Hay inviernos que se pasan con manta y series, y otros que se recuerdan porque decidiste salir de casa. El frío tiene mala prensa, pero también guarda placeres muy concretos: ese café que sabe distinto cuando lo tomas mirando brasas, esa sensación de volver con la cara helada y encontrar un fuego encendido, esa conversación que se alarga porque nadie quiere moverse del sillón…
Y lo mejor es que no hace falta tener una casa de campo para vivir esas sensaciones. España está llena de edificios con siglos de historia que se han convertido en Paradores, y que en invierno despliegan su mejor versión como refugios donde recogerse, campamentos base para explorar y, sobre todo, lugares donde el fuego manda. Y es que muchos de ellos esconden chimeneas que son el corazón del lugar. Estancias donde el tiempo se estira, que invitan a quedarse, a relajarse, a sentirse a gusto… y que siempre huelen a leña.
Ojo, spoiler: acueducto, cochinillo y chimenea
Segovia. El acueducto a primera hora, cuando no hay turistas, es el mejor espectáculo silencioso. Perfecto para disfrutar con las manos en los bolsillos y sintiendo el frío en la cara. Después no hay nada como el ritual segoviano: cochinillo crujiente y un ponche que se parte con cuchara. ¿Cómo que dónde? En el Parador de Segovia, por supuesto. Un edificio moderno pero con vistas que parecen pintadas a mano y con una chimenea que invita a acercarse.

Vistas a la ciudad desde el Parador de Segovia.
Por la tarde toca Alcázar y cuestas cortas. Un paseo agradable al tímido sol vespertino porque luego la habitación espera para esa siesta, tan castellana, que el invierno inventó. Segovia funciona por capas: monumentos, sabores, paseos y, al final, el calor del Parador es la última y la más agradecida. Día completo, ritmo tranquilo y cero artificio.

En invierno, la chimenea en el Parador de Segovia cobra gran protagonismo.
El Jerte abriga mejor que un plumífero
Las callejuelas estrechas y los palacios renacentistas de Plasencia obligan a caminar mirando arriba, sobre todo cuando te topas con su catedral doble. Sí, has leído bien. Dos templos en un solo edificio. Y entre historia y portones y bares de vino que atrapan, la ciudad se deja recorrer con curiosidad. Y ya cuando crees que lo has visto todo, aparece el Parador de Plasencia. Zasca. Un convento del siglo XV con un claustro que invita a perder el tiempo. Vamos, un lujo.

Catedral de Plasencia.
El día sigue fuera, en el Jerte, donde el invierno se nota en la cara y en los pies. Por eso la gracia está en volver a la suite, quitarse los zapatos y encender la chimenea… Porque sí, la habitación tiene chimenea y no hay mejor excusa. Y cuando apetece cambiar de aires, la cafetería con su escalera volada es un sitio perfecto para charlar sin mirar el reloj. La bodega abovedada, en cambio, pide copa y confidencia. Plasencia se disfruta con fuego encendido, vino en la mano y conversaciones que se alargan mejor al calor.

Chimenea de la suite del Parador de Plasencia.

Claustro del Parador de Plasencia.
Lo que no te cuentan del volcán: su mejor selfi
Hay inviernos que se disfrutan con bufanda y botas, y pocos lugares lo demuestran tan bien como el Parque Nacional del Teide, en Tenerife. El paisaje se abre como un escenario lunar: suelos que cuentan historias de lava, cielos que cambian de color a cada hora y un aire que despeja la cabeza mejor que cualquier café doble. Caminar por las Cañadas es un espectáculo sencillo y constante: cada curva trae una postal, cada parada se convierte en excusa para sacar una foto y cada paso recuerda que estás en el techo de las islas.

Vistas al Teide desde el Parador de Cañadas del Teide.
El ritmo del día se marca entre senderos y miradores, con la montaña como protagonista absoluta. Y cuando la luz empieza a caer, el Parador de Las Cañadas del Teide, a los pies del volcán, aparece como refugio natural y mirador único a esta imponente pirámide natural. La chimenea del salón manda, con sillones que atrapan y conversaciones que se alargan porque el fuego siempre pide compañía. La habitación, que también mira al volcán y ofrece descanso con calma, se convertirá en otro de tus rincones favoritos. Y a pesar de ello, querrás ver la noche. Porque la jornada se completa con estrellas que parecen más cercanas, copas que saben a recompensa y esa sensación de estar en un campamento base de lujo. El Teide vigila, el fuego acompaña y el invierno se convierte en aventura elegante.

