
Fue cantante, actor de cine y teatro, escritor, analista político y activista por los derechos y la visibilidad queer, aspectos en los que se puede considerar un precursor avanzado. Su fama era mundial, acrecentada por su relación íntima y profesional con Yukio Mishima. En 1987 lo entrevisté para el diario El País y asistí a su concierto de chanson française en el Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde también recreó arias de Tosca.

Luego lo reencontré en varias ocasiones en París y en Tokio, siempre interesado en conversaciones serias alejadas de lo banal. Tuvo una larga trayectoria tanto artística como de activismo social y político que lo convirtió, no sin esfuerzo, en una figura respetada en todos los estamentos culturales y políticos de una sociedad tan rígida y estratificada como la japonesa.
En dos de las fotografías aquí expuestas aparece con Mishima, de quien hablaba reservadamente y nunca queriendo sacar partido de aquella relación singular e intensa que los unió en un Japón convulso por los cambios hacia la modernidad. Siguiendo una tradición sintoísta, la noticia del deceso de Miwa Akihiro no se publicitó hasta diez días después del óbito y de realizados los ceremoniales de funeral.
En 1952, a la edad de 17 años, casi ahogado por la estrechez doméstica de Nagasaki, Miwa se trasladó a la capital, Tokio, donde comenzó su carrera como cantante de cabaret en el ya famoso distrito de Ginza: “No empecé por abajo, sino por el subsuelo; maduré artística y humanamente a la vez, en paralelo, y me iba conociendo a mí mismo a la vez que construía un personaje creíble y rotundo, propio”. Esto me dijo en la entrevista con una voz grave, segura y sentenciosa; el intérprete, facilitado por la embajada de Japón en Madrid, tenía a veces dificultades con los conceptos.
Miwa quería responder con precisión y claridad. Su mirada recta también transmitía eso. Su romance con Mishima fue pasional, largo, muy sexual y expuesto hasta donde un japonés es capaz de hacerlo. Cuando le pregunté si Yukio Mishima era como el del libro Muerto por las rosas, sonrió por única vez en la entrevista y me dijo, con algo de susurro confidencial: “Desnudo, sí”.

Asistir a sus conciertos tenía mucho de experiencia mística. Su personalidad era arrolladora, intensa, por momentos descarnada; pero a la vez, hacía gala de esa contención tan nipona, ese gesto de retracción y distancia que ya establecía un tipo de comunicación protocolar y con mucho de reverencia. Miwa no escondía nada sentimental, se volcaba con una voz quebrada (que al oído occidental muchas veces sonaba a desafinación, sin serlo) dando la impresión de que con cada canción exhalaba su último suspiro.
Experimentando con su apariencia, Miwa dio algo tardíamente con el pelo teñido de amarillo huevo (al estilo rupturista que lo hacían las tribus de los barrios de moda en Tokio) y ya casi no lo abandonó más. Lo hizo seña de identidad, como las uñas rojo sangre y la ampulosidad de las vestimentas de época occidentales. En cierto sentido se unía a la estética del Butoh y su gusto por el esperpento, casi como apariciones fantasmagóricas. Otras veces, era exquisitamente elegante desde lo convencional, pudiendo decirse que manejaba hábilmente ambos registros.
Miwa sufrió la censura varias veces, y fue duramente criticado y combatido por los sectores más reaccionarios y militaristas, a los que fustigó en el teatro, la radio y la literatura. Sus últimas grandes actuaciones fueron en marzo de 2007, el papel de la emperatriz Sisi en la obra L’aigle à deux têtes de Jean Cocteau en Shibuya y, en 2009, Miwa interpretó al Pokémon Arceus en el filme Pokémon: Arceus y la Joya de la Vida.


