Manuel Segade explicita en su nueva lectura sobre la colección del Museo Reina Sofía el fundamental cambio moral, político y social del arte español tras la Transición. Y lo hace desde una perspectiva mayormente emocional: arte que te toca el corazón, y luego te hace pensar. La apuesta refuerza una visión que restituye ampliamente el feminismo, lo queer y las políticas del cuerpo, el género y lo poscolonial como motores de un cambio radical en las artes de las últimas décadas.

Desde los inicios de su carrera, Manuel Segade ha defendido sin ambigüedades los discursos periféricos, marginales y soterrados de las artes plásticas como las narrativas que han permitido realmente los avances sociales y morales de las democracias. Así que esta nueva lectura de la Colección Permanente de nuestro principal museo contemporáneo, el Reina Sofía, no debiera ser una sorpresa. Y sin embargo, lo es. Y muy grata.
Porque incluye de forma extremadamente rigurosa a artistas históricamente desplazados o ninguneados (los pintores Roberto Fernández González, Julujama, Gadea o Forns Bada, por poner algún ejemplo), de la misma manera que obvia a otros conocidos y consolidados (los pintores Arroyo, Sicilia o Broto; los escultores Plensa o Roig) que igual no aportan tanto a lo que realmente se nos quería contar.
Porque lo que se ha presentado es simplemente una lectura de sus fondos, no una enmienda a la totalidad, y como tal debe entenderse. Limitada además a un espacio físico y a un contexto discursivo. Una lectura que, efectivamente, arrincona a los acérrimos seguidores de la modernidad a favor de las transformaciones avanzadas de lo posmoderno. Esto levantará ampollas ultras, pero supone una gran noticia para nuestra comunidad LGTBIQ+ y para las mujeres: por una vez mayoritarias en una sede institucional de semejante magnitud.

Arte que habla por sí mismo
La gran idea (y magnífica diferencia) entre lo dispuesto hace años por el anterior director y lo que Segade ha traído a colación es abandonar una fría narrativa histórico-política muy contextualizada y documentada por una narración que reconoce los afectos y la emotividad como elementos esenciales del presente cultural, y que habla a través de las obras mismas, manteniendo eso sí una preocupación por contarlo todo –historia, política y emociones– desde el mundo del arte.
Eso explica la presencia de grabados de Picasso destruidos en atentados de la ultraderecha franquista en los setenta hasta piezas de conceptuales como Dora García o Santiago Sierra de los dosmil, que aluden al arte y sus instituciones como ejecutores de dinámicas de poder. O una sala por entero dedicada a lo que el arte vivió en relación al sida, con Pepe Espaliú como gran referente. Una generación nueva se sentirá encantada de poder ver la narrativa de la movida contada desde el underground que la vio nacer incluso antes, en la Barcelona de Ocaña y Nazario: de la pintura de los Esquizos, Guillermo Pérez Villalta o las Costus al diseño de joyas de Chus Burés.

Es una sala donde lo LGTBIQ+ incipiente se manifiesta en su esplendor, pero no la única sorpresa: porque nuestras afinidades y estéticas, nuestros pensamientos y deseos (como los del feminismo y el anticolonialismo), son un recurrente por toda la exposición a medida que avanza en ideas y se adentra en el presente: piezas de Pablo Pérez Mínguez, Hudinilson Jr, David Wojnarowicz, Cabello-Carceller, Carmela García, Carles Congost y un largo etcétera de creadores que han hablado de la diversidad afectiva entre otros temas de importancia.
Por poner un claro ejemplo: la muestra termina prácticamente con una serie de hermosos retratos fotográficos de Catherine Opie sobre la práctica del cruising, enfrentada a otra serie de Pilar Albarracín que dignifica a las trabajadoras sexuales de Sevilla. ¿Cómo no rendirse ante un acto de tan amorosa, empática honestidad?