Acogedor salón del Parador de Cañadas del Teide.
Donde el fío se combate con yemas… y algo más
Próximo destino: Ávila. El selfi en la muralla siempre es obligatorio, y en esta época mejor si lo haces con bufanda o fular y con bonita sonrisa congelada (y una Leica colgada al cuello, eso viste mucho). Lo siguiente vendrá solo: catedral, callejuelas y esa parada inevitable en una tienda de yemas para endulzar la ruta. Ávila en invierno engancha porque todo está a mano y cada esquina pide foto.

Ávila y sus murallas.
El Parador de Ávila, un precioso palacio del siglo XVI con jardines y patio interior a pie de muralla, remata el plan con estilo. Un refugio chic con salones que invitan a recogerse y una chimenea que cuando se enciende te hipnotiza al segundo. Con su calor, con su llama, con su crepitar… Todo es lírica en este alojamiento en el que, además, se come de lujo, con platos que saben a tradición y sobremesas que se alargan hasta el infinito.

Salón del Parador de Ávila. Un espacio que invita a relajarse.
Si vienes a Arties lo de menos será Baqueira
Este pueblo pirenaico parece sacado de un cuento, con casas de piedra que parecen decorado, chimeneas humeando y calles que invitan a pasear con gorro y guantes y ese jersey Jacquard que siempre acaba saliendo en las fotos. Arties en invierno tiene ese punto de postal que tanto gusta y que plantea un plan sencillo pero especial: caminar hasta la iglesia románica de Santa María, dejarse tentar por alguna tienda de quesos… y sí, la foto con el río Garona de fondo es tan obligatoria como el selfi de la muralla de Ávila. Además, está a un paso de Baqueira, así que no hay más que decir.

Estampa invernal del Parador de Arties.
Bueno sí: el Parador de Arties, típica casa aranesa de los siglos XIV y XV, se convierte en refugio perfecto para el après-ski. Sobre todo su acogedora hostería, que entre vigas de madera, se erige como punto de encuentro improvisado frente a la chimenea, con botas aparcadas y mejillas rojas, donde alguien propone un brindis con vino aranés, otro se arranca con historias de esquí y, al final, la sobremesa, tras un homenaje culinario con olla aranesa, patés y butifarras, se convierte en tertulia improvisada. Ambiente invernal cien por cien. De ese que gusta tanto.

Suite del Parador de Arties.

El salón del Parador de Arties, perfecto para el après-ski.
El teatro engancha, pero las berenjenas más
Plaza Mayor de soportales verdes, un paseo que suena a madera y un Corral de Comedias que sigue vivo. Tanto que cualquiera diría que Lope de Vega aún anda por aquí. Pero lo que siempre gusta de lugares como Almagro es lo local, lo cercano. Ver a sus vecinos, almagreños, saludarse con complicidad mientras un puñado de turistas hace acopio de berenjenas para llevar a casa. Y vosotros, claro, entre ellos, con la bolsa llena y parándose a conversar con un paisano que pide palique y que dice que aquí se respira teatro.

Plaza Mayor de Almagro.
Después del paseo al sol del invierno y de esas compras que incluyen artesanía y alegran cualquier viaje, el convento de Santa Catalina, edificio del siglo XVII que alberga el Parador de Almagro, es el lugar donde volver a abrir el telón para disfrutar de su calidez y conspirar contra el frío, oliendo a leña y llenando la cuchara con ese rico guiso manchego en el que llevabas horas pensando. Sin duda, el preludio perfecto para una tarde sin prisas y una noche romántica bajo las acogedoras vigas de una preciosa habitación de aire castellano. Una estampa tan idílica y apetecible como el amanecer, que suena a los pajarillos del patio y sabe a un delicioso desayuno que habrá que bajar en otro agradable paseo a la plaza antes de que se pierda la escarcha de la noche. Maravilloso…

Junior suite del Parador de Almagro.


