Lo bueno de Morella es que te atrapa antes de llegar, en cuanto aparece a lo lejos. La primera visión de su castillo y de sus murallas, encaramados en lo alto de una muela a más de mil metros de altura, quita el aliento. Sobre todo, porque conserva el aspecto de ciudad medieval. Y no se puede más que empezar a pensar en palacios y en historia, mucha historia. Por aquí han dejado su huella cada una de las culturas que la han habitado: iberos, visigodos, romanos, árabes, judíos y cristianos.
Incluso los dinosaurios frecuentaron la comarca hace más de cien millones de años. Ese poder de seducción se acentúa una vez nos adentramos en sus estrechas callejuelas empedradas y salen al paso auténticas joyas de la corona, como el Castillo de Morella, el Palacio del Gobernador, las Torres de San Miguel, el Jardín de los Poetas, la Basílica, el Museo de los Dinosaurios o el Museu del Sexenni, en el que se encuentran todos los elementos que componen las fiestas morellanas más importantes, celebradas cada seis años en honor a la patrona, la Virgen de Vallivana, y declaradas de Interés Turístico Nacional y Bien de Interés Inmaterial.
Morella, que parece eterna, también conserva belleza fuera de su casco urbano. Por ello es muy recomendable salir a recorrer su entorno natural, de una fotogenia especial. Aquí, su paisaje se ensancha gracias a los fuertes contrastes montañosos diseminados por más de 400 kilómetros cuadrados de término municipal.
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Existen rutas que salen del corazón de Morella, o de muy cerca, perfectas para disfrutar de la calma, de las aves que sobrevuelan los cielos tan limpios, de los caminos tranquilos y sus fuentes y barrancos, de las vistas privilegiadas, de las poblaciones vecinas, de sus cimas más emblemáticas o que llegan hasta enclaves fluviales realmente mágicos. Senderos señalizados a los que hay que sumar 37 rutas para bicicleta de montaña.
Sabor castellonense
Claro que Morella es también buena vida y buena gastronomía. Rica, tradicional, sabrosísima, marcada por las montañas y las estaciones. Platos que saben a gloria: sopa morellana, croquetas morellanas, elaboraciones con trufa negra…
Y no pueden faltar los flaons, el dulce estrella, una empanadilla en forma de medialuna rellena de requesón y almendras, de origen árabe y con esa esencia tan medieval y mediterránea que solo algunos lugares como este son capaces de concebir. Por todo ello, es tiempo de poner rumbo hacia Morella, a la que siempre hay que ir… y siempre hay que volver.
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